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La derecha limita al norte con la línea de la concordia

por 1 abril 2010

La derecha limita al norte con la línea de la concordia
Ni el más hábil de los comunicadores, ni la más convincente de las demagogias, ni siquiera la magia negra logrará esconder que para los conservadores criollos el mundo continúa siendo ancho y ajeno.

Uno de los déficits más evidentes de la derecha chilena es la ausencia de una visión sobre el mundo. Por eso, mientras fue oposición se limitó a usar el sistema de vetos propio de la transición, desplegando una especie de política vudú que orientaba por mando teledirigido las iniciativas de la Concertación según su conveniencia, vicio que convirtieron en virtud y le llamaron “consenso”. Pero ahora que es gobierno, se encuentra ante el desafío de construir una política exterior con perfil propio y sólo atina a ser vocero del conservadurismo continental y a insistir en un economicismo primario.

¿A que lógica responde la nominación del ex director de Falabella, Alfredo Moreno, como Ministro de Relaciones Exteriores, confeso lector de Adiós al Séptimo de Línea para comprender el conflicto con Perú? A la empresarial, por cierto, al igual que el resto del gabinete. A la de reconocer al retail como el sector más dinámico de la exportación de capitales, puede ser. A la de insistir en que el Presidente es su propio Canciller, sin duda. A la necesidad de trasladar la eficiencia del sector privado a Teatinos 120, quizás. La verdad es que cuesta encontrar una racionalidad que justifique alejarse tanto de la excelencia predicada hasta la nausea por la nueva administración.

¿A que lógica responde la nominación del ex director de Falabella, Alfredo Moreno, como Ministro de Relaciones Exteriores, confeso lector de Adiós al Séptimo de Línea para comprender el conflicto con Perú?

Ya durante la campaña pudimos apreciar algunos bloopers que presagiaban el comportamiento internacional del piñerismo. Acercarse al Jefe del Estado colombiano, como si sus malas relaciones con el vecindario fueran un ejemplo; la visita de José María Aznar, cadáver político que se limitó a destilar un anticomunismo trasnochado; una tímida condena al golpe de Estado en Honduras y la adhesión entusiasta al liberalismo miamense de los Vargas Llosa. Parece que no basta la multitud de economistas con post grado en Estados Unidos para tener una perspectiva moderna del planeta en que vivimos.

Hace unas semanas atrás María Luisa Brahm afirmaba que no podía existir una Cancillería del siglo XIX con tratados de libre comercio del siglo XXI. Que mejor demostración sobre la falta de entendimiento de la complejidad envuelta en los procesos que conforman el actual escenario global. Que prueba más concreta de que el famoso consenso en política exterior es falso, ya que aparte de estar de acuerdo en mantener la apertura económica y un modus vivendi civilizado con el vecindario, las diferencias son notorias en todo lo demás.

Así, por ejemplo, mientras la oposición cree en la importancia de la integración regional, el oficialismo restringe sus objetivos a tener buenas relaciones para proteger sus negocios, navegando a la deriva sin reconocer pertenencia geográfica alguna.

Esta perspectiva autorreferente y nacionalista deriva en una persistente sensación de peligro y el pánico a la pérdida de identidad, lo cual demanda una reafirmación constante de la soberanía nacional, reacciones que se unen al menosprecio y el recelo hacia el barrio y a la carga negativa que tiene la integración latinoamericana.

La globalización se acepta de manera entusiasta cuando se limita a los estrechos fines de la economía, pero se desconocen, temen o rechazan abiertamente otros fenómenos como la apertura valórica, la defensa de los derechos humanos, la promoción de la democracia y la justicia universal.

Es que tales principios chocan con un punto de vista arcaico del escenario internacional, donde aún se hace sentir sin competencia la supremacía del Estado, cruzada por los fantasmas ideológicos de la Guerra Fría, en un esquema de interacciones esencialmente bilaterales.

Este desprecio por los enfoques sistémicos, por las organizaciones multilaterales, por entidades subnacionales como las regiones y los municipios, y por la sociedad civil, representa una debilidad estructural para entender la dinámica internacional en los inicios del siglo XXI, conformada por redes complejas, múltiples actores y circuitos que se vinculan de manera flexible según sus intereses.

Corolario de esta auténtica disfunción cognitiva es creer que sólo subordinándose a la potencia hegemónica, se puede gozar de las mejores condiciones para el crecimiento, transformado en el propósito principal de la política exterior, visión que simplifica en extremo la gestión exterior del país.

Otra obsesión es el Asia Pacífico, territorio en que la dictadura pudo desplegar un interesante enfoque pero fracasó y en que la Concertación logró un extraordinario éxito. El neoliberalismo autóctono insiste en la exclusividad de la diplomacia comercial, como si aún los gobiernos autoritarios del oriente le permitieran ignorar la democracia y los derechos humanos.

En fin, la defensa de los intereses corporativos de segmentos retardatarios de la burocracia estatal dedicada al manejo de las relaciones exteriores, se entiende porque están hechos a su imagen y semejanza, herencia del régimen militar gracias a la inamovilidad decretada por Pinochet y reproducida por sus instituciones hasta hoy.

Estas condiciones son un freno para la introducción de nuevas visiones y comportamientos que permitan una más eficiente inserción externa, así como una fuente ilimitada de problemas. Pruebas al canto, la designación de Jorge Canelas en la Paz, reconocido anti boliviano que inicia con el pie izquierdo las relaciones con el país altiplánico.

Nuestra derecha es rústica y pastoril, limita al norte con la línea de la concordia y pareciera transitar desde la antigua política de alfileres clavados a distancia, a la disposición grosera de poner a un neófito al frente de las relaciones internacionales pues el Presidente se bastaría sólo, demostrando con ello nada más que un profundo vacío.

Por eso y por mucho más, ni el más hábil de los comunicadores, ni la más convincente de las demagogias, ni siquiera la magia negra logrará esconder que para los conservadores criollos el mundo continúa siendo ancho y ajeno.

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