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Análisis Político

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Un país no es una empresa

por 24 febrero 2010

Un país no es una empresa
Se han publicado decenas de comentarios desmenuzando la composición del supercualificado gobierno de Sebastián Piñera. Pero nadie ha citado una de las obras más fundamentales sobre el asunto: el ensayo A country is not a company (Un país no es una empresa) de Paul Krugman. La cuestión central es “la forma de pensar”, dice el Premio Nobel. Y cita dos casos donde la sabiduría de un hombre de negocios conduce a errores.

Se han publicado decenas de comentarios desmenuzando la composición del supercualificado gobierno de Sebastián Piñera. Algunos han sido razonables y ajustados a los hechos (Patricio Navia) y otros han sido demagógicos y hasta poéticos (Patricio Hales). Pero nadie ha citado una de las obras más breves, claras y fundamentales sobre el asunto: el ensayo A country is not a company (Un país no es una empresa) publicado por Paul Krugman en 1996 en la Harvard Business Review, un trabajo muy poco difundido en castellano.

Krugman, que escribió este artículo cuando el empresario Ross Perot arrasaba como fenómeno político en EEUU, comienza recordando que los estudiantes de Administración de Empresas normalmente son buenos en Economía, pero piensan que ese conocimiento les servirá de poco para dirigir sus negocios. “Lo contrario”, dice el Premio Nobel de 2008, “también es verdad: lo que la gente aprende de dirigir negocios no les ayuda nada a formular una política económica”.

La cuestión central es “la forma de pensar”, dice Krugman. Y cita dos casos donde la sabiduría de un hombre de negocios conduce a errores: la relación entre exportaciones y empleo, y el vínculo entre la inversión extranjera y la balanza comercial.

En el primer caso, los empresarios creen que la expansión del comercio mundial produce un crecimiento del empleo. Sin embargo, los economistas no piensan que esto se pueda expresar en estos términos. Krugman concluye que los cambios en las exportaciones e importaciones tienen poco efecto sobre el empleo global.

Otro ejemplo es la relación entre la inversión extranjera y la balanza comercial. Imaginemos –dice Krugman- que cientos de multinacionales deciden que un país es el sitio ideal para fabricar un producto e invierten miles de millones en ese país. ¿Qué ocurre con la balanza comercial? Los empresarios, casi sin excepción, creen que el país tendrá un superávit comercial. Generalmente no le creen a los economistas cuando les dicen que ese país tendrá grandes déficit.

“Los principios generales sobre la dirección de una economía son diferentes –no difíciles de comprender, pero diferentes- de aquellos que se aplican a los negocios”, dice Krugman. Por eso, ser ministro de Trabajo no es lo mismo que ser experto en Recursos Humanos.

“(Los hombres de negocios) piensan en sus propias compañías y se imaginan qué ocurriría si su capacidad de producción se viera súbitamente incrementada. Claramente sus empresas venderían más y comprarían menos. A nivel de un país eso significa que tendrás superávit. Los economistas saben que la verdad es la contraria, porque la balanza comercial es parte de la balanza de pagos y el balance global de los pagos de un país debe tender a ser cero. Por supuesto que existen los déficit y los superávit. Puede que se importe más que lo que se exporte. Pero al final ese desequilibrio debe reflejarse en la cuenta de capital”.

¿Por qué estas apreciaciones tan distintas? Krugman ensaya varias explicaciones. Una es que la economía de un país es mil veces más compleja que la de una empresa. “Una economía nacional debe ser dirigida sobre la base de principios generales, no de estrategias particulares”, afirma.

Y lo que pasa es que los ejecutivos son proactivos, no se están quietos. Les cuesta sacar las manos de la economía, les parece una irresponsabilidad no planificar el futuro y dejarlo en manos de la iniciativa de otros. “Por eso”, dice Krugman, “la idea de que el mejor gobierno económico casi siempre consiste en fijar un buen marco (de reglas del juego) y después dejar que funcione no tiene sentido para los hombres de negocios”. Su instinto, añade, es, como decía Ross Perot, “levantar el capó y tratar de arrancar  el motor”.

El premio Nobel también denuncia lo que llama “el síndrome del gran hombre”, que en el mundo científico ocurre cuando un especialista en un campo determinado desarrolla opiniones fijas sobre asuntos que no le competen o que no entiende. “Esto es muy difícil de aceptar por un empresario, especialmente si ha tenido éxito”.

“Los principios generales sobre la dirección de una economía son diferentes –no difíciles de comprender, pero diferentes- de aquellos que se aplican a los negocios”, dice Krugman. Por eso, ser ministro de Trabajo no es lo mismo que ser experto en Recursos Humanos.

Finalmente, Krugman afirma que hay dos cuestiones que diferencian a un político de un empresario: su concepción del mundo y el tipo de feedback que recibe. En relación al primero, los empresarios tienden a ver el mundo como una interrelación de sistemas abiertos. Lo ven desde su empresa, que compra, vende, se relaciona con todos o no, crece o se achica según las circunstancias. En cambio, un político o un analista económico tienden a concebir sistemas cerrados que producen juegos de suma cero, donde lo que uno gana lo pierde otro. Tienen, en definitiva, la prevención del conflicto (un asunto que para un empresario resuelve el mercado) mucho más presente

Y en cuanto al feedback, alguno de los ministros in péctore ya ha podido experimentar en carne propia con este asunto. La calidad del feedback empresarial no tiene nada que ver con la de un político. Como empresario puedes rescindir contratos, despedir a un empleado flojo o tragarte las quejas de un consumidor disconforme al que le tienes que sustituir el producto. En cambio, si eres ministro y anuncias un nuevo impuesto a la gasolina, lo más probable es que al día siguiente te amenacen con un paro del transporte. Y en Chile, y con su historia, ya sabemos lo que significa un paro del transporte.

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