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La insolente democracia de los desacuerdos

por 9 febrero 2010

Ellos quieren una democracia de los acuerdos, pero es en vano. En los próximos años nuestra democracia despuntará todas sus diferencias y develará todas sus desigualdades; entonces esta nueva democracia que la Concertación reinició en 1990 pondrá a prueba todas sus cualidades institucionales, políticas y culturales.

Desde hace algunas semanas se viene diciendo que la transición política termina con la llegada de Piñera a La Moneda, pero segundos más tarde se ha destacado la voluntad del presidente electo por volver a la “democracia de los acuerdos”, como una forma de restablecer un clima de entendimiento y diálogo de las fuerzas democráticas del país. Es decir, mientras algo termina, algo vuelve a comenzar; se trata entonces de una manera bien extraña de apelar al futuro, regresando a principios de la década pasada, cuando Pinochet aun permanecía activo en los cuarteles.

Aquellos que en enero invitaban a sumarse al cambio y con vehemencia argumentaban que Eduardo Frei era una imagen del pasado, esta vez añoran el sello presidencial de Patricio Aylwin. Entonces, es bien curiosa la manera de iniciar un nuevo ciclo en la historia de nuestro país, pues los mismos que criticaron a la carta oficialista en las pasadas elecciones, no vacilan en relevar la figura del primer presidente de la transición. Temporalidades paradójicas, inseguridades evidentes o al menos una extraña manera de inaugurar esa  “nueva forma de gobernar”.

Ellos quieren una democracia de los acuerdos, pero es en vano. En los próximos años nuestra democracia despuntará todas sus diferencias y develará todas sus desigualdades; entonces esta nueva democracia que la Concertación reinició en 1990 pondrá a prueba todas sus cualidades institucionales, políticas y culturales.

Lo que queda meridianamente claro, en todo caso, es que el nuevo gobierno encabezado -esta vez- por la “Alianza por el Cambio” quiere gobernar en paz, sin estridencias, con la temprana inyección de un sedante a la vena de los actores democráticos, seguramente para no irritar las almas conservadoras que se instalarán en las inmediaciones de palacio. Aquella tecnocracia neoliberal que con ansiedad anhelaba la alternancia en el poder para no cambiar nada o casi nada. Para proseguir la maduración de un modelo de sociedad a imagen y semejanza del Mercado (esta vez con mayúscula).

Los medios de comunicación concentrados -en gran medida- en ellos mismos, harán lo suyo (ya lo hicieron antes, está registrado en el Museo de La Memoria)  intentando sembrar un falso clima de concordia y unidad nacional en un país asediado de “díscolos” y “rebeldes”. Actualizando en sus portadas impresas y electrónicas un ranking online con los actores más “conflictivos” y “antipatriotas”. Seremos testigos privilegiados de una asombrosa colusión informativa en los titulares de todos los matutinos.

Pero ello será en vano. La mejor prueba de nuestra solidez democrática no será la implementación remasterizada de la democracia de los acuerdos, sino que todo lo contrario, por un sinceramiento institucional y social de todas nuestras diferencias. Esa que queda de manifiesto en la “votación de clase” que ocurre en Vitacura donde nada menos que un 80% de sus electores apoya a Sebastián Piñera.

Es una ilusión estéril pretender reeditar la democracia de los acuerdos, como un telón de fondo de una sociedad cada vez más compleja y con menos “complejos”. Es una aspiración propia de una elite analógica que apenas comprende la dispersión informacional y global de los ciudadanos hiper-conectados. No somos el país de principio de los años noventa. Todo cambió a velocidades siderales. Hace rato que los agudos electores y las masivas audiencias tienen “clara la película”.

Por otra parte, la coalición que abandona el gobierno experimentará sus propias fragmentaciones, una vez que los partidos renueven sus elencos directivos y comiencen los sinceramientos inevitables de cada proyecto. Lo que ayer permaneció unido por razones históricas, mañana avanzará hacia una necesaria mutación, porque los consensos básicos de la Concertación hace rato que están vencidos. Les tocará a “los herederos de la prudencia” abandonar esa inasible y pretérita unidad que hoy, parece más una razón melancólica que una acción movilizadora.

Felizmente, más por una pulsión ciudadana que política, nuestra democracia está a salvo de un clima de unidad nacional que intenta pacificar las diferencias y demonizar los conflictos. Hay más razones hoy que ayer, de fortalecer el poder local, de salir a las calles, de reunirse en el sindicato, de apoyar las organizaciones sociales y ciudadanas, de conectarse con las tribus urbanas, de multiplicar las comunidades virtuales, de amplificar toda la resistencia bloguera o de realizar una masiva concentración de twitteros. Es cierto, los partidos políticos tendrán un rol relevante, pero está más que claro que los ciudadanos/as son definitivamente más veloces y atrevidos/as.

Los pregoneros del cambio, los aduladores de la alternancia, no quieren escuchar tumultos en las anchas Alamedas, no están acostumbrados a las manifestaciones ciudadanas, la dictadura los mantuvo a salvo de ellas por muchos años. Lo que saben hacer es huir de los primeros niveles de la ciudad y estrellarse en los últimos pisos de sus torres de espejos, desde allí la pobreza no se ve o se descubre en lontananza, como un paisaje anodino muy lejos de su confortable aire acondicionado. Ellos aprendieron a gestionar todo, pero no saben cambiar nada.

En la campaña gritaron a los mil vientos que querían cambios, ahora que están a punto de ingresar al palacio de gobierno, quieren un clima de unidad nacional y una democracia de los acuerdos. Me es imposible no recordar esa frase ochentera en los muros de la capital, imponiendo miedo, amenazando cualquier manifestación ciudadana: orden es paz.

Ellos quieren una democracia de los acuerdos, pero es en vano. En los próximos años nuestra democracia despuntará todas sus diferencias y develará todas sus desigualdades; entonces esta nueva democracia que la Concertación reinició en 1990 pondrá a prueba todas sus cualidades institucionales, políticas y culturales. A este anhelo prefabricado de unidad nacional, las fuerzas auténticamente progresistas del país opondremos una insolente “democracia de los desacuerdos”.

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