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Historia de tsunamis: gestión del riesgo y protección civil

por 16 marzo 2010

No es solamente el país lo que debemos de reconstruir, lo urgente a reconstruir son tanto nuestro proyecto de nación como nuestra relación con la naturaleza.

El principal problema de la cultura actual es nuestra mala relación con la naturaleza, sobre todo el impacto que esa mala relación causa en nuestra protección civil, aquello que de manera eufemística llamamos “desastres naturales”. Un buen ejemplo de esa mala relación entre nosotros y la naturaleza a la cual pertenecemos y de la cual dependemos es el impacto de los tsunamis. La tecnología es la capacidad que tienen las culturas de resolver problemas que surgen en sus mediaciones con la naturaleza, cada cultura se singulariza en el espacio y el tiempo por la tecnología que ha desarrollado y empleado, entre otras cosas y principalmente para la protección civil de su población.

Veamos entonces los hechos tecnológicos más importantes constatables a partir del terremoto y tsunami que afectó a la cuenca del Océano Indico el 26 de diciembre del 2004, que no es tan sólo el tsumani de mayor impacto del presente siglo, también del siglo XX por el número de víctimas fatales que causó:  250 mil muertos. En aquel evento los hechos  fueron los siguientes: i) El Sistema Internacional de Alerta contra los Tsunamis en el Pacífico, con sede en Hawai, comunicó 15 minutos después del terremoto en Indonesia a las autoridades de los estados ribereños del Indico de la posibilidad de un tsunami de grandes proporciones en sus costas, esa comunicación no fue una notificación oficial ya que esos estados no son miembros del sistema de aviso del Pacífico, en los hechos se les envió un fax un día domingo, entonces, las autoridades locales no tuvieron la posibilidad de transformar esa información en alerta a las autoridades locales y alarma a la población en riesgo, es claro que el Centro de Alerta del Pacífico debió comunicar esa información a las agencias internacionales de noticias y a los canales internacionales de televisión que tienen la capacidad de comunicar en directo los hecho. ii) Un niña inglesa llamada Tilly de vacaciones en la playa de Maicao en Tailandia al ver que el mar retrocedía le informó a su madre que en las clases de geografía en Londres le habían explicado que tal fenómeno era un predictor de tsunami, ella dio aviso al personal del hotel y este a la comunidad y todos se salvaron. En Veerapattinam, India, los pescadores avisaron por medio de un sistema de megáfonos la venida del tsunami y salvaron a sus siete mil habitantes. iii) Se constató que en las islas Nicobar y Andaman mientras menor era el grado de “civilización” de las comunidades locales mayor fue su capacidad de interpretar las señales de peligro en su entorno y ponerse a salvo, pese a confrontar las olas más altas de toda la cuenca del Indico. iv) Finalmente, no se han encontrado animales muertos en las zonas afectadas por el Tsunami.

Estas situaciones constatan dos hechos políticos de la mayor importancia, uno, que la globalización que es en primer lugar globalización de la información tiene un carácter notablemente limitado en términos de gestionar los riesgos globales y proteger a la población civil, así como, dos, que en términos de gestión del riesgo y protección civil la transculturación que padecen las poblaciones amenazadas por catástrofes naturales, por un lado les hace perder sus maneras de conocer las señales de su entorno, es decir su ciencia, entre otras las señales de peligro para prever y organizar sus protección, a la vez no les permite apropiarse plenamente de los instrumentos para el conocimiento del entorno y sus riesgos que hace posible nuestra ciencia.

No obstante lo anterior, la sensibilidad internacional sobre la protección civil ante los fenómenos naturales muestra todo su bajo perfil y poca capacidad de respuesta, tal vez anonadada por aquel desastre, cuando el 21 de enero del 2005 termina en Kobe (Japón) la Conferencia Internacional de la Organización de las Naciones Unidas para la Prevención de Catástrofes, donde se reunieron los representantes de 150 estados, sin una declaración específica sobre sistemas de alarma internacional para prevenir sucesos como los del 26 de diciembre del 2004 en el Indico.

