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La erosión de los mapas mentales

por 2 febrero 2010

La erosión de los mapas mentales
Cuando resistimos a la instalación de la planta de gas en Peñalolén, que era apoyada por el gobierno, los gremios empresariales y las consultoras “progresistas” de la Concertación contratadas por la empresa interesada en su negocio, me quedó claro que la Concertación, golpeando a su propio alcalde, había dejado de estar con la gente común; que bajo su discurso del “interés general” escondía una trama de intereses lejanos al electorado que la apoyaba.

Re-leo a N. Lechner y me encuentro una idea que me hace sentido. El planteaba que los mapas mentales con los cuales leemos la realidad, permiten ubicarnos en el tiempo y el espacio, ordenar el mundo y normalizar nuestra conducta en él y en este proceso los partidos elaboran esquemas interpretativos para que los ciudadanos se representen en ellos y les provean de una identidad colectiva tras un proyecto nacional.

Pues bien, la derrota del 17 de enero es consecuencia de los añejos mapas mentales con los cuales la dirigencia política de la Concertación leía el país y consecuencialmente proponía proyectos nacionales carentes de fuerza y sentido para las mayorías ciudadanas. Es decir, la derrota del progresismo y sobre todo de la Concertación no se explica por “errores de campaña”, “el candidato” o “la falta de entusiasmo” (eso que Paulsen llamó los ojos sin brillo), más bien esos eran los síntomas de un proyecto que no tenía más que ofrecer porque el “mapa mental” organizado en torno a la forma de conducir la transición no servía más para el Chile que había cambiado cultural, social y políticamente.

No se puede ser un “nostálgico” de la Concertación. No se trata de “rectificarla” en un taller de dirigentes políticos. No se trata de “refundarla” para mantener el control por los viejos líderes.

Se ha cerrado un ciclo. Esto implica el fin de una política y los modos de hacerla; para la derecha implica el término de su incapacidad en décadas para acceder democráticamente al gobierno; para la dirección concertacionista se acaba el privilegio del poder, de un estilo y modelo de país a construir (se verá si implica el recambio). Para los ciudadanos se cierra el cuadro “dictadura-democracia” como forma de moverse y decidir, por lo que podría implicar el fin de su repliegue de la política y la acción social.

Dicho lo anterior, hay que agregar que la derrota era evitable. En política nada es inevitable, si los actores toman las decisiones adecuadas porque tienen un diagnóstico correcto. Esto significa que hubo malos diagnósticos que llevaron a pésimas decisiones. De paso se ha comprobado, una vez más, que la situación económica del país no es determinante en un resultado electoral ni tampoco los gastos de campaña: la política es profundamente subjetiva y los que participan se mueven por sentimientos encontrados, sensaciones, convicciones, además de la búsqueda de resultados.

Para hacer una evaluación de la derrota del progresismo no hay que ir a hacer listados de éxitos y fracasos, de vasos a medio llenar o medio vacíos, se debe reconocer que el vaso se lo llevaron otros. Lo que se debe hacer es una evaluación para encontrar las causas de por qué los dirigentes de la Concertación no supieron o no pudieron hacer algo para impedir la derrota (con la alta popularidad de la Presidenta y su gobierno) y también, para ser justos, tener claro cómo la derecha supo ganar la elección.

Hay que reconocer que la derecha ganó la elección para valorar la potencia de lo que viene haciendo y no subvalorarla -diciendo que no ganó sino que la perdió la Concertación-, si se quiere recuperar el gobierno. La derecha ganó porque se preparó para ello: definió tempranamente un candidato y se ordenó tras él; éste no estaba vinculado directamente a la era Pinochet, diluyendo así la frontera del Sí y el No; su discurso no era confrontacional apoderándose de los avances y obras de la Concertación como un esfuerzo del país; era inclusivo y no sectario, etc. Esto les permitió pregonar el cambio (un tipo) pero también expresarlo en el candidato mismo.

