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Pan, techo y empleo + política

por 9 abril 2010

Pan, techo y empleo + política
Por las características personales que todos sus colaboradores más cercanos le ensalzan, Sebastián Piñera no será capaz de generar orden. Lo más probable es que sus obsesiones e ideas, que en la macropolítica lo hacen un triunfador, en la micropolítica del gobierno cotidiano desaten más pasiones y problemas que orden gubernamental.

Esa es la urgencia simple para miles de chilenos luego del terremoto del 27F. Sobre todo antes que las primeras lluvias le sumen barro y enfermedades bronco pulmonares a la desgracia, y el invierno se transforme en el principal opositor al gobierno por su incapacidad para solucionar temas prácticos.

La falta de ejes gubernamentales nítidos y el picoteo de emergencia están asentando la idea de que la Coalición por el Cambio en vez de gobierno ha instalado una mediagua conceptual en La Moneda, donde todo se mezcla sin orden ni claridad estratégica. Tal percepción no implica que los actuales gobernantes carezcan de propósitos personales, que sin dudas los tienen y fuertes. Sino simplemente que carecen de un eje político estructurado sobre como conducir el gobierno en el actual período y producir un cierto orden y coherencia en sus filas.

La falta de ejes gubernamentales nítidos y el picoteo de emergencia están asentando la idea de que la Coalición por el Cambio en vez de gobierno ha instalado una mediagua conceptual en La Moneda.

Antes de que el gobierno asumiera ya se había instalado la pugna interna de poder en él. Tanto entre la fronda parlamentaria de la UDI y Renovación Nacional con el Presidente, como entre ellas mismas, sobre todo en las quejas por la conformación del gabinete, como entre las futuras autoridades económicas, particularmente los ministros de Hacienda y Economía.

El debate público sobre el cumplimiento del programa o, luego del terremoto, sobre  si la reconstrucción se paga con impuestos o endeudamiento y privatizaciones dejó en claro que no había –y no hay-  jerarquía ni consenso político en el núcleo económico gubernamental. Sin ello, será más difícil salir a buscar los consensos políticos que se requieran con la oposición, especialmente a la trinchera institucional del binominalismo como es el Senado.

En el primer mes de gobierno ha habido de todo. Y si bien Sebastián Piñera aún está dentro del llamado período de gracia de los primeros cien días, las excepcionales condiciones en que asumió el gobierno han puesto de inmediato  a prueba su afirmación que era un gobierno de excelencia.

En la lentitud de la instalación se mezclan tres lógicas. Primero la extrema defensa de los intereses corporativos de empresas y grupos organizados de poder que pugnan por controlar los núcleos decisorios más importantes del Estado en relación a sus propios intereses. Desde FONASA hasta la Unidad de Concesiones del MOP. Segundo, la lógica UDI de la ocupación política del Estado, que toma posiciones donde llega, como si se aprestara a una batalla de largo aliento sobre el poder, incluso enfrentando al actual Presidente. Prueba de ello son las vocerías políticas de sus parlamentarios y el ejercicio excluyente y subrepticio del poder allí donde llegan. En tercer lugar, la lógica de los buenos negocios de manera rápida, basada en la vieja premisa chilensis del “pituto”.

La adjudicación por  trato directo de un volumen importante de compras de materiales de construcción a Sodimac, Easy y Construmart, todos destinados a los municipios de las zonas afectadas obedece a la última de las lógicas, y no tiene justificación. Podría perfectamente haberse obtenido mejor precio solo con una  empresa mediante licitación privada, la cual podría haber exigido, además, encadenar el abastecimiento licitado con las PYMES ferreteras de la zona. Lo hecho suena a reparto.

Volviendo al tema central, si un valor tiene el ejercicio político del gobierno es ordenar una agenda de ideas simples y claras sobre lo que se debe hacer. Para ello se requiere ordenar la fuerza política propia y controlar y minimizar el impacto negativo de las controversias internas hechas públicas, a fin de dar la idea de solidez gubernamental. Ello requiere liderazgo.

¿Quién realmente lo tiene en el gobierno? Se supone que el Presidente de la República, pero por las características personales que todos sus colaboradores más cercanos le ensalzan, Sebastián Piñera no será capaz de generar orden. Lo más probable es que sus obsesiones e ideas, que en la macropolítica lo hacen un triunfador, en la micropolítica del gobierno cotidiano desaten más pasiones y problemas que orden gubernamental.

El Presidente no ha delegado. Nadie podría afirmar que hay troika política coherente en La Moneda con Hinzpeter, Larroulet y Von Baer. Más bien es cada uno para su santo. Es evidente que la Ministra vocera es la más débil, y a menos que desarrolle fuerza y coherencia en su cargo, se la llevarán los temporales. Nadie que titubee tanto puede hacer una buena vocería, menos en medio de tal desorden.

Como contrapartida, el almuerzo de Cristián Larroulet con la bancada opositora de senadores el día miércoles pasado tuvo un carácter inusitadamente rudo. Ello demuestra que el ministro está convencido que no existe política sin adversarios y que está dispuesto a asumir liderazgo gubernamental, y que en su manera de ver las cosas, el conflicto antes que un problema puede ser una oportunidad para ganar poder. Tiene la ventaja de que su arena política está acotada.

Rodrigo Hinzpeter en cambio quedó en posición incómoda. Se excusó de asistir a la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara, a la que había sido invitado para explicar el caso del nuevo Director de Gendarmería, ex funcionario de la DICOMCAR a quien parlamentarios vinculan al asesinato de tres profesionales comunistas durante la dictadura. Más allá de cualquier excusa, no se trata precisamente de una designación políticamente pulcra.

Por otra parte, la actitud impulsada por Larroulet contradice el carácter distendido y liberal mostrado semanas antes por el Ministro del Interior, cuyo símbolo máximo fue su foto en El Mercurio con un cuadro de Salvador Allende a sus espaldas.

Ahora, él se transforma en  la autoridad más amenazada por el desorden y la lentitud con que se instala el gobierno, sobre todo en regiones. Y por el hecho de estar en la primera línea de decisiones e imagen pública tanto en los temas del terremoto como en la musculatura represiva que promete el oficialismo frente a las libertades ciudadanas además de la delincuencia.

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