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LAN, la política y los valores

por 22 marzo 2010

LAN, la política y los valores
No se trata de un hecho aislado. Es uno más en la trayectoria del propio presidente y un adenda a una larga lista de ejemplos similares que involucran a altos líderes políticos de todo el espectro. Piñera tiene una historia de coquetear con la transgresión moral: el “affaire tarjetas” con Ricardo Claro, el caso chispas, las sanciones de la SVS, y rematando con la falta a su promesa de desligarse de sus negocios al asumir la presidencia.

El terremoto ocurrió doce días antes del cambio de mando. Ese era el tiempo que Sebastián Piñera se había dejado para cumplir con su promesa electoral de deshacerse de LAN y otros negocios. Ha pasado más de una semana desde el cambio de mando, el mercado bursátil no ha dejado de funcionar un solo día. Antes y después del terremoto los valores se han transado sin cesar. Irónicamente, el gobierno ha tratado de justificar el incumplimiento del mandatario apelando a ineficiencias de los privados después del terremoto.

Esto no resiste análisis: los conflictos de interés de Piñera han sido criticados por gente de su propio sector por años, no días. La única conclusión posible respecto a la demora en la venta de LAN es que se debe a fluctuaciones desfavorables en el precio de las acciones o a la irresponsabilidad de permitir que estos hechos desvíen la atención de la tragedia que viven millones de compatriotas.

El frecuente éxito asociado a las malas prácticas en política no es casual. Refleja instituciones políticas antidemocráticas que dificultan y distorsionan la representación ciudadana.

Considerando la situación de los damnificados y el hecho que el gobierno nuevo cuenta con gente que me merece el mayor respeto y admiración, una crítica ligera no se justifica. Sin embargo, el problema del presidente con LAN, es mucho más grave para la sociedad que la pérdida de credibilidad del gobierno y el entorpecimiento de una respuesta eficaz a la emergencia. Cuando el Presidente de la República efectivamente venda sus acciones, el ciclo de noticias y la controversia se orientarán en otra dirección. No obstante, las secuelas de este episodio en la mente y los corazones de los chilenos seguirán presentes por una razón muy simple.

No se trata de un hecho aislado. Es uno más en la trayectoria del propio presidente y un adenda a una larga lista de ejemplos similares que involucran a altos líderes políticos de todo el espectro. Piñera tiene una historia de coquetear con la transgresión moral: el “affaire tarjetas” con Ricardo Claro, el caso chispas, las sanciones de la SVS, y rematando con la falta a su promesa de desligarse de sus negocios al asumir la presidencia. Esta debilidad persistente del señor Presidente es particularmente alarmante dada su obvia inteligencia, su capacidad de emprendimiento e innovación tanto en política (ni más ni menos que el líder de la renovación ideológica de la derecha) como en los negocios. No la comparten los mejores estadistas de nuestra historia ni los mejores del club de los países al cual aspiramos a pertenecer.

Me permito hacer explícito los premios que inconsciente o conscientemente un ciudadano común podría asociar a estos coqueteos: Forbes top 500 y la presidencia de la República. El éxito total en el plano material y la cima del poder. Para evitar malentendidos, personalmente creo que estos logros son fruto de principalmente del mérito y que, en política, estas “avivadas” del Presidente han sido más un escollo que un impulso.

Pero es preocupante que nuestros hijos perciban que el éxito vaya de la mano de las malas prácticas.  Aunque este episodio salta a la vista, es un patrón que no respeta colores políticos. La sucesión acordada la semana pasada para la presidencia del Senado involucra a Escalona (2011) y Girardi (2012). El primero, es el niño símbolo de transformar a los partidos en una bolsa de trabajo donde las lealtades se imponen sobre el mérito, y las reparticiones públicas reemplazan a las grandes alamedas. El segundo ha sido sorprendido por uso indebido de recursos parlamentarios y tráfico de influencias para sancionar un carabinero que lo multó por exceso de velocidad y arrastra el mito urbano de un estilo político de amenazas. Son controladores no de empresas, pero sí de sus partidos.

De nuevo, no dudo que hayan sufrido o actuado con nobleza en más de una oportunidad. Al mismo tiempo, son parcialmente responsables de haber expropiado a los ciudadanos de la Concertación de un derecho a la representación adecuada de sus intereses, valores e historia.  En la elección pasada, muchos de los que más sufrieron en la recuperación de la democracia, votaron con la dolorosa sensación de haber sido traicionados. Pero una vez más, para no perder el foco: el éxito en política asociado a las malas prácticas. Por eso, los saqueos en camioneta después del terremoto y los conflictos de interés y las ansias de poder, son dos caras de la misma moneda. Son el síntoma que la codicia está instalada en nuestra sociedad y, peor aún, para muchos la transgresión de normas básicas (aquellas que defenderían hasta los liberales puros, los que no creen en la virtud aristotélica o kantiana) se justifica si hacen la diferencia entre ser ganador o un loser.

El frecuente éxito asociado a las malas prácticas en política no es casual. Refleja instituciones políticas antidemocráticas que dificultan y distorsionan la representación ciudadana. El binominal es un tapón para la competencia y suelo fértil para la exclusión. Los partidos políticos, indispensables para la estabilidad de una democracia, son bóvedas que determinan la agenda y los liderazgos a puerta cerrada. Transparencia cero. Pero los malos políticos son también producto de la inercia ciudadana.

El terremoto valórico y el debate sobre las malas prácticas son una oportunidad de mejorar la calidad de la política.  A pesar que los políticos son los únicos que se ponen las reglas a sí mismos, en definitiva, los medios y los ciudadanos comunes y corrientes son los únicos con la capacidad de monitorear y validar los liderazgos apropiados. No todos los políticos son malos políticos, algunos merecen nuestro respaldo porque encarnan una preocupación y dedicación genuina por el otro. Es responsabilidad de los ciudadanos mantenernos informados y hacernos escuchar.

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