Por su parte, en marzo de 2005 un bufete de abogados interpuso una demanda en los Tribunales de Nueva York, del mayor interés por los diversos temas de gestión de riesgos que plantea, a nombre de 60 víctimas y familiares de nacionalidad alemana y austriaca muertos en el tsunami del Indico: en contra del Servicio Metereológico de los Estados Unidos, por no haber informado a los países afectados; contra la Cadena Hotelera Accord por construir un hotel en una falla sísmica, y; contra el Reino de Tailandia por no alertar a la población.

Una mayor reflexión sobre esta manera de gestionar la protección civil ante los tsunamis tiene como punto de partida que la tecnología con que contamos se diferencia de cualquiera otra anterior por reposar en la ciencia, en el uso de método científico para interpretar e intervenir el entorno natural y a la comunidad humana, sobre todo hemos desarrollado la capacidad de predecir los resultados de nuestras intervenciones. Sin embargo, en 1954 el filósofo alemán Martin Heidegger establecía que “el peligro” de la época actual era la reducción de la realidad, de la naturaleza misma, a un mero “fondo” al cual se puede recurrir de manera inconmensurable. En el año 1967 el historiador estadounidense Lynn White denunciaba como la causa de la agresión hacia el medio ambiente a la desacralización de la naturaleza que había causado el cristianismo, a la “desalteridad” de la sociedad hacia la naturaleza, a su desconocimiento de ésta como otro de igual valor a ella, lo cual era parte esencial de las culturas precristianas y lo es de las comunidades primitivas contemporáneas.

Ante aquellos hechos nosotros, entre tanto aquí en Chile, afirmamos que aquel desastre no podía suceder en nuestro país, los medios y la opinión centraron su preocupación en una joven chilena recientemente casada  y desaparecida en las playas de Tailandia en ese tsunami. Somos parte del Sistema de Alertas del Pacífico y el Servicio Hidrográfico y Oceanográfico de la Armada de Chile (SHOA) es su eficiente corresponsal  que se encargará de dar aviso oportuno a las autoridades correspondientes y estas de alertar a la población en eventual riesgo.

No obstante, el 16 enero de 2005 la población de Concepción, Talcahuano, Penco, San Pedro de la Paz, Hualpen y Coronel entra en pánico, se provoca una gran estampida en sus calles, entre 12.000 a 15.000 personas huye a las partes altas. Se informó de un terremoto en la Micronesia de 6.6 grados Richter y los pescadores de San Pedro de la Paz informaron haber visto al mar recogerse más de lo normal. No hubo ni alerta ni alarma de tsunami por parte de las autoridades de emergencias, la autoridad marítima, Carabineros y bomberos trataron de persuadir a la población de que no había ninguna amenaza o peligro, pero la gente no confió en ellas. El resultado: dos mujeres muertas, muchos contusos y una gran interrogante sobre la confianza de la población en sus autoridades. En marzo de 2006 el fiscal de Talcahuano, Raúl Bustos, determinó que la falsa alarma de tsunami producida el 16 de enero se originó en los recintos navales de la Isla Quiriquina, donde se habría mal interpretado una información de alerta sobre un sismo 6.6 en escala de Richter registrado en la Isla de Yap, localizada entre Filipinas y Australia. Por lo que el fiscal se declaró incompetente para continuar la investigación, desconocemos los resultados de aquella investigación por la Justicia Militar.

El 17 de julio de 2006  en Indonesia un terremoto 7,7 grados Richter provoca un tsunami que afecta las costas de la isla de Java con 400 muertos, 200 desaparecidos y más de 700 heridos, el Centro Internacional de Alerta de Tsunamis del Pacífico informó a las autoridades, no obstante, el Ministro Indonesio de Ciencia y Tecnología si bien reconoció haber recibido la información afirmó: “Pero no lo dimos a conocer. Si el tsunami no hubiera ocurrido, ¿qué habría pasado?”.

