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Planificación urbana y ciudadanos permanentes

por 16 enero 2010

La mejor ciudad no puede ser el producto de actos espasmódicos de la autoridad pública, manifestados como epidemia en época de elecciones. Es necesario abstraer la generación de los proyectos de los momentos puramente electorales y proyectarlos a una mayor responsabilidad cotidiana.

Una vez más enfrentamos un proceso electoral en el que deberemos decidir sobre que queremos del gobierno que elijamos. En el debieran expresarse de manera clara las intenciones, programas y líneas de acción que  en materia de política urbana cada candidatura ha puesto sobre la mesa.

Afinada la visión en esa dirección se hacen evidentes las posiciones contrapuestas sobre cómo hacer ciudad. Qué pueden priorizar y planificar de manera coordinada los entes técnicos del Estado a nivel central o local por un lado y, por otro, la  utilidad de las grandes obras de infraestructura que se supone pueden gatillar el progreso en sus entornos, y que normalmente se vinculan o implican automatismos de mercado o iniciativas privadas.

Estas dos perspectivas son las que a lo largo del tiempo han confrontado la visión de un MINVU más bien planificador, no siempre coincidente con un MOP ejecutor industrial. Fue ello lo que motivó hace unos años un proyecto multi-ministerial de confluencia: el Gran Ministerio del Territorio, el que junto a Bienes Nacionales y Transportes debía desarrollar una acción coordinada del Estado sobre las ciudades  y poblados, idea que fuera levantada y abandonada durante el gobierno de Ricardo Lagos.

La mejor ciudad no puede ser el producto de actos espasmódicos de la autoridad pública, manifestados como epidemia en época de elecciones.  Es necesario abstraer la generación de los proyectos de los momentos puramente electorales y proyectarlos a una mayor responsabilidad cotidiana.

En este desencuentro urbano, si pudiéramos catastrar la cantidad de proyectos que son anunciados durante períodos de campaña electoral, priman las obras públicas por sobre las acciones planificadoras. Pese a que su relevancia se debilita al aparecer menos atractivas o poco eficientes en la captación masiva de votos.

Sea a través de inauguraciones parciales o totales, podemos reconocer un modo de operación sobre la ciudad lleno de cálculos, anuncios y primeras piedras, bastante coincidentes con períodos ocasionalmente fértiles como son las elecciones.

El caso del Transporte Público de Santiago es un ejemplo. Las mejoras a los recorridos-frecuencias de buses o las recientes ampliaciones anunciadas de la red de Metro, cubren portadas y titulares como verdaderos emblemas electorales.

Casos previos coincidentes: la inauguración de la línea 5 (1997) se realizó a mediados del mandato de Eduardo Frei (1994-2000) y su ampliación hacia Santa Ana se inauguró al terminar su período en marzo de 2000, cuando Ricardo Lagos recibía la banda presidencial.

Durante el Gobierno de Lagos (2000-2006) se anunció la cartera de proyectos Bicentenario, hoy extinta; se inauguró la ampliación de la Línea 5 hacia Quinta Normal; la ampliación al norte de la línea 2 y se inició la línea 4 hacia Puente Alto, conjuntamente con el complejo y apresurado andar del Sistema de Transporte Público Transantiago, que obligó a la inauguración anticipada de estaciones de Metro.

Con Bachelet (2006-2010) se repite la tradición. Junto a los ajustes (casi naturales) al Transantiago  vemos la ampliación de la línea 1 a Las Condes y de la 5 a Maipú, junto al reciente anuncio de la Línea 6, celebrado por la mayoría ciudadana, justificado por los tecnócratas y criticado como apresurada oferta electoral de débil justificación por la oposición.

No obstante lo anterior, las políticas públicas sobre vivienda, transporte, infraestructura y equipamientos urbanos se tornan un tema de debate nacional con inusual potencia y claridad. Y se transforma, por lo tanto, en un momento positivo para reflexionar que deseamos efectivamente y como podemos participar en la construcción de una política urbana.

La mejor ciudad no puede ser el producto de actos espasmódicos de la autoridad pública, manifestados como epidemia en época de elecciones.  Es necesario abstraer la generación de los proyectos de los momentos puramente electorales y proyectarlos a una mayor responsabilidad cotidiana. Quién, cómo o dónde se están tomando las decisiones sobre como construir ciudad en Chile no debiera  pertenecer al mundo de la información reservada de los entes públicos o las empresas, sino más bien al de la certidumbre ciudadana. Y el CUANDO, así, con mayúsculas, no solo a consideraciones de pura economía sino también de comunidad y participación.

No debiéramos entonces depender solo del calendario electoral para decidir sobre la ciudad sino de aquel del hábitat humano, resolviendo en el espacio tridimensional de opinión, convivencia y proyecto colectivo lo que queremos hacer. Ello nos haría evolucionar desde electores circunstanciales  hacia ciudadanos permanentes.

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