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La venta de abbey road: cómo morir sin gloria

por 19 febrero 2010

La escandalera en torno a la posible venta de los estudios Abbey Road –¡colectas entre ex trabajadores!, ¡preocupación de la agencia patrimonial del Estado británico!, ¡pucheros públicos de Paul McCartney!– es algo que podía muy bien preverse, y que sólo ha hecho público el conflicto que hace al menos tres años vive internamente EMI en el intento por balancear sus pérdidas con la administración sensible de su brillante catálogo. Ningún antiguo ejecutivo de la compañía hubiese osado jamás acudir a las piezas más sacrosantas de sus bienes en caso de emergencia. Pero de esos antiguos ejecutivos queda sólo el recuerdo, y la firma de inversiones que en el 2007 compró el sello en más de tres mil millones de libras no piensa en “Come together” ni “Wish you were here” cuando el Citigroup le apura el pago de lo que entiendo es una deuda de 4.700 millones de dólares. La sola posibilidad de quiebra de una compañía como EMI es la caída del Muro de Berlín a escala simbólica para los camaradas melómanos.

“Para mí, EMI ya no existe. Debiesen rebautizarla”, le contaba hace poco Damon Albarn en una muy elocuente entrevista con The Word, en la cual no sólo analiza (desde dentro) la plana ejecutiva hoy a cargo sino también la mística perdida. “No es la compañía que alguna vez fue, en lo absoluto. La compraron capitalistas especuladores, y pusieron a cargo a un tipo que antes vendía cloro. No tengo nada contra la gente que vende cloro, pero nunca vi que a la gente que tomó EMI le importara una mierda la música o los músicos en el sello. EMI llegó alguna vez a ser una mezcla interesante –asombrosa, de hecho– de arte y comercio, pero ya no. Ni una sola persona de la firma que compró EMI ha venido alguna vez a verme o hablarme. Oh, sí: me mandaron hace poco de regalo una botella de champaña. ¡Pero yo no quiero su fucking champaña! Quiero aparecerme en sus oficinas, tomar una taza de té y hablar sobre música”.

Una de las revelaciones más graciosas de la autobiografía de Johnny Rotten es el modo en el que los Sex Pistols solían burlarse de ese sello (que, recordemos, los despidió por escandalosos antes de siquiera sacarles un disco). Según el cuarteto punk, la sigla EMI abreviaba la frase: “Every Mistake Imaginable”. Quizás en los 70, la burla era injusta, pero es innegable que hoy el sello ha cometido errores mucho peores que perder dinero en tiempos de crisis: en menos de tres años ha dejado ir a Paul McCartney, Radiohead y los Rolling Stones, entre muchos, y gente como Damon Albarn y Joss Stone claman públicamente por la liberación de su contrato. Si tu negocio es vender música y tienes un mínimo de lucidez, prefieres vender los muebles antes que tener disgustados a quienes a los oídos del mundo definen el concepto mismo de tu producto. Ninguna universidad, imagino, somete a sus Premios Nobel a ajustes de presupuesto.

Esa estrechez de visión nace de una mirada enfocada puramente en cifras. Aquellos antiguos ejecutivos y A&R dispuestos a acompañar a una banda en su desarrollo (aunque le tomara más de un disco), a buscar talento en tocatas pequeñas y a comprender la música popular en su amplio potencial social son la baja quizás más lamentable de la marcha fúnebre al ritmo de la cual hoy se mueve la industria disquera (y no sólo en EMI). No dudo de la buena salud creativa de la música actual y me preocupa bien poco que puedan acabarse los CDs o ya no haya presupuesto para que Britney Spears destruya una limusina en su próximo video. La buena música nunca necesitó de la parafernalia de derroche a la que, desgraciadamente, nos acostumbró la industria durante demasiados años.

Hay pocas maletas que seguir tirando al mar para evitar el hundimiento del bote. Se ha llegado a un camino sin retorno en el que ni siquiera el ahorro de ese absurdo despilfarro de antaño permite sanear las cuentas. Pero cuando el ahogo es inevitable, no lanzas al agua a tu madre ni te clavas un cuchillo en el pecho. Te vas con lo que eres, con tu historia, con tu riqueza intangible acumulada. Perdonen el nacionalismo, pero sigamos con la analogía marítima: Arturo Prat sí habría sabido qué hacer con Abbey Road antes de elegir morir con gloria.

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