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Los libros educativos tienen su propia brecha

por 19 marzo 2010

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Conversando sobre el precio de los libros en Chile, un amigo librero me comentaba de las prácticas de algunas editoriales multinacionales. Planeta, por ejemplo, trae a Chile la trilogía best seller del sueco Stieg Larsson. Recuerdo haber pagado por él cerca de 57 dólares en una librería en Santiago (Nota para los lectores extranjeros: sí, eso cuestan los libros en Chile) por la edición española. Al venderse tan bien, los ejemplares que hoy uno puede encontrar en cualquier librería de Santiago es una edición nacional, impresa en Chile. Si hacemos el ejercicio y rebajamos al valor del libro importado el valor de aduanas, importación, traslado, bodega e impresión que supone la impresión en Chile, el sentido común nos llevaría a pensar que el libro se vende sustancialmente más barato. El mercado nos dice lo contrario y se vende a valor similar.

Similar cosa -y todavía peor, si me apuran- pasa en la educación. Libros caros que, más allá de las naturales actualizaciones que algunos requieren, debieran poder usarse por años, resultan misteriosamente desfasados año a año. En la educación universitaria podemos encontrar ejemplos todavía más gráficos.

El sentido común, ese invitado de piedra, también pareciera hacernos creer que la digitalización de un libro implicaría la posibilidad de acceder a un texto a un precio considerablemente menor que la edición tradicional. Las pocas editoriales que han dado el paso a la digitalización hoy ponen a disposición del público ejemplares digitales con feroces DRM o bien ofrecen a las bibliotecas (los mayores compradores de libros) la posibilidad de “acceder” a dichos libros en línea sin posibilidad de impresión ni utilización más allá de la pantalla del terminal universitario.

Tomando en cuenta que en Estados Unidos un estudiante universitario gasta aproximadamente entre 700 y 1000 dólares al año en textos, resulta razonable que muchos actores comiencen a reaccionar frente a las rígidas condiciones de mercado que imponen las grandes editoriales y que terminan siendo cargadas a los estudiantes.

En nuestras universidades vemos una serie de prácticas dinámicas que apuntan a mejorar la experiencia de los textos y apuntes de clases a través de la tecnología como son los apuntes colectivos, que o son marginales o bien chocan estrepitosamente con la letra de la ley. Quizás dirigiendo la mirada a nuestras prácticas podremos descubrir vías para superar brechas educativas que, en nuestros países, son simplemente vergonzosas.

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