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Resiliencia, ciudad y desarrollo

por 2 febrero 2010

[cita]El país sigue su marcha, la ciudad mantiene sus urgencias y se nos presenta día a día perfectible, disponible para demoler y reconstruir una institucionalidad que permita la edificación de la ciudad deseada.[/cita]

La resiliencia es un término utilizado habitualmente por la sicología para referirse a la capacidad de los sujetos para sobreponerse a períodos de dolor emocional. También es utilizado en ámbitos urbanos, al estudiar cómo reacciona o se readapta la ciudad ante la catástrofe. Casos recientes como Chaitén (2008) y Tocopilla (2007) o tradicionales como Valparaíso (1906), Chillán (1939), Valdivia (1960) y Santiago (1985) marcan la historia de Chile, a sus habitantes y entornos construidos.

Sin embargo, desde esta intermitencia de destrucciones y reconstrucciones, nuestra larga y delgada sociedad ha reaccionado con actuaciones progresistas (sí, de progreso) que sucesivamente han creado masa crítica, debate, normativa y acción en torno a esas experiencias traumáticas. Así, terremotos son hoy normativas, industria del acero y el cemento, entes técnicos públicos y privados que van provocando la obra construida y resistente; o por su parte, volcanes son evacuación controlada, procedimientos de relocalización de la población, normas de seguridad y reemplazamiento sostenible.

El país sigue su marcha, la ciudad mantiene sus urgencias y se nos presenta día a día perfectible, disponible para demoler y reconstruir una institucionalidad que permita la edificación de la ciudad deseada.

En mayor o menor grado y más allá de las cifras macroeconómicas, no cabe duda que con esta experiencia acumulada hemos logrado el mayor soporte de nuestro desarrollo contemporáneo, construyendo simbólica y materialmente un ideario republicano. Asimismo y en una globalización inevitablemente expansiva, nos transformamos accidentalmente en peritos con potencial exportador, capaces de un trasvasije no tradicional de conocimientos y esfuerzo planificable.

La dolencia reciente de Haití, surge para nosotros como un fantasma del pasado, desesperado, inexperto y urgente, pero a su vez se nos hace tan propio y conocido. Luego de la instalación de las fuerzas de paz ONU para la reorganización del Estado, los terremotos abren las puertas a una nueva oportunidad de desarrollo, donde las similitudes son mas útiles y reales que las diferencias, para un Chile se que amplía para crecer más allá de sus fronteras y donde la capacidad técnica de la academia, del Estado y de la iniciativa individual es bienvenida, necesaria, renovada en valor.

Volvamos a nuestras tierras australes y bajemos la escala a esta condición, focalizando en la reacción individual o colectiva ante el cambio de paradigma, conceptual y material que enfrentamos: la instalación del nuevo Gobierno esta abriendo nuevos debates en torno al como seguir construyendo ciudades y espacios colectivos de integración; entre si limitar o no el crecimiento de la mancha urbana, planificar con demandas garantizadas (¿estúpidas?) o estudiadas proyecciones futuras. Van surgiendo cuestionamientos a lo realizado y por realizar, enfrentando a las cúpulas tecnócratas de cada banda, interna y externamente, hacia un procedimiento sobre la ciudad aún desconocido pero probablemente con reconocibles grados de continuismo.

Mientras tanto, con o sin bando pero con la capacidad crítica y proactiva, ¿cómo reaccionan los técnicos de las disciplinas proyectuales capacitados en participar de los destinos de la ciudad, ante la misión permanente y transversal del Estado eficiente, representativo y regulador?

Opción de algunos es sumarse por gusto o necesidad; opción de otros restarse disconformes; el país sigue su marcha, la ciudad mantiene sus urgencias y se nos presenta día a día perfectible, disponible para demoler y reconstruir una institucionalidad que permita la edificación de la ciudad deseada, que deja gradualmente atrás las lógicas de abuso y automatismo para sobreponer con nuevos cimientos una nueva experiencia con políticas de integración y convergencia, que ratifican una vez más lo indestructible: la condición pública de la ciudad.

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