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Catástrofes y anomia social

por 11 marzo 2010

Chile ha tenido progresos notables en estos veinte años de democracia, pero hay un “lado oscuro” de nuestro desarrollo, que se ha hecho visible ahora con motivo de la catástrofe que hemos vivido.

Junto con la destrucción provocada por el reciente terremoto y posterior tsunami en el centro-sur de nuestro país, una de las imágenes que más ha impactado a los chilenos, han sido los asaltos y saqueos que se verificaron en las horas posteriores a este sismo de gran escala que ocurrió en nuestro país. Por cierto que esto fue posible, porque en un primer momento fallaron las capacidades disuasivas en un escenario de gran desorden y caos. Pero, hay algo más de fondo en este tipo de conducta, que nos habla de dimensiones más profundas del tipo de sociedad que hemos construido en estos años.

En una entrevista reciente, el presidente de los empresarios, Rafael Guilisanti, parece sugerir que sí, lo mismo que el intendente de la octava región, Jaime Tohá, cuando constataba que los saqueos no fueron cometidos solamente por personas marginales, sino también por individuos que llegaban en modernos vehículos 4x4 a sacar todo lo que podían. ¿Es posible disociar este cuadro de “anomia social” con el modelo de desarrollo y con la convivencia (o falta de ella) que hemos construido en estos años?

Chile ha tenido progresos notables en estos veinte años de democracia, pero hay un “lado oscuro” de nuestro desarrollo, que se ha hecho visible ahora con motivo de la catástrofe que hemos vivido.

En sociedades con más redes y cohesión social, con menos desigualdades y marginalidad, y donde la educación “cívica” es el eje ordenador del proceso educativo, ¿se habría producido un vandalismo de la envergadura que vimos en Concepción? Que duda cabe, Chile ha tenido progresos notables en estos veinte años de democracia, pero hay un “lado oscuro” de nuestro desarrollo, que se ha hecho visible ahora con motivo de la catástrofe que hemos vivido.

Una sociedad que subordina todo, a los logros económicos,  donde el “status social” es el reflejo exclusivo de cuánto se tiene, donde vastos sectores perciben que las leyes favorecen siempre a los más poderosos, y donde impera en todos los ámbitos, una competencia, individualismo y consumismo exacerbados, hace finalmente, que las relaciones sociales no sean más que una sumatoria de acciones “instrumentales”, donde la cooperación y un sentido de pertenencia comunitario y colectivo son reemplazados por una lógica que apunta a “sacar ventaja” de cualquier situación que se presente, devaluando así los medios legítimos para conseguir determinados fines, porque “los otros” pasan a ser un mero recurso más, para acceder a diversos bienes socialmente valorados.

Hace ya décadas, el gran sociólogo Robert Merton describía en su libro “Teoría y Estructura Sociales”, los riesgos de anomia social en sociedades que presentaban estas características. Por eso, es probable que el vandalismo que hemos constatado estos días, no sea una anomalía, sino más bien el corolario lógico de un sistema que de no ser por los efectos coercitivos de la ley y de las instituciones que la sustentan, presentaría más hechos de este tipo. ¿Más represión entonces, o replantearnos el tipo de sociedad que hemos construido? He aquí el dilema.

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