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Radiografía de un fracaso político

por 31 enero 2010

Los cuadros políticos se convierten en operadores y los militantes en trabajadores eventuales de las campañas electorales y ambos en funcionarios públicos condicionados a su lealtad política.

El mayor fracaso político es la pérdida del poder del Estado. En general, todos están de acuerdo con que no ha sido Piñera quien ha triunfado en estas elecciones presidenciales sino la Concertación que ha perdido. Se han invocado múltiples razones formales, externas o aparentes para explicar el fracaso electoral de la Concertación, tales como: el desgaste político, la falta de liderazgo, ineficiencia e ineficacia en la gestión pública, supuesta deshonestidad y corrupción, carencia de imaginación e innovación, no cooptación de jóvenes, conservadurismo y escepticismo, resistencia al cambio, incapacidad de escuchar las demandas populares, etc.

Pero la radiografía, como una metáfora del examen y la explicación de las causas ocultas de un fenómeno, nos indica que al menos tres son la razones del fracaso político de la Concertación: ésta ha perdido crecientemente la representación y la convocatoria ante las mayorías nacionales; no tiene ni programas ni liderazgos que ofrecer; tampoco promueve ni garantiza la solidaridad y la seguridad en la sociedad.

Los cuadros políticos se convierten en operadores y los militantes en trabajadores eventuales de las campañas electorales y ambos en funcionarios públicos condicionados a su lealtad política.

Primero. la Concertación ha perdido representación y convocatoria. La abstención ha crecido desde el 5% en 1990 a 14% en 2010. Cerca del 80% de los menores de 30 años no se ha inscrito para votar. Entre los electores, aquellos de derecha –“conservadores y autoritarios”- han pasado de presentar el 30% en 1990, el tercio de la derecha, hasta superar hoy el 50%, no porque haya aumentado en términos absolutos sino que debido a la disminución total de la masa de electores en relación a la población total, asimismo esto ha causado la disminución absoluta de los electores de centro e izquierda, los otros dos tercios –“progresistas y democráticos”-, y su participación relativa en el electorado. Entre la segunda vuelta presidencial del año 2006 y la de este año el número de personas que emitieron su voto creció sólo en 15.320, pero el total de votos nulo y en blanco subió en 40.722, esto no cubre los 224.181 votos de ventaja de Piñera sobre Frei, pero Piñera sacó este año 144.013 votos menos que Bachelet en 2006.

Segundo. La Concertación no tiene ni programas ni liderazgos que ofrecer. Se argumenta el fin de las ideologías de izquierda y de derecha, ya que la economía, madre de todas las doctrinas, es una sola y única. Por lo tanto ya no son necesarios los programas, como planes de ejecución de la política pública, a lo sumo hay una “narrativa” de lo que correctamente se debe hacer, lo que se resume en: promover el mercado en todo para resolver cualquier problema. Esta homogenización política se torna universal cuando la política de Gobierno, que es la ejecución de un programa político, es sustituida por la política de Estado, una sola política económica, una única política criminal, una universal política de drogas, etc., son los “consensos nacionales”.

A la vez, el programa como convocatoria movilizadora de los ciudadanos es sustituido por el liderazgo personalizado, lo más carismático y apolítico posible –o lo más “transpolítico imaginable”-, tales como la señora Thatcher o los señores Reagan, Pinochet, Berlusconi, Putin, Sarkozy, Uribe, Obama, etc. Los programas de los partidos políticos pueden eventualmente ser sustituidos, en la convocatoria a los ciudadanos, por el liderazgo colectivo de la organización política, con el riego cierto de convertirse en una institución clientelista para conservar la lealtad partidaria, cuyos mayores paradigmas han sido el PRI mexicano o el Partido Comunista de la Unión Soviética. No hay “épica” se dice ahora,  los cuadros políticos se convierten en operadores y los militantes en trabajadores eventuales de las campañas electorales y ambos en funcionarios públicos condicionados a su lealtad política.

Tercero. La Concertación en lo cultural y normativo ya no promueve ni garantiza la solidaridad ni la seguridad en la sociedad. Si bien se puede argumentar que la protección social ha sido el mayor éxito de la Concertación, en particular del Gobierno de la Presidenta Bachelet, por lo cual esa política social ha sido asumida por todas las candidaturas presidenciales, esa protección social aparece como la cobertura personalizada para quienes son víctimas de la desprotección e inseguridad generalizada en la sociedad actual, es la vulnerabilidad constante en la “sociedad del riesgo”, es más, se ha propuesto que esa protección social no tan solo cubra a los más pobres, los más vulnerables tradicionales, también a las clases medias, ahora también vulnerables.

Por el contrario, la doctrina única de la competencia en el mercado ha instaurado y generalizado una cultura donde predomina el éxito individual y la satisfacción personal sobre la solidaridad colectiva y la seguridad común, nueva cultura que es crecientemente asumida por nuevos segmentos sociales. Al segmento social de origen popular que se asume desde este factum cultural se le denomina “la clase media aspiracional”, que en lo concreto son la masa de “cuentapropistas” de ingresos variables, la cual se habría sentido mejor representada por el liderazgo de la derecha personalizado en Piñera que en el liderazgo que representaba a la Concertación. El éxito entre los jóvenes ejecutivos y profesionales de la candidatura Enríquez-Ominami se debió a que él, mediático y farandulero, representa a los jóvenes exitosos individualmente, los cuales también se sintieron mejor representados por Piñera en la segunda vuelta. La Concertación al asumirse neoliberal en lo económico, se asume individualista en lo social y personalista en lo cultural.

La Iglesia Católica se ha quedado sola promoviendo la solidaridad y lo comunitario, valores que en el debate político académico y contingente son ocultados con un gran bullicio sobre un aspecto de conflicto valórico entre la Iglesia y la institucionalidad política y social –partidos, leyes, organismos públicos, oengés-, tales como los que causan el debate para la instauración de normas sobre el divorcio, pastilla del día después, aborto, matrimonio entre personas del mismo sexo, adopción por homosexuales, etc. El debate valórico sobre la salud reproductiva, la institución de la familia, la afectividad correcta, etc., como temas particularizados de asuntos individuales, no le deja espacio al debate político sobre las instituciones sociales y los valores culturales o normativos más universales y de mayor jerarquía, es decir, de mayor importancia para el buen ordenamiento y mejor gestión social. Bastaría que todos puedan acceder a los bienes de consumo y la felicidad ya sería universal.

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