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Las causas de la derrota

por 21 enero 2010

Me asaltan serias dudas sobre la capacidad de los partidos de la Concertación de seguir compitiendo eficientemente fuera del subsidio que ha significado su presencia en el Gobierno. Esto resulta particularmente dramático cuando hay que enfrentarse con una Derecha con un alto nivel de concentración del poder.

Cuando se ha perdido por tan pocos votos, cualquier explicación que apunte a la búsqueda de causas estructurales aparece como exagerada.

¿Es apropiado hablar un profundo agotamiento de la Concertación, de problemas con el modelo de desarrollo aplicado, de falta profunda de progresismo, de desvinculación con la sociedad, de crisis terminal de los partidos, cuando sólo han sido un par de puntos que separaron a Frei del triunfo? ¿No estaríamos hablando en términos completamente distintos si se hubiese logrado conquistar aquellos pocos puntos y mirando con más mesura los cambios que hay que emprender?

Es muy difícil sostener que los 1,6 puntos porcentuales que le faltaron a Frei para ganar puedan ser la expresión de una falla estructural de la política de la Concertación.

Este minimalismo político (la idea de que todos los cambios son expresión de causas esenciales) es un vecino del determinismo histórico que asume que los derroteros de la política son simples epifenómenos de causas estructurales.

Me asaltan serias dudas sobre la capacidad de los partidos de la Concertación de seguir compitiendo eficientemente fuera del subsidio que ha significado su presencia en el Gobierno. Esto resulta particularmente dramático cuando hay que enfrentarse con una Derecha con un alto nivel de concentración del poder.

En diversos momentos de la campaña se escucharon dentro del mundo de la Concertación expresiones de ese determinismo. Al principio de la campaña, el determinismo se usaba para explicar la inevitabilidad del triunfo de la Concertación basada en la idea de que la derecha estaba estructuralmente vedada de llegar al poder porque, según se decía, era una “minoría sociológica” en el país. Ello sólo llevó a errores de cálculo iniciales que seguramente tuvieron algún impacto en el diseño y desenvolvimiento de la campaña.

Hoy, terminada la campaña, se echa manos a dicho determinismo para buscar posibles causas muy generales y esenciales para explicar una derrota, que desde el punto de vista electoral, sólo significó una corrida de unos pocos puntos.

El mayor peligro de esta tendencia minimalista y determinista, es el querer cambiarlo todo, el subvalorar lo que se ha hecho y auto someterse innecesariamente a un escenario de cierto aventurerismo e incertidumbre con imprevisibles resultados. En otras palabras, si son tan grandes las tendencias que nos llevaron a la derrota, de la misma magnitud deber ser los cambios que hay que emprender. El peligro de esto es, como dice el dicho, el botar no sólo el agua sucia de la bañera, sino que también la bañera y a la guagua.

El camino contrario al minimalista, que podríamos por oposición llamar maximalista, también puede llevar a errores de interpretación y de conducta, y exactamente por las razones opuestas. El camino maximalista, quizá más coherente con los resultados electorales obtenidos, equivaldría a concentrarse básicamente en el manejo de la campaña misma, en la plétora de pequeñas cosas que se pudieron haber hecho mejor.

Este camino, sin embargo, tampoco está exento de peligros. El principal de ellos es caer en la búsqueda infinita de las muchas formas en que se pudo haber conseguido ese puñado adicional de votos necesarios para ganar: que si se hubiesen hecho primarias abiertas y nacionales, que si hubieran renunciado todos los presidentes de los partidos, que si la franja electoral hubiese sido mejor, que si Carola Tohá hubiese dirigido la campaña desde un principio, que si ME-O hubiese llamado a votar antes, que si la Presidenta hubiese apoyado más, etc., etc., etc.

