Viernes, 2 de diciembre de 2016Actualizado a las 16:28

Autor Imagen

La Concertación fragmentada

por 8 abril 2010

Lo que está claro, es que la tecnocracia (neo)liberal que durante años ha hegemonizado las políticas públicas de la Concertación, debe tomar un camino distinto a las fuerzas progresistas.

Nació como un arco iris, ahora parece más bien un código de barras, ensimismada en una escala uniformada de grises. Ya no coexisten en ella las fuerzas democráticas que venían, cada cual con su color, a restablecer nuestra democracia y comenzar de nuevo la expansión de las libertades, los DD.HH. y la justicia social.

Las fuerzas del No, traían un pulsión movilizadora, inéditas energías republicanas y unificadoras que abrazaban en las calles a los carabineros el 6 de octubre de 1988 cuando la alegría se sentía en todos los rincones. Fueron los/as ciudadanos/as, los primeros en enviar esa imagen concreta de reconciliación en un país que anhelaba confiar en sus instituciones, vivir en paz y compartir una auténtica sensación de progreso.

Lo que está claro, es que la tecnocracia (neo)liberal que durante años ha hegemonizado las políticas públicas de la Concertación, debe tomar un camino distinto a las fuerzas progresistas.

Ahora en su crepúsculo, la Concertación comienza a mirar el futuro para atrás, estableciendo plataformas sin fines de lucro para “defender su legado”, evocando con demasiada nostalgia esa unidad de los noventa, que permitió –según la opinión de muchos- desarrollar una transición formidable, verdaderamente ejemplar. Esa democracia de los acuerdos muy añorada en estos días por el Presidente Sebastián Piñera.

Hace mucho rato que la Concertación no es la fuerza transformadora que la sociedad de hoy demanda. La necesidad de gobernar y administrar con realismo la mayoría política que representó durante dos décadas supo acrecentar la sensatez, llevándola al paroxismo. Convirtiendo a la prudencia en la plegaria secular de los nuevos progresistas y el pragmatismo en una pulsión tan universal como anestésica.

Ubicados en espacios estratégicos, la tecnocracia (neo)liberal supo tenazmente oponerse a cualquier reforma sustantiva del modelo económico heredado de Pinochet. Dejando prácticamente intactas las estructuras de la desigualdad, invulnerables al conjunto de correcciones, que no se propusieron irritar al decil más rico del país, ni inquietar a los tres clanes familiares que generan el 10% de la riqueza en Chile.

No será raro que en su calidad de “técnicos” los veamos en puestos de gestión pública de dudosa lealtad con el gobierno de Sebastián Piñera. Siempre en el borde de las identidades políticas, pero en el centro de mando de las políticas económicas.

Entonces, el resultado es bien paradójico para estos 20 de la Concertación. Mientras aseguramos una pensión básica solidaria de 75 mil pesos, simultáneamente perpetuamos las desigualdades con una educación pública convertida en un simulacro de integración. Junto con revolucionar la cobertura de salas cuna para que las mujeres se integren al mundo laboral, resulta que hoy son menos los trabajadores sindicalizados que a principios de los años noventa.

Quién -en su sano juicio- no podría afirmar que el Auge, el seguro de cesantía, la reforma previsional y el sistema de protección social alcanzado en el decenio Lagos-Bachelet se constituyen en avances notables de nuestra democracia. Pero la porfiada persistencia de verdaderos abismos entre los círculos preferentes de los integrados y la masividad marginalizada de los excluidos, nuevamente nos interroga acerca del sentido último de un gobierno de inspiración progresista.

Es cierto, hoy tenemos un país con menos pobreza, pero con las desigualdades relativas de siempre, instaladas sólidamente en nuestras escuelas y liceos públicos. Con indicadores de salud de primer mundo y una distribución del ingreso que da vergüenza.

Esa categoría vaga que hoy seguimos llamando Concertación, suma fragmentos inverosímiles, reversos y anversos. Historias épicas y secretas complicidades ideológicas. Neoliberales que se sienten progresistas, progresistas que temen identificarse con la izquierda y conservadores que prefieren identificarse con el “centro”. Una especie de comunidad extravagante donde muy pocos suelen llamarse por su nombre auténtico.

Lo que está claro, es que la tecnocracia (neo)liberal que durante años ha hegemonizado las políticas públicas de la Concertación, debe tomar un camino distinto a las fuerzas progresistas que anhelan transformaciones profundas a la sociedad chilena.

Más que perder el tiempo en intentar resucitar una Concertación vencida por su longevidad de ideas y pragmáticos entusiasmos, quizás el siguiente paso es sembrar los liderazgos que se atrevan a vencer las estructuras estables de la desigualdad, fundando un nuevo contrato progresista que se proponga –sin vacilación alguna- avanzar en una sociedad más igualitaria e integradora.

Compartir Noticia

Más información sobre El Mostrador

Videos

Más Noticias

Blogs y Opinión

Encuesta

Mercados

TV

Cultura + Ciudad

Deportes