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Etnometodología y catástrofe

por 7 abril 2010

Siguiendo a Vatimo, reconstruir la izquierda y el progresismo es también crear estructuras organizativas capaces de movilizar.

“Ese mar que tranquilo te baña, te promete un futuro esplendor” o “…es la copia feliz del Edén”, son parte de la imagen construida que tenemos de nuestro país. Hoy ante la magnitud del terremoto-maremoto queda en suspenso. Es como aquella publicidad que decía “la imagen lo es todo”, pues  la realidad no importa en la medida que es construida.

En Chile se había creado, hacia el exterior, una imagen de “país OCDE”, que no necesitaba ayuda en el desastre. Pero no era sólo la construida hacia fuera, lo más grave era que sus constructores se habían convencido que efectivamente la imagen era el fiel reflejo de la realidad. Esto debiera ser considerado como el derrumbe final de un tipo de visión acerca de los graves problemas de diagnóstico que existían sobre el país real,  la situación de las instituciones, vida de la gente y el sentido de pertenencia e integración.

Siguiendo a Vatimo, reconstruir la izquierda y el progresismo es también crear estructuras organizativas capaces de movilizar.

La “imagen” de Chile, ya lo han dicho otros, era una estrategia de marketing para seguir abriendo mercados, pero lo que se requería era un imaginario compartido, un sentido de comunidad que les diera integración simbólica y social a los chilenos.

Es decir, lo errores cometidos en la catástrofe no están en si alguien no sabía inglés o el celular no tenía conexión, o si el piloto del helicóptero vivía en un lugar inconveniente. Tampoco la explicación a los saqueos está en un posible “relajo moral” producto de un “progresismo ambiguo” como afirmó el Presidente. Esta casuística serían los efectos de un “modo de hacer”, producto de un “modo de comprender” la realidad, y no abrirse a la pluralidad de realidades existentes en el país.

Veamos que tiene que ver en esto la Etnometodología. Esta corriente teórica de las ciencias sociales puede servirnos para enriquecer una interpretación, ya que entiende que el orden social no es impuesto externa y coercitivamente sino que resulta del esfuerzo coordinado de las personas en su vida cotidiana. El orden no se produce sólo por la conformidad con las reglas, sino por la conciencia de cada cual sobre las opciones que tiene y la suposición de cómo se comportarán los demás. Esto nos permite, tanto coordinar las acciones cotidianas sin necesidad de reflexionarlas continuamente, como el crear realidad mediante las acciones y el pensamiento. Dicho esto, entonces se puede afirmar que los funcionarios que ejecutan sus tareas diarias (en el SHOA, ONEMI, FF.AA., Ministerios, Intendencias, etc.), al hacerlo están creando la institución a la que pertenecen. Están forjando un “conocimiento local”, particular, que sólo cobra significado por el contexto en el que se ejecuta (cuándo, dónde, con quienes, para quién).

Si se acepta lo anterior, un método de investigación que desarrollan los etnometodólogos es el de los “experimentos de ruptura” que interrumpen la producción sistemática de la vida diaria a la que se está acostumbrado, con lo que los actores la hacen consciente y a la vez están obligados a reconstruirla sobre procedimientos que recojan la experiencia reflexiva.  El terremoto-maremoto, haciendo una analogía con la tnometodología, operó como un gran experimento de ruptura social, que sacó a la superficie el valor de las certidumbres que rigen en la vida cotidiana (abro la llave y sale agua; el almacén y la oficina atienden a una hora, etc.) y generan un orden, pero también dejó a la luz la fragilidad del orden social e institucional, mostrándonos los debilitados vínculos y las raquíticas instituciones estatales.

Débiles vínculos sociales pues los saqueos tuvieron más perfil a revancha social de los endeudados en las cadenas de retail y de los estafados por las farmacias, junto al que buscaba comida para su familia, que de asonada popular; a la ruptura de la cadena de distribución y comercialización en otra época, en otra vida cotidiana, habrían emergido las Juntas de Vecinos para organizar el abastecimiento por manzana, los sindicatos para hacer llegar a sus socios los paquetes de ayuda y las Federaciones estudiantiles habrían estado al frente del trabajo solidario. Los vecinos se habrían protegido sin sentir esas ganas de meterle un balazo al saqueador que nunca llegó.  La decisión política de “darle licencia” a las organizaciones sociales a inicios de los ’90, para administrar el pacto de la transición por la elite creyendo evitar el peligro de desestabilización por abajo, nos muestra ahora las consecuencias. La acción colectiva había casi desaparecido del “modo de hacer cotidiano”.

Raquíticas instituciones públicas, pues queda claro que este asunto no es un problema sólo de presupuesto. Las FF.AA. lo tienen y en abundancia, sin embargo poseían otra imagen-país, otras hipótesis de acción y otra valoración de sí mismas, por lo que es “natural” que no apoyaran las comunicaciones  del gobierno civil, ni retiraran los submarinos y buques de Talcahuano, luego del terremoto. Así, es normal –para quién veía un tipo de país- que a pesar de la evidencia e información radial, el gobierno después de 24 horas de ocurrido el maremoto no reconociera su existencia. En fin, para un sistema político y administrativo excesivamente centralizado -por el callado temor de las elites capitalinas a la fragmentación de su poder sobre el país-, se mostró que el modo de organización de las decisiones es un obstáculo para resolver problemas graves y decisivos para la vida de los chilenos.

El desafío instalado luego de la catástrofe es que la reconstrucción del país sea realizada por y para éste. Esto implica participación de las comunidades locales, involucramiento en las decisiones que les afectan, transparencia en la asignación de los recursos, empoderamiento para defender sus intereses. Es decir, siguiendo a Vatimo, reconstruir la izquierda y el progresismo es también crear estructuras organizativas capaces de movilizar. Que sea para el país y no para un grupo de empresas, dependerá no sólo del gobierno sino de la capacidad y unidad alcanzada en la oposición para hacer emerger un proyecto de país que descanse sobre la productividad y no la especulación financiera, la democratización de la toma de decisiones y una práctica más virtuosa de las cualidades cívicas que permita instalarse como un referente sólido y no una “imagen”. La política como espectáculo probablemente no tenga tan buen rating en los meses venideros ante los golpeados ciudadanos.

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