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Liberalismo del miedo y experiencia del otro

por 28 marzo 2010

A través  del terremoto y tsunami, por causa de ellos, muchos se han dado cuenta de que tenían vecinos; que había otras personas que vivían cerca o aledañas a su propia vivienda y que a lo mejor necesitaban algo. Varios han dicho: lo sucedido  me permitió saludar al menos a los que tenía  cerca, pero con los cuales jamás había cruzado palabra.  Jamás, claro, antes del terremoto y tsunami. ¿Está aquí presente solo el acaso o el azar? No tendrá que ver también con una forma de  existencia  que se ve  envuelta en un enorme   ritmo de trabajo,  pago de  deudas, cuentas  y otros,   para los afortunados que lo tienen.  Y para los que no, bregar por  lograr  algún apoyo  estatal o buscarse otras formas –legales o ilegales- de sobrevivencia: para tener algo de salud, algo de vivienda;  algún acceso a tantas cosas promocionadas en tantos escaparates.  Vivimos en medio  del ruido y una intercomunicación autoreferida.

Por cierto, siempre hay excepciones.  Esta situación  de seguro no solo tiene que ver con preferencias subjetivas  manifestadas,  sino  también con el magma, hábitos  o ethos societal que secreta  una modernización capitalista y con orientación neo-liberal, desde arriba, como la que hemos experimentado hace ya muchos años. Se ha dicho  otras veces, las modernizaciones no tienen porque tener una sola dirección y un solo punto de apoyo ideológico. Generar condiciones para ser modernos, para arribar a una modernidad crítica, no lo puede hacer o lograr cualquiera. Supone algún  interés emancipatorio funcionando al menos de manera contrafáctica,  mediante el cual libertad, igualdad y fraternidad van encontrando su propio sitio bajo el sol y en la vida de cada cual.  En el  país, con la impronta  de  los Chicago Boys –recuerde, mediados de los setenta, más o menos-,  tanto la igualdad como la fraternidad fueron expresamente dejadas de lado; preteridas o directamente subordinadas. No que no existieran o fuesen inútiles. Al contrario, vemos estos días su importancia. Pero para ellos, entre 1848 y 1948 el mundo occidental había caminado demasiado deprisa en  busca de mayores cuotas de  igualdad y mayor fraternidad; tan rápido, que  se pasaba a llevar la libertad, en primer lugar, la económica: de emprender, de comprar y vender cualquier cosa.  Es decir, ese neo-liberalismo se rebeló contra los limites a la mercantilización (y las ganancias, hay que decirlo),  que  distintas fuerzas ideológicas y religiosas habían encabezado bajo diversas modalidades e intensidades desde mediados del siglo XIX. De lo que  se trataba ahora según ellos  – privatización  del Estado y de sus rasgos de bienestarismo mediante-, era de recuperar la libertad económica, supuestamente ahogada por la libertad política mal utilizada y el exceso de democracia.

Hay bienes, nos dice, como la amistad, la confianza  o la generosidad, que desaparecen cuando se les pone precio.

Tanto la política, como la democracia, y para que decir la igualdad y la fraternidad, fueron expulsadas del reino de las metas a ser posibles de conseguir mediante la autodirección de la sociedad.  No pues. Primero es la  libertad del mercado y del capital –de dentro y fuera-; de los  inversionistas,  y luego vienen las otras. A ellos hay que cuidarlos de manera especial. Un ejemplo muy actual de aquello: uno se pregunta, por qué no financiar parte de las consecuencias del terremoto con impuestos especiales –pero no para la mayoría que vive de un salario fijo-, sino obtenido de las grandes empresas, mineras, bancarias , del retail.

La mejor expresión de ese ideario fue  la Constitución del 80. Pensada  entre cuatro paredes,  y, como se sabe, aprobada de manera espuria. ¿Para qué?  Bueno pues, para derogar el espíritu de la Constitución del 25;  para ir hacia una democracia “protegida”, y claro consagrar el debilitamiento  del rol del Estado en la sociedad.  Además de intentar poner a las  FF.AA.   como garantes de la doctrina económica y política dominante y su concepción del orden.  Pero no solo eso. Las modernizaciones introducidas a la fuerza post 75 en el país,  se orientaban también  al diseño de otras relaciones sociales; de otra repartición del poder y de los  espacios entre lo público y lo privado; de otra idea de lo que era y podía ser cada quien.

Indirectamente lo que hizo fue remodelar el orden social, especialmente en el campo de sus derechos, prácticas y creencias publicas. Remodelarlo para que quedara o fuese visto como el resultado de  un  orden “natural”, por tanto, inmodificable y no criticable (es decir, una especie de nuevo dogma).  Cuestión no menor estimado lector.  En este proceso se intentaba obtener  un nuevo sentido común de la acción y decisión.  Uno en el cual cada uno fuera teniendo claro que -en adelante- , solo contaba consigo mismo para progresar  y salvarse.  Nada de protección colectiva o derechos sociales.  Virtudes y valores  como la reciprocidad, la solidaridad, el altruismo  o la justicia, quedan para su opcionalidad  desde cada individuo: debían ser también privatizados, cuando no, instrumentalizados.  Las acciones y sus consecuencias quedan sometidas a un nuevo  criterio de  validación omnipresente: su eficacia y su eficiencia (claro, nadie nos explica eficiencia o eficacia para quiénes ni en qué sentido), su utilidad.  Querer ser rico o no, tener poder o éxito, buenas o malas pensiones,  participar o no, es asunto de preferencias individuales. La responsabilidad por el destino de cada cual, comienza y termina en el propio individuo. ¿Para qué todo ello? Pues supuestamente para liberar al individuo chileno sometido a las restricciones,  impedimentos y ahogo público-estatales. Para que emerga ahora como  es por naturaleza, homo economicus: calculador; autointeresado; egoísta, presumido, inmerso en la lucha de todos contra todos por el logro de su interés de sobrevivencia y progreso material.  Preso de su insociable sociabilidad.   En ese cuadro general  de modificación de los hábitos sociales pueden extrañar una serie de conductas que se han venido replicando hace ya varios años, rotuladas como nueva delincuencia; expresiones de violencia juvenil  inauditas; narcotráfico; inseguridad;  generalizados problemas de salud mental. ¿Pueden extrañarnos los saqueos y conductas posterremoto? ¿Tendrían, todas ellas, que ser adscritas de manera preferente a nuestros instintos naturales por ejemplo?

Ese  nuevo sentido común   -implementado de hecho-,   ¿acaso no termina  queriendo entronizar un nuevo liberalismo del miedo como articulador de las relaciones sociales, modificando con ello, de paso, la  experiencia del otro?  Quiénes son los otros para este liberalismo? El otro pasará a ser experimentado muchas veces como una permanente y eventual amenaza para mí. Por supuesto, terremoto y tsunami mediante, se abre una posibilidad de modificación en esa forma de ver a los demás.  Con todo, ¿acaso el excesivo mercadismo  imperante  no termina –como algunos gustan decir- por minar  su propia “geografía moral”, al ponerle precio  a las normas? Si, como afirma F.Ovejero, “se puede comprar o vender todo (las leyes,  los políticos, la solidaridad, el amor, la imagen), si todo es mercado, desaparece el mercado, que necesita que ciertas cosas estén fuera del juego mercantil”.  Hay bienes, nos dice, como la amistad, la confianza  o la generosidad, que desaparecen cuando se les pone precio. ¿No tendrá también –estimado lector-  algo que ver con todo esto el nuevo ethos recreado en Chile acorde a la lógica de las nuevas modernizaciones (también globalizadas) ,  desde  mediados de los setenta en adelante ?

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