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El día después: la Concertación y la Presidenta

por 18 enero 2010

El día después: la Concertación y la Presidenta
Hay que mirar con algún escepticismo la tesis de "Bachelet 2014". No perdamos de vista que como ex Presidenta no será líder de su partido ni de la coalición, porque nunca lo fue de veras; que hasta donde se sabe se recluirá en funciones más bien simbólicas y de bajo perfil en estos tiempos, como el que ejercerá en el Museo de la Memoria.

Entre las muchas expectativas y las variadas incertidumbres y suspensos que generó la elección de ayer domingo, hay dos preguntas con respuesta pendiente que tocan a la Concertación y a la presidenta Bachelet.

La primera apunta al eventual escenario de un reordenamiento político radical, como el que tantas veces ha estado en la imaginación de algunos en los últimos años: desde que se empezó a admitir que una derrota de la coalición de gobierno era posible. Me refiero a un reordenamiento de verdad, de esos que suponen quiebres de coalición, fugas masivas y no sólo individuales, extinción de partidos, surgimiento de otros nuevos, reconfiguración de las alianzas políticas.

Como estos 20 años de Concertación no tienen paralelo en la historia y es rotundamente cierto que jamás hubo coalición tan exitosa y tan estable (en lo político, más allá del juicio que cada uno tenga de sus logros y fracasos), el fantasma del "rebaraje" aparece mucho más potente.

Finalmente, este domingo comprobamos que la mayoría del país no era de centroizquierda, como nos habían dicho. Difícilmente puede afirmarse que, por otro lado, que sea de centroderecha. Más bien diríamos que una amplia mayoría de los chilenos es progresista, simplemente porque aspira a progresar, y no porque quiera "más Estado".

El balance no puede ser más claro: nunca hubo un conglomerado tan inmutable durante tanto tiempo, con los mismos cuatro partidos, sin ¡ninguna! escisión real: las expulsiones personales aquí y allá, y la salida de unos cuantos más, no son nada al lado de los quiebres profundos que colectividades de todo el espectro, "alianzas", "uniones", "frentes populares" y otros "frentes", sufrieron en nuestra antigua democracia. Quiebres que solían conllevar el nacimiento de partidos nuevos, e incluso el cambio de signo político de coaliciones y gobiernos, a causa de las alteraciones en la composición de las alianzas que los sustentaban.

Entrar en esa dinámica quizás no sea más que volver a cierta "normalidad" política consistente con la historia, que no debiera sorprendernos.

Sin embargo, contra esa especulación persiste el sistema electoral, que hoy aparece lejos de ser reformado por la indesmentible falta de voluntad política de los incumbentes. El sistema binominal podría convertirse, si no lo hizo ya, en el más poderoso aliado de la estabilidad de la Concertación. Si los quiebres no se producen pronto, a todos nos va a pillar el 2013 antes de lo que pensamos, y las parlamentarias de ese año tenderán a mantener el estado de cosas... y de la coalición. Son fuerzas en pugna.

La otra gran duda se refiere al porvenir político de la presidenta Bachelet. Y aquí vale la pena recordar que la forma en que terminan los gobiernos dice poca relación con el futuro de los presidentes y de sus coaliciones políticas. Lo demuestran los finales de las primeras administraciones de Alessandri Palma o Ibáñez en el siglo XX: fueron desenlaces traumáticos, hasta con exilios incluidos, que a todos parecieron verdaderas muertes políticas. Pero ambos volvieron al poder años después "resucitados" y saludables.

En estas dos décadas, Frei y Lagos son casos de estudio. El primero no terminó bien, pero eso no impidió que volviera una década después a disputar la presidencia, y lograra este 17 de enero una votación "ni tan lejos" del doble de la popularidad con que se había ido el 2000.
Con Lagos ocurrió más o menos lo opuesto: se despidió con una altísima aprobación popular, pero a poco andar aparecieron cuentas por pagar de su administración. El nuevo gobierno le cobró algunas; y esa popularidad descendió al punto de costarle no ser candidato de nuevo el 2009.

A la luz de estas vueltas de la vida, hay que mirar con algún escepticismo la tesis de "Bachelet 2014". No perdamos de vista que como ex presidenta no será líder de su partido ni de la coalición, porque nunca lo fue de veras; que hasta donde se sabe se recluirá en funciones más bien simbólicas y de bajo perfil en estos tiempos, como el que ejercerá en el Museo de la Memoria; que ya no tendrá el blindaje presidencial, tan potente en Chile, que en estos años paró en seco a todos los que de buena gana quisieron cobrarle cuentas y que van a querer hacerlo de nuevo apenas puedan; y que además se verá envuelta en los avatares de una coalición en proceso de rearme (o de desguace).

Finalmente, este domingo comprobamos que la mayoría del país no era de centroizquierda, como nos habían dicho. Difícilmente puede afirmarse que, por otro lado, que sea de centroderecha. Más bien diríamos que una amplia mayoría de los chilenos es progresista, simplemente porque aspira a progresar, y no porque quiera "más Estado". Piñera ganó porque conquistó a esas legiones de electores que están en terrenos del centro, que antes votaron por la Concertación y que esta vez no lo volvieron a hacer. Un centro moderado, creciente, cada vez más liberal, y refractario a la confrontación. Si la Coalición por el Cambio pretende perdurar, tendrá que profundizar en esa línea. Si la Concertación por la Democracia quiere recuperar lo que perdió, deberá enmendar rumbos y trabajar con esas claves.

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