Aquí y hora, con el terremoto del pasado 27 de febrero las certezas sobre nuestras habilidades sociales y competencias públicas para gestionar los riesgos ante los tsunamis para la protección civil han quedado gravemente cuestionados. No ha sido la carencia o deficiencia de la información pertinente para alertar sobre la eventualidad de un tsunami lo que ha quebrantado la protección civil, ha sido la inadecuada pericia en la gestión de la información disponible lo que no tan solo impidió la alerta sino que dio instrucciones erróneas. Bien sabemos que los hechos sísmicos no son predecibles pero si sus impactos, entre ellos precisamente el comportamiento de las masas de agua sometidos a su acción, es por eso que existen los sistemas de alerta de tsunamis como el del Pacífico.

Cierto es que el país ha desarrollado una tecnología de construcción con una notable capacidad de mitigar las consecuencias para la población de los sismos de magnitud superior 7.0 grados Richter, simplemente compárese la situación con Haití que ha padecido 230 mil muertos en un terremoto grado 7,2 Richter el pasado enero, aunque aquí hoy aún no sabemos si nuestros muertos fueron 800 o 300 personas. Nuestra falla se hace evidente tanto en la previsión como en la alarma y la evacuación de la población en situación de riesgo a los maremotos.

Los hechos del sábado 27 de febrero cronológicamente son los siguientes: un sismo 8.8 grados Richter se produce a las 3:45 , con epicentro en Cobquecura, a las 3:55 el SHOA le comunica vía radio a Oficina Nacional de Emergencias del Ministerio del Interior (ONEMI) la alerta de tsunami, a las 3:56  el Centro de Alerta de Tsunamis del Pacífico le comunica al SHOA el riesgo eminente de tsunami, a las 4:07 el SHOA le reitera esa información vía fax a la ONEMI, a las 4:44 el Centro reporta la generación del tsunami, todo parece indicar, sobre esto no hay una información oficial, que el tsunami se produjo en tres olas con diversas variaciones locales a las 5:00, 5:30 y 6:05, a las 5:20 la Presidenta de la República es informada que no hay tsunami…… Hubo tiempo suficiente tanto para dar la alarma por la red de comuniciones de la ONEMI, como para que la Armada vía DIRECTEMAR lo hiciese a las capitanías de puerto, que son las autoridades en el borde costero, y estas diesen la alarma a la población en riesgo, como también para que ellas se pusiesen a buen recaudo entre 15 a 30 metros sobre el nivel del mar.

Tanto el tsunami del Indico en 2004 como este que ha padecido nuestra costa entre Llolleo y Lebu nos señalan que si bien se disponía de la información científica para predecir el hecho, de los medios técnicos para alertar a las autoridades competentes y dar la alarma a la poblaciones en riesgos, estas quedaron completamente desprotegidas tanto por el mal diseño de los procedimientos de alerta, alarma y evacuación, por la impericia de las autoridades competentes en ejecutarlos, la falta de preparación de las autoridades locales para tomar decisiones adecuadas y la falta de conocimiento de la población en general para autocuidarse – luego de un terremoto en el borde costero se posible la ocurrencia de un tsunami y hay que protegerse arriba de 15 o 30 metros sobre el nivel del mar. Además, hubo un situación agravante, que las autoridades hayan avisado por los medios de comunicación que no habría tsunami, lo cual confundió, llevó al retorno y la muerte a muchos de quienes habían buscado resguardo en las partes altas del borde costero afectado por el sismo.

Finalmente, en lo estructural la mayor situación de riesgo que hemos generado es que nos hemos instalado en los bordes costeros del país con la finalidad de disfrutar de la vista al mar, valorizar nuestra inversión en segunda vivienda y rentabilizar nuestras inversiones inmobiliarias, comerciales, turísticas, etc. Como instalados en esas quebradas que sólo tienen riadas cada siete  o 21 años, pero que cuando las tienen las tienen y se llevan todo. Es simple, si vivimos en la cornisa de la placa sudamericana en el borde de subducción de la placa de nazca, para nuestra protección civil debemos de vivir e invertir arriba de los 30 metros sobre el nivel del mar y no abajo. De la misma manera que sabemos que no podemos vivir ni invertir al interior de las quebradas cordilleranas debemos dar por sabido que no podemos ni vivir ni invertir en los bordes costeros.

