Sábado, 3 de diciembre de 2016Actualizado a las 10:48

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Soplan vientos sexistas

Soplan vientos sexistas
¿Por qué tiene que ser ella, que ostenta evidentes y anteriores capitales políticos y académicos a él, la obligada a dar un paso al lado, cuando las intenciones de éste fueron, además, declaradas a posteriori?

Mala señal es que una ex ministra como Carolina Tohá, que fue líder estudiantil en la época de la dictadura, ex diputada y generalísima de la campaña presidencial en segunda vuelta de Eduardo Frei, renuncie a competir por la presidencia del PPD. Y lo hace para concederle el  mejor derecho a su marido, senador, con pretensiones similares en otro partido de la coalición. ¿Por qué tiene que ser ella, que ostenta evidentes y anteriores capitales políticos y académicos a él, la obligada a dar un paso al lado, cuando las intenciones de éste fueron, además, declaradas a posteriori?

Resulta decepcionante que, luego de haber pasado por la Presidencia una mujer como Michelle  Bachelet, que logró superar contratiempos y desventajas objetivas, convirtiéndose en un símbolo de capacidad y de empeño, una de sus más estrechas colaboradoras deponga sus pretensiones. En el año 2006, en una columna de prensa a propósito de la ley de cuotas, Tohá afirmaba: “Ya es hora de que reconozcamos que hay pocas mujeres en posiciones de poder, no sólo en la política, no por falta de méritos, sino por sesgos machistas en la selección de candidatos” ¿Qué ha pasado, desde esa fecha hasta ahora, que la ex ministra no alcanza a comprender las sombrías señales de su decisión, particularmente para las mujeres que aspiran a desarrollar una carrera en la esfera pública? Son muchas las que esperarán una explicación convincente de sus labios.

Lo curioso es que el actual gobierno, que no ha tenido empacho en asimilarse a una empresa, no logre incorporar los códigos de buenas prácticas.

Mala señal es que ex colaboradores de Michelle Bachelet se declaren en alerta, autoerigiéndose en  paladines, con el objetivo de defenderla a ella y a su legado.  Lo loable de las intenciones no oculta una mezcla de caballerosidad, cálculo político y una pizca de paternalismo que puede resultar como “el abrazo del oso”. Si bien la ex Presidenta manejó con éxito la tesis del “femicidio político”, generando simpatías ciudadanas con el recurso a la victimización, no parece apropiado mostrar ahora ni debilidad ni incapacidad para defenderse por sí misma si la ocasión lo amerita.  Hay amplias expectativas con relación al rol que ella pueda cumplir en la puesta a tono de la ahora oposición. Con 84% de popularidad sobre sus hombros, no parece necesario recurrir a figuras como la de un “cancerbero”, como Navia se refirió al rol de Escalona con relación al gobierno y a la propia ex Presidenta.

Mala señal es que ministros y ministras se vean obligados a trabajar 24 x 7, guarismo numérico para concretar la idea de la “nueva forma de gobernar”, mientras conceden entrevistas en las que nos informan de las cabriolas que hacen para conciliar sus estrenadas responsabilidades públicas con la vida familiar.

¿Trabaja este gabinete más que los anteriores? Seguramente que no, pero las urgencias de la reconstrucción han añadido a sus jornadas un toque de dramatismo especial. Es bien sabido que quien ingresa a un cargo de esta naturaleza sacrifica ámbitos importantes de su plan de vida. Lo curioso es que el actual gobierno, que no ha tenido empacho en asimilarse a una empresa, no logre incorporar los códigos de buenas prácticas, procedentes del ideario liberal, particularmente los de las mejores empresas para las madres que trabajan y de las cuales somos informados anualmente por un ranking mercurial.

Crecientemente, vamos siendo informados que las mejores empresas son la que incorporan criterios como el Life Balance, que hace referencia a la necesidad de conciliar el trabajo con la vida familiar. Esta preocupación se habría acrecentado por el abandono que hacen trabajadores talentosos de sus carreras, al sufrir casos de estrés laboral agudo. Por tanto, la señal de exigencia extrema que impone la actual gestión es contradictoria, y hasta pudiera ser inhibitoria, para uno de los objetivos más señeros de su agenda de género: aumentar sustantivamente el número de mujeres incorporadas en la fuerza laboral. Por algo las italianas, hace ya más de veinte años, comenzaron a plantear públicamente la cuestión de saber cómo conciliar los tiempos de vida con los tiempos de trabajo. Ellas han sido pioneras en interpelar a los poderes públicos con demandas de reajuste de horarios dando paso, en su momento, a un debate sobre la organización de las actividades públicas y privadas. En su momento, lograron una ley nacional sobre los tiempos sociales, que incorporó permisos parentales y permisos retribuidos para formación, así como fórmulas de gestión y coordinación de los tiempos de la ciudad. Las tareas de la reconstrucción requieren ministras y ministros, de quienes se ha predicado excelencia y talento, como personas integrales y no ojerosos, extenuados y al borde de sucumbir en sus importantes tareas.

Malas señales son las que vamos recibiendo, en estos tiempos post sismo, en cuanto a las aspiraciones de continuar por la senda de la igualdad de género. Soplan  vientos sexistas, por cuanto observamos prácticas y comportamientos, a nivel de la clase política, que valoran o discriminan a las personas en razón de su sexo. No son fácilmente perceptibles, y más en tiempos de reconstrucción nacional con un país que tiene su foco colocado en afanes más inmediatos y materiales, pero tampoco son inocuos. Recordemos que la presencia femenina en espacios de decisión política no está garantizada por medidas vinculantes como las cuotas, que no se aprobaron durante la administración pasada. Aspiraciones y posibilidades como las de Tohá, se ven enfrentadas a un ambiente amenazante, donde el cambio de actitudes con relación al papel de hombres y mujeres en política es más lento de lo esperado pero ¿no debiera una líder estar en condiciones de enfrentarlo, más si se proclama a sí misma como un “liderazgo de nuevo cuño”?

El espacio para debatir estos asuntos es restringido. Quien los denuncia y visibiliza, puede ser tachada de desubicada y odiosa. Pero no podemos negar que son indicadores de un orden de género que, en el campo de la política,  parece particularmente impermeable a la promesa de cambio cultural que vino a suponer el gobierno de Michelle Bachelet.

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