Pero esto ocurrió porque leyeron adecuadamente lo que sucedía en nuestra sociedad, la que había transformado sus valores, sus prioridades, sus expectativas y se había formado un juicio tanto de lo realizado como de lo que se podía hacer en el futuro. Comprendieron que a pesar de tener un padrón envejecido esos ciudadanos ya no pensaban como en los ‘90.

Quien tuvo la capacidad de ver ese cambio con nitidez desde la Concertación fue Marco Enríquez Ominami, pero fue vapuleado y excluido. Fue el único que tomó la decisión de correr los riesgos y romper con los viejos mapas mentales y con las redes y prácticas que fosilizaron a los partidos progresistas y los separaron de la gente; con el clientelismo y el familiarismo para los cargos públicos; con las peleas fraccionales por el botín del Estado; con la falta de ganas de los viejos líderes; con lo arreglines de pasillo para maquillar el estado de cosas; con la carencia de un relato, liderazgos y metas de futuro.

Cuando resistimos a la instalación de la planta de gas en Peñalolén, que era apoyada por el gobierno, los gremios empresariales y las consultoras “progresistas” de la Concertación contratadas por la empresa interesada en su negocio, me quedó claro que la Concertación, golpeando a su propio alcalde, había dejado de estar con la gente común; que bajo su discurso del “interés general” escondía una trama de intereses lejanos al electorado que la apoyaba.

Esta Concertación no podía ver lo que ocurría. Estaba instalada en la idea que la “democracia de los acuerdos” –pactados allá arriba donde no llega la voz ciudadana- era lo mejor para el país, pues todo operaba bien mientras menos se metiera la gente, los pingüinos, los sindicatos o los movimientos ecologistas. Es por esto que me parece que la Concertación no es “rectificable” pues sus líderes más importantes están cultural y políticamente enlazados a las redes de poder económico y religioso de corte conservador, aunque su discurso electoral hubiese sido progresista.

Sobre el futuro no se puede ser pitonisos, pero el cuadro seguirá cambiando; los mapas cognitivos están erosionándose.

La derecha no necesariamente hará un buen gobierno, aunque tenga dinero y control sobre los medios de comunicación, pues le falta experiencia de gobierno en democracia; cuenta con buena tecnocracia pero ideologizada y sin tradición política; hay intereses contrapuestos en la Alianza que se tensarán en el parlamento; tendrán que lidiar con las expectativas ciudadanas y su mayor consciencia de control sobre los gobiernos. Podrán usar los recursos fiscales para deteriorar las redes sociales incrementando el asistencialismo, pero ello dependerá del control del legislativo.

Por su parte las fuerzas democrático progresistas tienen su principal debilidad en la división y ésta se produce por la falta de acuerdo en un proyecto de futuro y en la estrategia para conseguirlo. Para esto hay que reconocer que el 48% de la segunda vuelta es un arco potencial de fuerzas progresistas y no la votación de la Concertación.

Respecto del proyecto futuro hay que despejar: el sistema político democrático que queremos; la estrategia de desarrollo que se debe impulsar; los amigos con los que se puede concretar.

La tarea se puede cumplir sólo si se convoca a democratizar nuestras propias prácticas; a reconocer en los demás capacidades y creatividad; a terminar en los partidos con el control de los padrones, que mientras más pequeños son más propios de los operadores.

No se puede ser un “nostálgico” de la Concertación. No se trata de “rectificarla” en un taller de dirigentes políticos. No se trata de “refundarla” para mantener el control por los viejos líderes. Tampoco es un llamado a desconocer los avances y tirarla al olvido de la historia. Se trata de superarla en un proyecto para el nuevo Chile productivo y sustentable, con capacidad de enfrentar la sociedad de la información globalizada que demanda ciudadanos que tengan educación pública gratuita y de calidad, con representantes electos en sistemas transparentes y a todo nivel; con libertades públicas ampliadas y libertades individuales que permitan la realización personal.

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