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Katastrophe: la escena en Chile

por 14 marzo 2010

Hasta ayer el terremoto era la metáfora de la ineficiencia concertacionista. El nuevo logos corporativo es eso: desandar el despelote y el desarraigo de los derechos públicos, volver a las raíces.

En la Iglesia del Convento de Las Claras, en Salamanca, los frescos fueron tapados. Lo superficial es contagioso, y se pensaba que dada la materialidad orgánica de las pinturas, la superficie podía colaborar en la propagación de la peste. Acaso lo que se llama “restauración” en distintas disciplinas tiene su función en el gesto arqueológico del pensamiento, incluso en lo que Groys denomina “sospecha ontológica”, la sospecha de la no-coincidencia entre el interior y el exterior.

Siempre hay algo crepitando en el fondo, y es esta sospecha la que ha sostenido prácticamente todos los análisis sobre el terremoto en Chile. La catástrofe se ha entendido como una puesta en abismo. Todos dicen básicamente lo mismo: “terremoto moral”, “social”, “estatal”, es decir, desigualdad, problemas de gestión pública, delincuencia, lo profundo, lo oscuro, la "realidad real", como si el terremoto fuera una "explicitación", una catástrofe no cultural ni natural sino, como escribiría Sloterdijk, una “catástrofe de la latencia”: el fondo aparece cruel, sin vestiduras.

Hasta ayer el terremoto era la metáfora de la ineficiencia concertacionista. El nuevo logos corporativo es eso: desandar el despelote y el desarraigo de los derechos públicos, volver a las raíces.

Si Raúl Ruiz sugiriera un plano, sería una toma suspendida de un grupo de personajes mirando un agujero en el desierto. Todos tendrían una sospecha subterránea diría Lillo, literalmente una geopolítica. La sospecha es la economía de los agujeros y de la sutura. Pero no toda catástrofe es una puesta en abismo. La palabra “katastrophe” nos remite a una teatralidad, y nos obliga a mirar la puesta en escena, lo que está ocurriendo en la superficie.

Se ha escrito poco sobre la reacción de Piñera (el espectro de Concertación tamiza la escena). No me refiero a su especulación con las acciones de LAN mientras Bachelet no dormía. El nuevo gabinete y Piñera surgen generacionalmente, como agentes de poder económico y político, al mismo tiempo que la crisis de 1982 y el terremoto del 1985 (la última generación electoral también, y esta coincidencia soporta la invisibilidad mutua), y eso nos otorga una perspectiva sobre sus reacciones. El 5 de Marzo, en el Diario Financiero, Luis Larraín, nuevo director del Instituto Libertad y Desarrollo, señalaba que si Piñera no desea alterar sus metas económicas, deberá “facilitar la creación de nueva riqueza”. Todas las fórmulas propuestas apuntan a apoyar al sector privado (fast track, cofinanciamientos y la venta parcial de empresas públicas). Esta es la escena de la política económica de la derecha en Chile, retratada por Naomi Klein hace algunos años.

Ahora bien, esta escena se produce en un contexto general de miradas encandiladas por lo subterráneo, miradas políticas y mediáticas, mientras por arriba, a través del nombramiento de nuevas autoridades, la derecha prepara sus estrategias. En la superficie, Piñera ha dado cinco respuestas: extender la militarización en tiempo y en geografía (lo cual alerta también sobre una zona conflictiva, la Araucanía, además de la implicación entre políticas extremas neoliberales y orden público); cambiar el presupuesto de la nación ya aprobado (recortar gasto público, en circunstancias que se puede usar el porcentaje constitucional para emergencias, terminar con la Ley del Cobre y aumentar los impuestos de las mineras); bajar radicalmente las expectativas de su programa (con lo cual se desnuda una propuesta programática inconsistente, como fue oportunamente dicho por varios analistas); aumentar el perfil técnico en la gestión del Estado; y, por último, sugerir una “reconstrucción privada”.

¿Por qué la fijación con el agujero, preguntaría Sartre? Tal vez se explica por otro fenómeno de  superficie, el “revisionismo de cierta izquierda”. Para el revisionismo, la escena no ha cambiado y el orificio es el mismo. El revisionismo escribe que el gobierno de derecha será la “verdad” de la Concertación. La Concertación siempre ha sido esto que viene ahora. El revisionismo señala que concluir los mandatos concertacionistas bajo “estado de excepción” es “como si” estuviéramos en dictadura. Gracias a la Concertación, como escribía Rodrigo Karmy, tenemos un “Chile detenido desaparecido”, una historia y una política completa (y aquí las metáforas son serias, porque todos sabemos lo que significa un “detenido desaparecido”).