El sismo no tan sólo mostró nuestras deficientes condiciones de protección civil ante los tsunamis, además puso en entredicho las de seguridad ciudadana  en  términos de orden público. En los terremotos de 1960, 1965, 1971 y 1985 los hechos de saqueo, pillaje o vandalismo carecieron de significación, eso si siempre estaba en la memoria colectiva los fusilamientos de saqueadores ordenados por el Almirante Gómez Carreño luego del terremoto de Valparaíso en 1906.

Es obvio que el punto de arranque de los saqueos fue la falta de bienes de primera necesidad ante el colapso de los supermercados, la no existencia de pequeños comercios minoristas locales, a causa de la competencia de los anteriores, la baja capacidad de ahorro de la población expresa el bajo nivel de abastecimiento cotidiano de los hogares populares, en fin, el temor al desabastecimiento y la incertidumbre ante el futuro inmediato, generó esa manera de resolver la escasez en el contexto nuestra pésima distribución del ingreso, por otra parte, más allá del supuesto temor a caer en el “estado famélico”, para los que no pueden comprar lavadora, ni neveras ni televisores de plasma, estos se convierten en bienes de primera necesidad “cuando están ahí”, pero que dignas matronas de clase media alta participasen de saqueos y pillajes, así como señores en poderosos vehículos van y 4 x 4, indican otra cosa, como lo afirma una automovilista al decir: “no es delito robar gasolina si las bombas no la venden”, si los padres pillaban con sus hijos delante de las cámaras de televisión y ante las mismas las señoras lloraban “estado famélico” a la 24 horas del sismo, está claro que esas conductas no tienen reprobación social para todos ellos. Esta carencia cultural grave no se resuelve con represión penal, “el peso de la ley”, por que el sistema penal, en tiempos normales, sólo puede sancionar a menos del 5% de los hechos delictivos denunciados. Necesitamos de una profunda recuperación cultural, la cultura no es solamente arte y ciencias, es sobre todo el conjunto normativo que rigen nuestras vidas, necesitamos recuperar  la conciencia y tener la certeza de que no transgredir los derechos de los otros es mejor para todos y cada uno de nosotros. Como dicen los italianos: “la seguridad es de todos o no será de nadie”.

Este remesón que nos ha dado la naturaleza tiene que ser suficiente para cambiar nuestro proyecto de sociedad, nuestra actitud con los otros que son el prójimo y nuestra conducta con ese otro que es la naturaleza. Mi recuerdo juvenil del terremoto de 1960 es de solidaridad militante día y noche acopiando, empacando y despachando ayuda “para el sur” como estudiantes secundarios, entre los compañeros de la jota (Juventudes Comunistas), Juventud Socialista, Juventud Radical y Juventud Democratacristiana –cuando estar en la política no era cosa fea para los jóvenes- , también de algunos jóvenes sin partidos, que en ningún caso eran los menos, los cual instaló entre nosotros que ese cataclismo y nuestra respuesta de solidaridad organizada iniciaba una nueva era para Chile, así fue y aquello fue destruido sangrientamente el 11 de septiembre de 1973.

No es solamente el país lo que debemos de reconstruir, lo urgente a reconstruir son tanto nuestro proyecto de nación como nuestra relación con la naturaleza de una manera distinta a aquella que nos ha conducido a esta catástrofe.  La pregunta final debe formulase así: ¿de quien es la responsabilidad de la gestión del riesgo para garantizar la protección civil de la población?  Mi respuesta es que sólo la sociedad civil organizada lo puede hacer, porque ella es el mayor recurso con que nuestra nación cuenta.

*Ibán de Rementería es miembro de la Corporación Ciudadanía y Justicia, y de la Red Chilena de Reducción del Daño.

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