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Un gobierno unidimensional

por 10 febrero 2010

Si en los gabinetes de la Concertación los cuoteos tenían un claro deslinde partidario, ahora se requiere de un mapa de los grupos económicos para poder entender los criterios de selección de los ministros.

Sebastián Piñera ha diseñado un gobierno de claro cuño empresarial. De ninguna manera se podría cuestionar la capacidad de un gerente o de un emprendedor destacado para llevar adelante tareas públicas. El problema se plantea cuando todo un equipo de gobierno es hegemonizado por ministros que llegan directamente desde sus oficinas gerenciales a La Moneda.

Se trata, según el presidente electo, de un “equipo de excelencia", lo que revela que para él las mentes más brillantes y competentes se encuentran en los directorios de las grandes corporaciones. Pero si en los gabinetes de la Concertación los cuoteos tenían un claro deslinde partidario, ahora se requiere de un mapa de los grupos económicos para poder entender los criterios de selección de los ministros.

Si en los gabinetes de la Concertación los cuoteos tenían un claro deslinde partidario, ahora se requiere de un mapa de los grupos económicos para poder entender los criterios de selección de los ministros.

Tal como ocurre en muchas áreas de la vida, cuando la diversidad es sustituida por la uniformidad se corre el riesgo de reducir la complejidad de la realidad a un par de variables bajo control. Pero sabemos que la política no funciona con las mismas leyes que la bolsa de valores.

Cuando Herbert Marcuse lanzó en los años sesenta su diagnóstico de la sociedad occidental utilizó el concepto de unidimensionalidad para expresar la vacuidad sobre la que se sostenía la racionalidad tecnológica. Esta mentalidad atrapa en primer lugar a quienes reproducen las lógicas en las que se asienta su poder. De esta forma la razón tecnocrática se naturaliza de tal manera que impide a los tecnócratas percibir las aporías propias de sus decisiones. Se trata de una ceguera autoinducida que impide todo espacio a la crítica.

Un gobierno unidimensional corre el riesgo de caer en lo que Carlos Matus llamaba “barbarismo tecnocrático”, que resulta de un desbalance tecnopolítico, lo que puede presagiar alta conflictividad social y poca capacidad de maniobra política para la nueva administración.

Para que exista democracia se requiere de algo más que votos y elecciones. Se requiere de la sensibilidad para poder incorporar visiones distintas en un sentido sustancial, y no de modo anecdótico, invitando a algún desconcertado a sumarse al carro de la victoria.

Un gabinete de los mejores debería haber equilibrado mejor las dimensiones políticas, comunicativas, culturales y sociales propias de una acción colectiva como es el acto de gobernar. Por algo la democracia nació en la “politeia” ese espacio plural que los griegos reservaron para que convergieran la ciudad-Estado y los ciudadanos. Pero si de desprecia la política es difícil que ese diálogo se produzca. Y podemos imaginarnos lo que  pasa cuando eso no ocurre.

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