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Terapia de crisis y política

por 16 marzo 2010

Lo problemático es el modo cómo el rol de las Fuerzas Armadas después del terremoto ha fomentado de improviso un astuto ataque neoconservador hacia la política.

Es un dicho común el que señala que las situaciones de emergencia no son tiempo para la política sino que para decisiones e intervenciones inmediatas. El reciente terremoto en Chile no es una excepción. Dadas las dimensiones de la catástrofe, la suspensión del debate político en favor del manejo de la urgencia de la crisis humanitaria suena más que razonable.

El estado de emergencia y desolación en las ya devastadas ciudades el sur del país fue agravado, se argumenta, por el oportunismo carnavalesco de algunas personas (“pillaje”) y la respuesta desorganizada del gobierno a la crisis. En este contexto, los llamados a restituir el “orden público” y la “autoridad”, un lenguaje de uso común por estos días en Chile, se materializaron en un significativo despliegue de fuerzas militares buscando tomar control de la situación. El asunto en cuestión aquí tiene poco que ver con el lugar que las fuerzas armadas tienen en una sociedad democrática o  con nuestra aproblemada memoria de regímenes pasados. Más bien lo problemático es el modo cómo el rol de las Fuerzas Armadas después del terremoto ha fomentado de improviso un astuto ataque neoconservador hacia la política, que es después de todo el lugar que las sociedades disponen precisamente para procesar situaciones de crisis.

Una cosa es llamar a los militares para ayudar a rescatar víctimas, distribuir ayuda y colaborar en los esfuerzos de reconstrucción. Otra muy distinta es construir una imagen oportunista de las Fuerzas Armadas remediando las fallas de la política en su lucha contra las fuerzas de la naturaleza. Algunos medios en Chile han dado voz a esta narrativa. Un ejemplo es el diario La Segunda, que en su portada 2 del Marzo 2010 titula “Gran Fuerza Militar entra a Zona Devastada”. La sugerencia es que después de trágicos días un ejercito de liberación finalmente consigue alcanzar la ciudad de Concepción, una de las zonas más afectadas, siendo bienvenido por una población agradecida por ser rescatada de las fuerzas del caos.

El discurso que enfatiza la inefectividad de los recursos políticos para lidiar con la crisis también resuena en los recurrentes comentarios que señalan que el terremoto dejó al desnudo las patologías escondidas de la sociedad chilena, cuyos síntomas ahora visibles encontrarían alivio solamente en demostraciones de solidaridad colectiva. Dado que la política es el espacio por excelencia del desacuerdo y el antagonismo, se deduce, entonces, que en tiempos de crisis uno debería privilegiar la “unidad nacional”.

No deja de ser curioso observar que indicadores de este hostil ataque hacia la política descubrió su nuevo rostro semanas antes al terremoto cuando el nuevo presidente Sebastián Piñera presentó a su gabinete de ministros. Utilizando la antigua fórmula de “una nueva forma de gobernar”, la originalidad de Piñera consistió en nombrar un número significativo de altos ejecutivos y asesores vinculados a empresas privadas. Lo significativo de este gesto fue expresar la incapacidad inherente de la política (y los políticos) para luchar contra males tan diversos como la delincuencia, el lento crecimiento económico, la corrupción moral y el desempleo. Esta ceremonia republicana (transmitida en vivo por TV), en la que los nuevos ministros fueron bienvenidos como los largamente esperados terapeutas sociales, se presenta ahora luego del terremoto como una extraña coincidencia que asemeja la entrada de las fuerzas militares en la ciudad de Concepción.

Será una desafío mayor para el nuevo gobierno de derecha resistir la tentación de creer que el management de la crisis y los efectos del terremoto, es decir el proceso de reconstrucción, es un cuestión de una política terapéutica, conducida por militares y altos ejecutivos, más que un asunto de la política misma.

En este momento resulta prudente no olvidar entonces la advertencia que alguna vez hiciera Hannah Arendt, que cuando el espacio de la política es puesto bajo ataque las sociedades pavimentan el camino para transformar sus crisis en verdaderas catástrofes.

Rodrigo Cordero Vega, University of Warwick, UK y Universidad Diego Portales, Chile http://go.warwick.ac.uk/rodrigocordero

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