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Medidas post terremoto para un hombre común

por María Fernanda Vásquez Palma 6 marzo 2010

“Luego de la tempestad, viene la calma…”
“Luego de la tormenta, sale el sol…”

Podemos hacer que estos refranes se vayan al vacío, o bien se conviertan en realidad.

Es imposible no lamentar lo sucedido, aún cuando nos encontremos bien junto a nuestras familias y no hayamos sufrido mayores daños materiales. No podemos dejar de pensar en lo que otros han padecido y siguen padeciendo. Lo anterior, sumado a las noticias, programas televisivos y radiales que -con más o menos morbo- construyen sus entregas, donde abundan las llamadas llorosas de los afectados y las imágenes espeluznantes de los lugares afectados, nos conmueve y, en algunos casos, paraliza.

Podemos ver como en estas situaciones límites, la gente adopta diversas posiciones y reacciones, se trasparenta lo mejor o peor de cada uno y se evidencian, en definitiva, cuál el rol que debiéramos saber cumplir.

Se han vertido -como decía algún antiguo profesor- “ríos de tinta” sobre los indecorosos, aquéllos que no titubearon en saquear lo más cercano que tenían a su vista, asaltar algún transeúnte o derechamente invadir viviendas incluso de gente afectada.

Se ha puesto acento –y no podía ser de otro modo- en la tardanza del actuar de las autoridades, las malas decisiones, la carencia de líderes y planes de emergencia a seguir, en fin, el completo caos que se generó frente a esta tragedia y convive actualmente con nosotros.

Frente a ello, no me parece nada novedoso señalar que a los delincuentes se les deba aplicar el máximo rigor de la ley, (¿existe un mínimo rigor de la ley?), y que las autoridades deban asumir sus responsabilidades y actúen en forma eficiente. Ciertamente es lo mínimo.

Pero qué pasa con los hombres y mujeres de buena voluntad. Poco se ha dicho sobre este grupo de gente que diría yo, somos inmensa mayoría, es decir, aquellos que no sufrimos pérdidas o nos aprovechamos de ella. ¿Qué pasará ahora?, ¿qué hacer? Son las preguntas que inevitablemente nos surgen en estos momentos. Para ellos me parece conveniente tomar en consideración lo siguiente:

- Inevitablemente debemos sufrir el período de lamentos y aflicciones. Bien sabemos que no podemos fingir que nada ha pasado y que todo duelo hay que vivirlo para no retroceder una vez que se intenta avanzar.

- Existen dos tipos de problemas, aquellos que tienen solución y aquellos que no. Es preciso determinar con celeridad cuáles son las soluciones requeridas frente a esta catástrofe y ver, por difícil que nos parezca en estos momentos, las oportunidades que estos hechos nos ofrecen en la senda de un crecimiento a nivel personal y social. Tenemos mucho que aprender de este desastre.

- Una vez hecho ello, es preciso que se definan los caminos a seguir en términos de ayuda. No todo el mundo puede hacerlo de manera directa, ni convertirse en un héroe improvisado y público (de hecho, todos preferimos a los anónimos), pero todos podemos ayudar por caminos alternos e indirectos (entrega de alimentos, dinero, ropa, etc. a las diversas instituciones que se están dedicando a ello). Esto no sólo calma el sentido de culpa y angustia que –querámoslo o no- todos albergamos, sino también construye un país sobre la bondad, tema que no es menor.

- Hecho este diagnostico y tomadas las decisiones pertinentes, es preciso dejar las lamentaciones y seguir trabajando. No me refiero necesariamente a trabajar en las secuelas del terremoto, por cierto que ello debe hacerse (y esperamos que la premura no sacrifique la calidad que más temprano que tarde se evidenciará), sino al trabajo cotidiano de la gente. He escuchado varios testimonios sobre personas que sencillamente no pueden retomar sus vidas normales, se resisten a ello, como si sus triviales actividades fuesen prácticamente una aberración considerando el estado en que se encuentran los sufrientes y víctimas de esta catástrofe, y otros sencillamente se aprovechan de esta situación para validar su omisión, pero debemos recordar lo siguiente: Chile no posee grandes riquezas patrimoniales ni materiales, su mayor recurso es el humano. Han sido los disímiles trabajos de hormiga de sus conciudadanos los que han forjado este país (desde el hombre y mujer que hoy muy temprano por la mañana trabajaba en la Alameda de Talca barriendo las hojas, hasta aquellos que tienen la misión de poner en pie una empresa). Se requiere con urgencia que estas labores se reanuden o se continúen realizando, más aún, que cada uno intente hacer y dar lo mejor que tenga en aquéllas.

Esta es la única forma convincente para lograr la normalización que tanto añoramos y el país retome su rumbo, de así no hacerse, sólo se maquillará una falsa apariencia que luego lamentaremos.

Perdonen mi pragmatismo, me parece imprescindible que esta sociedad se reconstruya sobre bases sólidas, y para ello es necesario que se consideren algo más que palabras de aliento y gritos de ¡fuerza Chile!

María Fernanda Vásquez Palma
Doctora en Derecho
Profesora Universidad de Talca

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