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Madiba Invictus

por 15 febrero 2010

La generosidad de Nelson Mandela, su bondad, su enorme estatura moral y su extraordinario genio político, se puso desde el primer momento en evidencia para interponerse como un muro indestructible ante esa marea rabiosa que pugnaba por sumir a Sudáfrica en un baño de sangre.

El 11 de marzo se conmemoraron 20 años de la liberación de Nelson Mandela. Madiba, el nombre con que le llaman cariñosamente sus compatriotas,  permaneció por 30 años prisionero del gobierno racista sudafricano, 18 de los cuales los pasó en una pequeña celda de apenas 2,5 metros por lado, durmiendo en un colchón de paja, mal alimentado y sometido a régimen  de trabajos forzados en la prisión de Robben Island.

Convertido en paria internacional, condición que el régimen racista sudafricano compartió con la dictadura militar chilena con la cual, por cierto, mantuvo estrechos vínculos diplomáticos, militares  y económicos,  y sometido a la presión incesante  de las manifestaciones populares, el régimen  del apartheid que proclamaba y aplicaba sin piedad ni tapujos la política de supremacía blanca en un país de población mayoritariamente negra, no tuvo más remedio que proceder a la liberación incondicional del líder histórico del Congreso Nacional Africano (ANC) cuando Mandela tenía ya 71 años. Desde aquel momento decisivo se desató un proceso político y social de imprevisibles consecuencias, en medio de una atmósfera contaminada por invocaciones a la violencia racial y de maniobras desesperadas del régimen racista para dividir al adversario pactando con agrupaciones de la mayoría negra contrarias a la hegemonía del ANC.

La generosidad de Nelson Mandela, su bondad, su enorme estatura moral y su extraordinario genio político, se puso desde el primer momento en evidencia para interponerse como un muro indestructible ante esa marea rabiosa que pugnaba por sumir a Sudáfrica en un baño de sangre.

Hubiese bastado una palabra, o tan sólo un gesto de Mandela para haber arrastrado al país a una cruenta guerra civil, con el odio racial por bandera. Motivos suficientes y comprensibles para que la población negra oprimida pudiera haber optado por la venganza contra sus verdugos los había a destajo.

Y habría sido comprensible también que de la prisión hubiese salido no el hombre a quien se vio sonriente y animado alzando el puño, sino a un individuo lleno de rencor e ira, dispuesto a usar su prestigio nacional e internacional y su decisiva e influencia para cobrar las cuentas acumuladas de las humillaciones sin nombre, las violencias y las injusticias propinadas a su pueblo por una minoría brutal e implacable.

Pero la generosidad de Mandela, su bondad, su enorme estatura moral y su extraordinario genio político, se puso desde el primer momento en evidencia para interponerse como un muro indestructible ante esa marea rabiosa que pugnaba por sumir al país en un baño de sangre. Así fue crucial su potente llamado a los jóvenes de la ANC a tomar sus cuchillos, sus armas y machetes y lanzarlos al mar, cuando en 1994 fue recién  electo presidente de la nueva Sudáfrica.

Había que ser valiente y decidido en esa hora de justicia y victoria para hacer una invocación semejante. Y los acontecimientos políticos comenzaron a tomar desde entonces un curso impensado. El mismo que ha llevado a Sudáfrica a ser un país respetado y apreciado, como una demostración de que se pueden conjugar los intereses más irreconciliables, como lo eran en efecto los de la minoría negra y la mayoría blanca, y exorcizar los recíprocos temores y desconfianzas nacidas de una experiencia histórica  brutal y dramática. Anclada en una concepción racista convertida en sistema institucional discriminatorio que la apropia ONU declaró en su día como un crimen contra la humanidad.

La historia de vida de este político gigante en un mundo de enanos este relatada en primera persona en su autobiografía llamada “Largo Camino a la Libertad”, en la que nos conduce desde su infancia en la aldea Xhosa del Cabo Oriental donde nació y creció, hasta su experiencia como abogado y su ingreso al ANC, organización  fundada en 1912, pasando por su experiencia carcelaria, su liberación y su elección como presidente en las primeros comicios  sudafricanos en que se aplicó el principio de un hombre un voto.

Más recientemente, el libro de John Carlin “El factor Humano”, que inspiro la película “Invictus” protagonizada por Morgan Freeman en el papel de Mandela, nos ilustra con entretelones extraordinarios sobre los días en que el destino de Sudáfrica pendía de un hilo, del que Mandela supo tirar con delicadeza para tejer con paciencia, talento y capacidad de seducción, el entramado de un país reconciliado que hoy se mira a sí mismo como la nación del arco iris.

De este proceso de construcción de confianzas, el episodio de la Comisión de Verdad y Reconciliación,  instancia inspirada y creada a imagen y semejanza de la entidad del mismo nombre en Chile, más conocida como Comisión Rettig, constituye un logro de la política exterior de Chile desafortunadamente poco conocido, pero no por ello, menos significativo en el decurso de los acontecimientos sudafricanos más recientes.

La Comisión sudafricana, cuyo propósito fue el de develar los crímenes del régimen del apartheid constituyó en su momento un pilar  fundamental en el proceso de sanación ética, moral y social de aquella sociedad profundamente herida y dividida. Y en su creación, los sudafricanos, incluido en propio Mandela, reconocen el papel protagónico e inspirador del gobierno chileno de la época  en su instalación.

Quizás por eso mismo fue que en 1998, mientras asistíamos a la Cumbre del Movimiento de Países No Alineados en Durban, Sudáfrica, pude experimentar una vivencia inolvidable. Nelson Mandela era el presidente de Sudáfrica y en tal calidad le correspondió dar el discurso de inauguración. El salón de plenarios estaba abarrotado de delegaciones provenientes de  todo el mundo y una nube de periodistas y fotógrafos aguardaba impaciente por el fin de la ceremonia.

Mandela terminaba su discurso y yo le comenté a Jorge Heine, entonces embajador de Chile en Sudáfrica, de la intensa emoción que sentía de poder ver y escuchar a este hombre notable. Heine me dijo entonces ¿quieres saludarlo? Yo no dije nada, pero me pareció aquello algo imposible en vista de la multitud que aguardaba a que el presidente bajara del escenario.

Pero entonces ocurrió que Mandela comenzó a bajar y Heine comenzó a llamarlo a viva voz en medio del tumulto: ¡presidente!, ¡presidente! Mandela miró hacia nosotros, sonrió y comenzó a caminar en nuestra dirección atendiendo al llamado. Heine le dijo algo y Mandela le respondió con familiaridad, siempre sonriendo. Cuando le tuve enfrente, le abracé emocionado y le bese en la mejilla.  No sé si pudo oír lo que le dije con un hilo de voz: usted es la única persona a quien admiro incondicionalmente.

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