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El hiperpresidente: todos los huevos en la misma canasta

por 5 febrero 2010

El hiperpresidente: todos los huevos en la misma canasta
Este clima de opinión tan expectante, una fortaleza, puede transformarse en la mayor debilidad del futuro gobierno de Piñera. Quizá el primer error en ese sentido es haber renunciado a su partido, reforzando la imagen de los partidos “malos”, el presidente “bueno”. El punto está, precisamente, en cambiar la manera de hacer las cosas, y no seguir haciéndolas como en el pasado.

El clima de opinión después de la elección presidencial es del todo expectante. Es una expectación positiva, porque existe la sensación de que nada puede pasar, y que todo puede pasar. Las cosas que no pasarán son las malas, las cosas que pueden pasar son las buenas.

Sebastián Piñera ha creado expectativas enormes respecto de su capacidad de sorprendernos. Comienza con “la democracia de los acuerdos”, lo que es un eufemismo lingüístico, porque la democracia sin acuerdos no existe. La democracia no es otra cosa que un mecanismo de resolución de conflictos entre distintos grupos de la sociedad. Más bien se refiere el Presidente electo a “la política de los acuerdos”, pero claro está, como “la política” es casi una mala palabra, la ha sustituido por democracia, que por el contrario, tiene muchos positivos para todos. Aunque puede ser un boomerang usar “la democracia” como sustituto de  “la política”.

Chile será el primer país en mostrar qué pasa después de la transición. ¿Seguiremos con  una democracia imperfecta consolidada, o bien tendremos una democracia que con la alternancia logra corregir sus imperfecciones?

La Concertación desconcertada no para de darse vueltas y vueltas, sin saber qué hacer. La derrota ha sido devastadora. Al presidente de la Democracia Cristiana ni siquiera le aceptaron la renuncia, porque no se han dado cuenta aún lo que ha sucedido. Ellos continúan con la lógica de la política que fue derrotada. La Concertación perdió más de 300 mil votos desde que eligió a Michelle Bachelet y más de 700 mil desde que eligió a Patricio Aylwin. Esta derrota no se forjó en un día, sino en 20 años. Su mayor debilidad es que no tienen un plan de acción, ni un programa que implementar y los dirigentes se comunican por los medios porque sino nadie los escucha. Su mayor fortaleza es que los votos que perdió aún no han cruzado la calle.

Esto no es el resultado de una mala campaña, ni de un candidato fome. Es el resultado de una política equivocada respecto de la manera de hacer política. En casa del herrero cuchillo de palo. Los que saben menos de política porque no han gobernado han derrotado a los que saben más. La ventaja que tienen ellos es que justamente no tienen las prácticas que la gente ha rechazado. Todo lo que hagan será visto con buena cara porque será distinto, no porque sea necesariamente bueno, sino simplemente distinto.

Con todo, valóricamente, la Concertación tiene más adeptos que la derecha. Pero eso sirve de poco. Cuando asumió Patricio Aylwin un 40% de la población del país compartía los valores de la Democracia Cristiana, pero ese partido no supo capitalizar su fortaleza electoral, sino por el contrario, con una política sectaria y excluyente, fue lentamente disminuyendo su apoyo a lo largo de estas dos décadas. A la Concertación le pasa algo similar en este momento: más de la mitad de los chilenos comparten sus valores y aspiraciones, pero no comparten sus métodos. ¿Sabían ustedes que un 60% de los chilenos creen que el socialismo es una buena idea mal aplicada, mientras que apenas un 10% cree que el gobierno de Salvador Allende fue un buen gobierno? No muy distinto es con los adeptos de la derecha que pueden compartir sus valores pero no sus aliados o métodos. La incapacidad de los partidos de captar el electorado potencial es la mayor debilidad de la política, esa que ha sido rechazada en esta elección. Un 40% de la gente dice que quien  quiera que entre a la política se vuelve corrupto aunque no lo quiera. Mas allá de los valores es la congruencia entre los valores y la acción la que es vista como escasa.

En otras palabras, la política como arte del uso del poder, no logra conquistar las almas de los chilenos, porque éstos tienen la sensación de que el poder no se usa para ellos, sino para intereses particulares que no son los de la mayoría.

El clima de opinión existente en estos días es que ESO es lo que cambiará. La manera como se usa el poder, no tanto las cosas que se van a hacer. Eso fue lo que Lula logró hacer en Brasil: cambiar la perspectiva con que los pobres miraban al gobierno y al Estado, dándole tiraje a la chimenea, haciendo posible un cambio. Es como los tacos en un túnel: cuando la hilera del lado comienza a moverse, y uno está todavía estancado, la expectativa de que a uno le tocará luego aumenta.

La democracia no necesita tener acuerdos para ello, porque los chilenos saben que “el Estado no puede resolver todos los problemas” (70%), lo que necesita es evidencia de que el Estado es de ellos, y el gobierno también. Los bonos, las políticas públicas no son sino un instrumento para ello. Michelle Bachelet ha sido la Presidenta, especialmente en el año 2009, que más percepción ha producido de que el Estado trabaja para la mayoría. En el último año ha disminuido de 70% a 55% los que creen que el gobierno trabaja para una minoría. Por eso tiene tan alta aprobación.