Tomar este camino maximalista podría llevar al yerro de no ver las tendencias más generales en curso y subvalorar las transformaciones que han ocurrido las que desde luego también aportaron lo suyo en el resultado electoral. En otras palabras, para seguir con los adagios conocidos, llevar a la tentación de concentrarse en los árboles y dejar de ver el bosque, o en las estrellas y no ver el firmamento. Este camino, además, tiene el agravante de llevar el análisis al terreno de las recriminaciones personales, desde la cual no siempre es fácil avanzar, por cuanto necesariamente comporta posturas ofensivas y defensivas más que de apertura a la reflexión.

Mi posición es un punto intermedio. Creo que la derrota se explica por una combinación de factores estructurales y de factores coyunturales y por lo tanto, deben equilibrar una mirada minimalista con una maximalista evitando caer en la tentación de asumir unilateralmente cualquiera de ellas. En otras palabras, creo que se debe analizar tanto el síntoma como la enfermedad.

Esto es particularmente cierto, considerando que entre causas estructurales y causas coyunturales no existe una desconexión sino que una cierta relación de continuidad.

En esta ocasión sólo quiero concentrarme en lo que considero la explicación central en el plano estructural. En un artículo posterior pretendo abordar algunas explicaciones más coyunturales.

En el plano estructural (o minimalista si lo prefiere), creo que el principal problema tiene que ver con los déficits de lo que se ha llamado la Concertación en los partidos (en contraposición de la Concertación en el gobierno, que merece un menor cuestionamiento).

Mi gran pregunta es por qué la Concertación tras 20 años en el gobierno, se enfrentó a una elección con un liderazgo forzado, escogido dentro de los pocos (o el único) que tuvieron el coraje y tenacidad de mantenerse en pie y no se pudo contar con un elenco de liderazgos renovados que pudieran representar mejor el curso de los tiempos. Por qué se minimizó el tema del liderazgo competitivo y se sobreestimó el peso “estructural” de la marca registrada de la Concertación como aval que salvaría a cualquier tipo de candidato basado en la falsa idea de “la mayoría sociológica”. La primera vuelta demostró cuán equivocada era esa noción.

Creo que la respuesta tiene que ver con el problema de fortalecimiento y renovación de los partidos, situación que ya no se podía resolver minutos antes de una nueva elección,  en tanto era no sólo un reflejo de la voluntad política de quienes dirigían los partidos de la Concertación, sino que principalmente de un déficit estructural de la política chilena que se venía arrastrando durante todo el período transicional.

Este déficit tenía que ver con una tendencia secular de los partidos a transformarse en entidades cada vez más jibarizadas, con estructuras cada vez más debilitadas y con una creciente desconexión con la sociedad salvo que fuera a través de vínculos primordialmente de tipo clientelar los que también se practicaban al interior de los partidos. Estas tendencias nunca proporcionaron una base fecunda ni para el crecimiento, la legitimidad ni la renovación de las entidades partidarias.

Esa debilidad creciente, sin embargo, no impidió que los partidos de la Concertación hayan continuado siendo fuerzas competitivas y bastante eficientes dentro del funcionamiento de la democracia. Sin embargo, creo que ello fue principalmente debido al subsidio y soporte que significó estar en las estructuras del Estado más que como la expresión de una virtud inherente.

Hoy fuera del Gobierno, estas debilidades inherentes saldrán a la luz con mayor fuerza. Me asaltan serias dudas sobre la capacidad de los partidos de la Concertación de seguir compitiendo eficientemente fuera del subsidio que ha significado su presencia en el Gobierno. Esto resulta particularmente dramático cuando hay que enfrentarse con una Derecha con un alto nivel de concentración del poder estableciendo un fuerte desequilibrio en su favor en casi todos los planos de la vida nacional.

La pregunta política profunda que es necesario hacerse es cómo permitir que el fortalecimiento, renovación y legitimidad de los partidos sea parte de un proceso político natural y que se base en un vínculo fluido y no espurio con la sociedad. Este debate debe darse enmarcado en la discusión sobre reformas destinado a mejorar la calidad de la política, con el centro en el fortalecimiento de los partidos, que es donde veo el principal déficit estructural que contribuyó a la derrota de la Concertación.

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