Según el último Informe de Derechos Humanos de la UDP, difundido con igual entusiasmo por la prensa de derecha y de cierta izquierda, bajo los gobiernos de la Concertación hay un “detenido desaparecido”, o al menos prácticas que recuerdan la “desaparición forzada de personas”. La Concertación, nos dice la UDI, deja “leyes de amarre”. Ahora, insiste el futuro gobierno, necesitamos reeditar la “política de los acuerdos”.

Estamos otra vez en una transición (el horrible logo corporativo del nuevo gobierno es de “transición”). Este revisionismo, en el que la derecha y cierta izquierda se dan la mano, supone una continuidad perversa en la historia, que ahora emplea Piñera reubicando el lema de la “reconstrucción nacional” de Pinochet y reutilizando un lenguaje de legitimación post-dictadura: “Llegó el momento –decía Piñera el 9 de marzo- de no olvidar a nuestros muertos, a nuestras víctimas y a nuestros desaparecidos, pero sí de secar las lágrimas y empezar con toda la fuerza del mundo el proceso de enfrentar la emergencia y el desafío de reconstruir nuestro país”.

¿Cómo ocurre esto en la superficie que sopla las nucas de nuestros fisgadores de agujeros? Mientras el revisionismo neo-conservador de Alemania buscaba quitar de la conciencia la interdicción después de Auschwitz, para propiciar una identificación falsa con la "idea de nación alemana", el revisionismo de cierta izquierda (no hablo del revisionismo de El Mercurio, que sin duda homologa dictadura y democracia concertacionista), procura homologar (también) dictadura y democracia concertacionista, extender la excepcionalidad del análisis para permitir la identificación con “lo social” (“traicionado una y otra vez por la Concertación”), que, sin embargo, ya no existe en los términos políticos de la izquierda (y de aquí la seducción de argumentar desde lo imposible).

La coincidencia entre la derecha y cierta izquierda es someter a la excepcionalidad los gobiernos de la Concertación, ora como intervalo de ineficiencia pública, ora como traición de la política. Exceso de políticas de la memoria y falta de una memoria de la política durante 20 años, el revisionismo plantea una lógica de continuidad tanto en el retorno del gabinete de la derecha a sus técnicos y economistas surgidos en dictadura, como en el discurso de cierta izquierda sobre la revelación de lo profundo tras el terremoto. Para los dos, el terremoto ha sido una revelación, un milagro invertido, una puesta en abismo. Un retorno revisionista. En la búsqueda del anclaje identificatorio de la política, la Concertación es el nombre de una interdictio, una excepción.

¿Cómo explicar este placer por lo excepcional? En la derecha parece explicarse por el pathos de la tecnocracia privada. Hasta ayer el terremoto era la metáfora de la ineficiencia concertacionista. El nuevo logos corporativo es eso: desandar el despelote y el desarraigo de los derechos públicos, volver a las raíces (y ya sabemos en qué otra parte de la izquierda resuena la lucha por la propiedad ancestral). Para quien observa, al lado derecho del logo las letras son rectas; las de la izquierda son sinuosas, siniestras, “femeninas”. Ahora volvemos a leer para el lado derecho. En cierta izquierda la situación es más compleja.

Casi sin advertirlo, en lecturas diversas desde Benjamin hasta Agamben, hemos pasado de la excepción como regla a la excepción como regla de análisis. Pero hacer de la excepción una regla de análisis escama el paisaje, homologa todo, aplana las diferencias. Se ha dicho que “hace años vivimos en un régimen de excepción que aparenta ser normal y que ahora, con el terremoto, ha mostrado su profundidad”. Si Rancière pudiera dar aquí una respuesta (señala en El odio a la democracia que no vivimos en democracias, no vivimos tampoco en los campos de concentración sometidos a la ley de excepción; “vivimos en Estados de derecho oligárquicos donde el poder de la oligarquía está limitado por el doble reconocimiento de la soberanía popular y de las libertades individuales”), no es muy claro que pueda explicar este tipo de lecturas en Chile. La lectura que hace de la excepción una regla de análisis es más bien un gesto de análisis postpolítico (Adorno podría llamarlo el refugio micrológico de la metafísica).

