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¿El ocaso del régimen cubano?

por 14 abril 2010

El régimen cubano vive hoy tal vez su peor crisis económica y social desde la revolución de 1959. El llamado “corralito cubano”, en referencia a la retención de pagos a empresas extranjeras, las purgas en altas esferas de poder, y las huelgas de hambre de disidentes, y su consecuente impacto internacional, son las manifestaciones más evidentes de lo anterior. Sin embargo, hay que tener cierta cautela respecto a los pronósticos que se pueden hacer a partir de este escenario de crisis. Cabe recordar que terminada la Guerra Fría a comienzos de los años noventa, se equivocaron quiénes pronosticaron la caída del régimen (como no recordar el libro del conocido periodista Andrés Oppenheimer, “La Hora Final de Castro”).

Estos “analistas” se entusiasmaron en esos momentos con lo sucedido en Europa del Este, y creyeron en una suerte de “teoría del dominó” que provocaría el colapso del régimen cubano, lo que nunca sucedió porque ambas realidades no eran comparables entre sí. Por cierto, hay un agobio crónico en la sociedad cubana frente a las restricciones ya permanentes de bienes de primera necesidad, y el gobierno cubano se ve expuesto ahora a críticas no sólo de sectores conservadores, sino también del llamado “mundo progresista”, que en el pasado guardó silencio muchas veces, para evitar ser cómplice de una política norteamericana torpe y arrogante.

Hay un agobio crónico en la sociedad cubana frente a las restricciones ya permanentes de bienes de primera necesidad, y el gobierno cubano se ve expuesto ahora a críticas no sólo de sectores conservadores.

Pero no hay consenso frente al escenario que se pueda presentar en el próximo tiempo: mientras el ex líder de la guerrilla salvadoreña del FLMN, Joaquín Villalobos, cree por ejemplo, que este es el comienzo del fin para los hermanos Castro, el ex asesor de Raúl Castro y conocedor íntimo de las realidades de poder en Cuba, Alcibiades Hidalgo, cree que el régimen tiene todavía margen de maniobra y que un escenario de más aislamiento internacional sólo facilitará un mayor control y “mano libre” del gobierno frente a una disidencia débil y fragmentada.

El reciente discurso de Raúl Castro, donde sugiere una disposición de “auto inmolarse” si es necesario para defender “la revolución” indica la complejidad de la situación en la isla, y la necesidad que la comunidad internacional, y sobretodo los países de América Latina, actúen con cautela y promuevan políticas de diálogo (incluyendo la presión diplomática) que faciliten en el mediano plazo una transición pacífica y gradual en Cuba, en el período del post-castrismo. Porque lo cierto es que hasta ahora, “ni el garrote ni la zanahoria” han funcionado desde el exterior para inducir una transformación del régimen.

Y porque el escenario alternativo sería un cambio traumático, que polarizaría y crearía también un cuadro complejo de seguridad en toda América Latina, constituyendo además, un triste final para un proceso que en sus orígenes representó (para muchos) la dignidad latinoamericana en un mundo entonces sometido a los designios de la Guerra Fría.

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