Desgraciadamente los partidos políticos se alejaron de la Presidencia, desde el gobierno de Ricardo Lagos. El Presidente pasó a ser un ser todopoderoso, el “actor” del Estado por excelencia, el que personifica la institucionalidad de la democracia, por encima de todos los otros organismos. Es el hiperpresidencialismo que afecta a toda la región, donde muchos “le darían poderes especiales al Presidente” para que “resuelva los problemas” (si pudiera). Michelle Bachelet no fue “Jefa de la Concertación”, ella era una mujer “que no sabía mandar”. ¿Se acuerdan uds.? Ello reforzó  lo que ya venía sucediendo en el gobierno de Lagos: la separación de los partidos de la cabeza del gobierno. La casi oposición de algunos parlamentarios de gobierno, la manera como trataban al gobierno “desde afuera” era evidente.

El hiperpresidencialismo se acentúa con esta alternancia, la campaña de Piñera fue especialmente personalista, la Concertación también se encargó de que esta elección fuera sobre él y no sobre su conglomerado. Sólo en el último debate salen a la luz los problemas de sus colaboradores. Estamos ante la expectativa de que un “ser” todopoderoso, uno de los hombres más poderosos del mundo, llegue con su varita “mágica” y resuelva los problemas.

Las imágenes de un Presidente equitador, piloto, nadador, tenista, “labrador, pastor callado, domador de guanacos tutelares, alfarero en su greda derramado…” diría Pablo Neruda, no hacen sino reforzar esa visión. ¿Qué es lo que este Presidente no puede hacer? Da la impresión que nada.

La fragilidad de la política aumenta en la medida que todas sus expectativas están en un mismo canasto, todo depende de una persona. ¿Quién mejor que Piñera sabe que no hay que poner todos los “huevos” en un canasto?

Michelle Bachelet no pudo traspasar su popularidad a su candidato, porque la popularidad es del cargo y su poder, no de su persona solamente. Ricardo Lagos también la tuvo, y la perdió cuando abandonó el cargo. A Michelle Bachelet le sucederá lo mismo.

La fortaleza se vuelve su debilidad. Así le ganó la guerra Charles de Gaulle a los alemanes en territorio francés, transformando su fortaleza en su debilidad. Así fue derrotada la Concertación que instaló estos hiperpresidentes, con un sistema de partidos débil, sin estructura normativa sólida, y un Parlamento poco apreciado por el pueblo (sólo un tercio tiene confianza en el Parlamento, el poder judicial, y un quinto en los partidos).

Lejos de una democracia de los acuerdos, lo que se necesita es una democracia con muchos canastos, que le den balance al poder. Los acuerdos vendrán solos si la democracia funciona y es competitiva. Los desacuerdos existen cuando la percepción es que unos pueden aplastar a los otros.

La democracia que Chile necesita no es una de los acuerdos, sino una en que las instituciones, el poder judicial, el Parlamento, los partidos políticos, jueguen su papel en el uso del poder que beneficie a las mayorías y sean vistos como tales. Si la democracia depende de los “acuerdos” como se está haciendo creer, es frágil y resulta cuestionada. El desarrollo, el éxito de la política, puede depender de los acuerdos pero no la democracia. La democracia dependió de los acuerdos en el gobierno de Patricio Aylwin, porque Pinochet había anunciado que vendría el “caos” con la democracia. Era necesario comprobar que la democracia no era el “caos”. Hoy por el contrario, no hay amenazas en el horizonte, sino solo oportunidades.

La sospecha moral de “abuso” de poder que tienen los chilenos de a pié vale para la política y para los negocios. Por ello los “pecados” de Sebastián Piñera, según sus opositores, no valen para una gran parte de la gente. En el margen él es igual al resto en su  capacidad de abusar del poder que tiene. Aquí no hay leyes que castiguen el abuso de poder como en EE.UU. o Europa, donde es posible incluso acusar y expulsar a un Presidente.

El clima de opinión es el de un “Hiperpresidente”, que puede todo, lo que no hace sino reforzar la vieja política, resultando una contradicción en sí misma, cuando lo que se espera el justamente lo contrario. Pero ¿cómo se auto desmantela un hiperpresidente?

La alternancia de las viejas oligarquías gobernantes en América Latina, terminaron el 2008 con la derrota del Partido Colorado en Paraguay y la elección de Lugo.  En este caso Chile simboliza la primera alternancia de las elites que llevaron a cabo la transición. Los latinoamericanos han aprendido que la democracia consiste en echar a unos y elegir a otros. Los cambios que han traído esas alternancias han sido significativos en todos los países.

Chile será el primer país en mostrar qué pasa después de la transición. ¿Seguiremos con  una democracia imperfecta consolidada, o bien tendremos una democracia que con la alternancia logra corregir sus imperfecciones?

Este clima de opinión tan expectante, una fortaleza, puede transformarse en la mayor debilidad del futuro gobierno de Piñera. Quizá el primer error en ese sentido es haber renunciado a su partido, reforzando la imagen de los partidos “malos”, el presidente “bueno”. El punto está, precisamente, en cambiar la manera de hacer las cosas, y no seguir haciéndolas como en el pasado.

Para llegar a ser el mejor Presidente de todos los tiempos,  y un país desarrollado como ha prometido, se necesitan partidos fuertes, parlamento querido, poder judicial potente, y un Presidente que no es sino un chileno más que hace bien su tarea. Ese es el cambio que los chilenos esperan. No hay que convencer a la gente que Chile necesita ese cambio, porque ellos ya están convencidos,  sino más bien a los políticos.

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