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Lumpen y vandalismo

por 10 marzo 2010

Somos un caso de Ripley, somos una sociedad de pura clase media, pero con la distribución del ingreso más desigual del mundo. Así que, cuando se presentó la oportunidad, el lumpen se volvió estratégico, creativo y emprededor, claro que fuera de las normas sociales, eso sí.

Decía una alta autoridad gubernamental que estas no eran épocas de reflexión, sino de acción frente al terremoto; en verdad, había sido consultada por los actos vandálicos y por la rapidez y oportunidad de las medidas tomadas por el Gobierno en relación al orden público.  Suena extraño, en todo caso, que se tomen decisiones irreflexivas. Intentemos examinar qué ocurre, por qué se desató el vandalismo en diversas partes.  Este es un análisis estrictamente sociológico.

Existen varios factores y quizás si el primero, asociado a los gobiernos de la Concertación, es el deterioro de la sociedad civil, los bajísimos niveles de asociatividad en todos los ámbitos de la vida social, estimulados en su oportunidad por el primer gobierno democrático para facilitar la transición sin que las demandas populares, contenidas por muchos años, crearan problemas de gobernabilidad.  La sindicalización ha disminuido, las juntas de vecinos tienen una existencia que languidece, los centros de madres están en extinción, quizás si los clubes deportivos gozan de buena vida, pero volcados a sus propios asuntos; los vecindarios ya no existen como realidad, por más que se declare que es la manera de disminuir la delincuencia.  Las redes sociales son impersonales y las han reemplazado el teléfono móvil y la internet.  Los vecinos organizados que se han visto en la televisión son organizaciones “en contra” y no organizaciones “a favor”, son espontáneas, momentáneas y no son en rigor propiamente organizaciones.

Somos un caso de Ripley, somos una sociedad de pura clase media, pero con la distribución del ingreso más desigual del mundo.  Así que, cuando se presentó la oportunidad, el lumpen se volvió estratégico, creativo y emprededor, claro que fuera de las normas sociales, eso sí.

Un segundo factor es la creciente desvalorización de la autoridad y de las figuras de autoridad.  En esto se funden, a su vez, otros elementos, la igualación absurda entre autoridad con el régimen político autoritario; el impacto de haber vivido bajo un régimen que privó durante tanto tiempo de la libertad, y de un modo tan brutal, produjo el rechazo casi visceral a toda autoridad.  A lo anterior se suma la “diversidad familiar” cuya expresión también es el término de la autoridad paterna y adulta.  La figura del profesor se quedó sin poder y la pedagogía se ideologizó en contra de la autoridad.  Toda disciplina quedó también en entredicho… y también la responsabilidad.  Para no enredar, sólo digamos que la familia y la escuela son las agencias encargadas de inculcar valores, entonces, si tienen muy poco valor social (o no lo tienen) no cumplen su tarea de entregar valores.  Más adelante retomaremos el tema valórico.

Otra variable a considerar es el individualismo.  Lo que se ha denominado “el modelo chileno” es una forma de organizar la vida social y el desarrollo económico basado en la iniciativa individual,  que en versión más extrema es el individualismo, lo que en caso de necesidades apremiantes estimula las reacciones más básicas como son la rabia y el temor.  La rabia es la búsqueda de culpables como los bomberos, la policía, el gobierno, los alcaldes, los sectores más acomodados, los periodistas, los santiaguinos; en general “los otros”.  A ellos debo castigar directa o vicariamente, en sus cosas concretas o en sus símbolos.

Por último está lo evidente: hubo un terremoto.  En contextos extraordinarios las reglas sociales habituales dejan de ser útiles y se alteran violentamente las respuestas que dan los individuos.  Se cae el mundo físico y el mundo normativo, se vive en estado de anomia –sin normas– y en Chile los reventones se expresan en el “chipe libre”.   Y quienes viven aparte de las normas de la sociedad son el lumpen… y aparece el vandalismo.

Al contrario de lo que sostenía un periodista destacado de la televisión, el lumpen existe y no es simplemente un recurso retórico. El lumpen es un trabajador modesto que no quiere serlo, no es que trabaje esforzadamente para dejar de la condición himilde, el lumpen trata de vivir como lo que no es por medios miserables.  El lumpen es un aprovechador individual que, como no tiene espiritu de cuerpo, tratara incluso de aprovecharse de sus iguales.  Un lumpen es un mendigo con aires de grandeza y espíritu servil.  Es el que, sin esfuerzo alguno, espera que se le dé, técnicamente no es pueblo sino una especie de subclase social sin conciencia y sin valores adecuados para la convivencia.  Originalmente se aplicó a los que no alcanzaban a ser proletarios, y a los pobres que estaban dispuestos a seguir a cualquier demagogo, a venderse, a trabajar en contra de los proletarios u otras acciones reprochables.  Pero eso mismo se puede aplicar a otras clases, extendiendo el lenguaje, hay una lumpenburguesía.

La lumpenburguesía se produce cuando los países comienzan a tener una incipiente burguesía y, a su alrededor, comienzan a pulular aprovechadores más sofisticados.  Es lo que Arturo Alessandri llamó la “canalla dorada”, los comienzos de la descomposición del sistema capitalista moderno. Como la corrupción, es un fraude sin culpa –en Chile los ejemplos son muchos: elusión de impuestos, concertación de precios, adulteración a la baja en la calidad de los materiales, latrocinios mayores y menores, etcétera.  La lumpenburguesía, al igual que sus congéneres de más abajo, el lumpenproletariado, hacen el trabajo sucio.  Chusma y canalla dorada, “flaite” escapero y ladrones en camioneta, todos pungas.  Todos sin valores sociales, o mejor, socializados en otros valores.

Y, como los valores se tramsmiten mediante el lenguaje, aparece un nuevo problema: la degradación del lenguaje.  Hace mucho tiempo que nadie comete delitos, solamente “errores”; tampoco se roba, sino que se “aprovechan las oportunidades”; nadie es calculador o ventajero, cuando más se es “estratégico”; ser solidario es ser un “loser” y el antiguo “vivo” ahora cambió a “winner”; una generación que ama el presentismo y el “ahora ya” despreciará el esfuerzo y a los esforzados, por último y no menor, el viejo paternalismo devino en protección social.

Todo ello estimula tanto a la anomia como al lumpen, además que las viejas clases sociales con las  que nos manejábamos hasta hace algunos años atrás se extinguieron, ya casi no quedan proletarios ni burgueses, nadie se siente poca cosa y los que pueden ostentan como nunca en la historia de Chile (ahora nos enteramos que los ricos de antes eran apocados).  Somos un caso de Ripley, somos una sociedad de pura clase media, pero con la distribución del ingreso más desigual del mundo.  Así que, cuando se presentó la oportunidad, el lumpen se volvió estratégico, creativo y emprededor, claro que fuera de las normas sociales, eso sí.

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