Al mismo tiempo, en cierta izquierda opera una tesis de Schmitt: “la posibilidad real de aniquilación física” es la que define lo verdaderamente político y la identidad será definida sobre la base de una cohesión frente a lo amenazante. Si cierta izquierda pretendía propiciar un “terremoto político” con la derrota de la Concertación, a partir del cual se produciría esa vaga posibilidad neo-marxista de la agudización de contradicciones y la identidad política, ahora la lógica explicativa se conserva. Así, mientras unos sugieren que la catástrofe natural puede ser superada en tanto catástrofe político-cultural (y en esta superación se afirma la identidad de la filosofía, su “función social”, es decir, la identidad dirigencial), otros nos indican que el terremoto ha subido a la superficie el Chile profundo que tenemos, a saber, la desnudez de un pueblo como cualquier otro (con lo que se afirma la identidad política con el proyecto de la Unidad Popular a partir del escamoteo, mediante la excepción generalizada, de los últimos 40 años de historia). Se concluye aquí que una cosa es el gusto de la izquierda por la “cuasitrascendentalidad” de los inconmensurables en la filosofía contemporánea, pero otro asunto más complejo es pasar a la política una cuasitrascendentalidad discursiva para hablar desde la imposibilidad.

La asociación entre “terremoto” y “derrota de la Concertación” podría tener otra lectura. Ascanio Cavallo narra que Piñera se ha reunido con Büchi. Esta sería la “oportunidad” tras el terremoto. Si hay políticas neoliberales de crisis y reconstrucción, son las de Büchi en 1985, de manera que aquí va a ocurrir todo lo contrario que una revelación del Chile "profundo" que esperan los personajes de Ruiz pasmados con los orificios. Si hay grietas son las del tamiz que ha hecho la Concertación para que los intelectuales de cierta izquierda se puedan entretener con sus inconmensurables. La Concertación, si es “algo”, es el dispositivo que ha hecho de filtro.

No tenemos idea –una generación completa cargada de revisionismo, una generación que no se inscribe- lo que es la derecha, y si algo tiene de novedoso lo que nos espera es esta lógica pulsional de la crueldad: ver a la derecha cara a cara y la diferencia mínima en la saturación. Eso viene a la superficie, esa es la catastrophe diría Beckett: la exposición antes del estreno, el proceso de puesta en escena. No el final, sino la lógica de la escena. La Concertación se ha inmolado durante años, por necesidad o por placer.

Quienes desalojan tienen miedo de su desnudez, mientras cierta izquierda no encuentra su retórica y no puede nombrar lo que pasa en la superficie. Nunca fueron las fallas geológicas, lo subterráneo; es lo submediático, la mediocracia, el lugar de los medios, lo que cabalmente opera como destilador (por eso la Concertación no necesitó prensa específica; su figura completa operaba destilando y sublimando). Y en una escala llevada al extremo por las evidencias, una generación completa se ha hecho contemporánea de la sensación de terremoto y de la experiencia de tener un gobierno de derecha. Empleo a la inversa el argumento revisionista que he descrito, no la puesta en abismo sino la puesta en escena: si hay algo verdaderamente político en todo esto es la identificación de la derecha, sus estrategias y técnicas; no el pueblo que ya no existe, no lo profundo ni lo desigual, que es el juego argumental de los medios y de cierta izquierda (insistir sobre esta “revelación” del terremoto en el contexto del capitalismo es un cinismo incluso en la izquierda). Lo que inquieta es que cuando la Concertación sale de la pantalla, deja de filtrar, eso que denominamos “izquierda” sigue prefiriendo para reflexionar el espectro de la Concertación.

Todavía estamos en una filosofía pixelada, una micrología sin macrología. ¿Qué discurso tiene la izquierda para nombrar esa exhibición de la derecha si ya no le queda el rodeo retórico de la Concertación? ¿Qué podemos decir sin apelar a los inconmensurables? Ni siquiera vivimos en el sentido común conmensurable de Kant (no daré aquí la lista de legislaciones con sentido común que ha rechazado la derecha) y pretendemos introducirle inconmensurables.

El efecto de contemporaneidad es radical y nadie podrá decir que todo es lo mismo, que hay que inventar no se qué comunidad o subjetividad política. Muchos discursos que escuchamos por harto tiempo comienzan a mostrar inconsistencia. Será evidente que la Concertación fue un trabajo persistente por correr la línea de la escena. Nada más, pero nada menos: el intento de corrección de 17 años de la aplicación más radical que conoce el mundo de estrategias neoliberales, y contención de una sociedad derechizada desde antes del retorno de la democracia que aplaude, infestada mediáticamente, el ingreso de los tanques y critica su demora.

El gesto lúcido póstumo ha sido el de Bachelet, quien en su último discurso ante la Nación ha definido su programa fuera de la Constitución vigente, empleando un artículo rechazado en las últimas reformas constitucionales. Desde luego, la derecha y la prensa han guardado silencio sobre este gesto, complacidos todos por el silencio de cierta izquierda que sigue buscando intersticios inconmensurables.

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