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¿Mascarada o impostura?: de terremotos, OECD y neoliberalismo

por 6 marzo 2010

La última guinda de esta torta es la pretensión de considerarse país desarrollado, sólo porque una organización economicista –como la OECD-, estaría dispuesta a recibirnos.

La nuestra es  una existencia llena de cosas.   Una existencia  incomunicada desde antes del terremoto que acaba de azotarnos. Una existencia socialmente atravesada por la incertidumbre, respecto al trabajo, a la salud, a la vivienda, o a la vejez.  Cosismo, consumismo, incomunicación  (plena de tecnologías de la comunicación), tres vectores de la modernización neoliberalizante impuesta a sangre y fuego desde el golpe de Estado del 73.

Así es pues, el tejido o lazo social ha sido fragmentado, segmentado, dispersado en su ethos republicanista pre-73. Es lo que hoy queda al desnudo con esta tragedia que nos enluta: ¿Dónde está el asociativismo civil repartido a lo largo y ancho del país? ¿Donde están las organizaciones sociales de base, las oengés, los comandos de trabajadores,  campesinos o jóvenes autoorganizados por ejemplo? El malestar con las modernizaciones tiene –entre otras cosas- que ver con eso: un desajuste enorme entre la subjetividad de la sociedad y el impacto de los procesos  de racionalización gestionaria en diversas esferas, los que muchas veces   operan como piloto automático desde la imposición economicista (concesiones; permisos inmobiliarios; permisos medioambientales; educación mercantilizada, etc).

La última guinda de esta torta  es la pretensión de considerarse país desarrollado, sólo porque una organización economicista –como la OECD-, estaría dispuesta a recibirnos.

¿Acaso las modernizaciones nos han hecho, como colectivo digo, más libres, iguales y fraternos?   Algunas consecuencias: despolitización; nueva marginalidad; narcotráfico; endeudamiento opresivo, idiotismo político. No solo eso. Lo hemos visto ahora: maldad; resentimiento, envidia social. Por varias horas hemos vuelto al estado de naturaleza hobbesiano, donde el hombre es un lobo para el hombre. Como los contratos benefician a algunos y a otros no, quedan desahuciados. Así es pues. El orden social chileno no viene asegurado desde abajo,  sino al revés: por eso necesita de la amenaza de la fuerza para su sustentabilidad. Hasta el día de hoy.  La desigualdad persistente y el efecto estanterías repletas de artefactos, genera envidias; anima resentimientos y arribismos. Sí, esto viene de lejos. Lamentablemente el período de transición a la democracia –desde el 90 en adelante-, no ha aportado otra visión y otra práctica al respecto.  Después del domingo 17 de enero se ha  levantado la bruma que impidió a buena parte de los ciudadanos percatarse a tiempo que, en verdad, la elite concertacionista no deseaba transformar el país, el modelo económico heredado de Pinochet o modificar más radicalmente la herencia de una democracia protegida  que también nos legó el viejo general autócrata. La última guinda de esta torta  es la pretensión de considerarse país desarrollado, sólo porque una organización economicista –como la OECD-, estaría dispuesta a recibirnos, una vez que –claro está-  hayamos cumplido todas sus  exigencias (entre las cuales, la flexibilidad laboral, pero no los salarios, por supuesto). Por cierto, sin ninguna ingerencia posible de nosotros, los ciudadanos de a pié; de nosotros, el pueblo.    Hace ya tiempo aquellos que fueron motejados de autoflagelantes advertían  de las consecuencias no deseables que dejaba en la vida social  y en la conducta de las personas,  ese proceso modernizador conducido por el mercado (que pasa por “libre”), y el capital (que, como se sabe, no tiene patria, sino intereses);  sin adecuadas cortapisas y regulaciones desde el campo de una política democrática  sostenida en algún  ideario sustantivo de  justicia social, derechos y bien común. Nuestra política y sociedad padecen de un doble mal, o para decirlo de manera más suave: está enferma de su economía y de su cultura. De un mercantilismo extendido y concentrado que se orienta por el rédito, la ganancia, la rentabilidad, en todo, incluida su ética. En cuanto a la cultura, es cosa de haber visto lo que sucedía y/o sucede en muchos lugares del país estos días para darse cuenta de su situación  generalizada: no hay  vínculo societal, porque no hay sentido de pertenencia compartido, republicanamente hablando. Ha sido demolido por un extendido individualismo posesivo y agresivo, donde la fama, la  maximización,  las cosas, el éxito-poder,  la imagen,  lo son todo.

Otra herencia del ethos pinochetista: cada uno tiene que “rascarse” con sus propias uñas. No hay Estado; no hay sociedad.  El primero fue vilipendiado, privatizado, disminuido; la segunda, disuelta.  Cuando uno se percata de los sucesos en varias ciudades del país, surge otra  interrogante: ¿Y dónde ha estado la educación en todo este tiempo? ¿A quiénes ha llegado? ¿Para formar en qué virtudes y valores? Se echa de menos la presencia de una mirada político-normativa capaz  de orientar las prácticas y recomponer  -de abajo hacia arriba-, el ethos ciudadano, afectado por décadas de autoritarismo, uniformismo e incapacidad de abordar los conflictos de manera participada y deliberativa. Lamentablemente,  la llegada al poder de los adalides del mercadismo y el gerentismo –muchos de los cuales partidarios  del régimen  cívico-militar-, no augura nada bueno para estas inquietudes  e interrogantes cruciales. Con todo, estimado lector, siempre nos queda la esperanza contra toda esperanza, como reza el refrán latino.

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