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Estación terminal

por 18 enero 2010

Estación terminal
Para nadie es un secreto que la derecha cree que para ella el tema corrupción es, políticamente hablando, lo mismo que los Derechos Humanos para la Concertación. Y no están dispuestos a abdicar de una revisión pormenorizada, sobre todo la UDI, de lo que creen puede ser la derrota ética de la Concertación.

Finalmente la Concertación perdió y por sobre todos los argumentos que se puedan esgrimir para explicar la derrota al final lo verdaderamente significativo es que se terminó un ciclo político y empieza otro porque alguien sacó más votos. Por ello los habitantes del gobierno deben recoger sus cosas y descender del poder.

Es efectivo que electoralmente casi parece un empate. Más aún si los 200 mil votos de diferencia tienen una marcada concentración urbana de clase, como diría un dinosaurio izquierdista, a la hora de leer los resultados. Si se analiza con detención la diferencia se logra en Las Condes, Vitacura, La Reina y unos pocos lugares más.

Pero tal manera de ver las cosas pasa por alto dos hechos relevantes. El voto que alcanza la derecha en los sectores populares es muy alto. En segundo lugar, el efecto de las políticas de inclusión social de los más pobres de la Concertación terminó como una transferencia social neta hacia la derecha. Porque cambió la calidad de las demandas de la población y el oficialismo no fue capaz de percibirlo.

No es claro el destino político de los que bajan del poder. Algunos tienen lugar asegurado en el parlamento o en sus vínculos con centros de poder económico. Pero el destino de la gran masa de la Concertación estará las próximas semanas tironeado entre los críticos maximalistas del fracaso y aquellos que creen que es posible y necesario defender la obra.

Es efectivo que quedan además los ritos de la entrega del poder. Unos son los cívicos y llenos de pompa. Otros son la entrega de las llaves, las cuentas, el personal, los edificios, autos y prebendas -Contraloría de por medio-, por debajo de la superficie del protocolo.

Una cosa es cierta. Habrá inevitables rencillas de poder al interior de los partidos por la explicación de lo ocurrido. El Partido Socialista será escenario de fuertes debates sobre la cabeza de su presidente, y seguramente ME-O empezará a activar su nuevo referente. El ex Presidente Lagos, en un discurso que lo coloca en la primera línea de fuego de la futura oposición, ya se ofreció para ser puente de las nuevas generaciones, no quedó claro si en calidad de conductor o solo de director de logística intelectual.

Este aceleramiento interno del oficialismo seguramente se verá frenado por la realidad. Aún quedan sesenta días de gobierno, y aunque desde la noche misma ya se cruzan miradas y señales entre el nuevo Presidente y sus equipos con las fuerzas derrotadas, todavía hay que mantener la compostura.

La frase “necesitamos de su esfuerzo y experiencia”, dicha en el entorno de Piñera para referirse a la gente de la Concertación, tiene un vínculo fuerte a lo declarado hace poco por Ignacio Walker, cuya familia domina una fuerza parlamentaria igual a la del PC. Lo de Cecilia Morel, futura primera dama, pidiéndole con ingenuidad de amiga a Michelle Bachelet que los ayudara es solo parte de las emociones y la sinceridad de género.

Es efectivo que quedan además los ritos de la entrega del poder. Unos son los cívicos y llenos de pompa. Otros son la entrega de las llaves, las cuentas, el personal, los edificios, autos y prebendas -Contraloría de por medio-, por debajo de la superficie del protocolo.

Los países estables y serios no cambian de manera dramática por una elección, menos aún si tienen las características de la que acaba de terminar. Y esos ritos del traspaso y la instalación del nuevo ejercicio debieran seguir prácticas institucionalizadas que confirmaran las buenas maneras que se expresan en público.

Sin embargo, para nadie es un secreto que la derecha cree que para ella el tema corrupción es, políticamente hablando, lo mismo que los Derechos Humanos para la Concertación. Y no están dispuestos a abdicar de una revisión pormenorizada, sobre todo la UDI, de lo que creen puede ser la derrota ética de la Concertación.

Respecto de este punto, es evidente que ética y transparencia se transformarán también, desde este mismo lunes, en el gran test del gobierno de Sebastián Piñera. No se trata solo de sus negocios y el vínculo con el poder político ahora que es Presidente Electo, sino también el de sus equipos, de la gente que pondrá a administrar el Estado y el dinero de todos los chilenos.

El país que recibe Piñera es diametralmente opuesto, en términos de funcionamiento democrático, crecimiento económico, paz social y desarrollo institucional al que recibió la Concertación. No tiene conflictos encarnizados y son precisamente los consensos económicos y la necesidad de mayores cambios los que acaban de derrotar a la Concertación. Por lo tanto, el nuevo gobierno tendrá una vara alta y un nítido patrimonio sobre el cual responder.

Al respecto, existe un problema programático que toca al corazón de la UDI. Es si el nuevo Ministro de Hacienda, en la práctica del régimen político chileno transformado en el verdadero jefe político del gabinete, será un hombre de la UDI o si, por el contrario, el nuevo presidente dejará al gremialismo sólo la tarea de ordenar su volumen parlamentario nombrando a Cristián Larroulet ministro de la SEGPRES.

Es posiblemente un tanto prematuro hacer pronósticos mientras está fresca la dulzura –y también la amargura – de la noche en que se gana o pierde el poder. Pero ese es el día mismo en que se empiezan a hacer los cálculos y producir el cambio de folio. Al momento de los discursos la estación terminal ya empieza a quedar psicológicamente vacía por quienes terminan su viaje, y se apresta a recibir el armado de otros para un viaje de cuatro años, ojalá prorrogable.

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