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La violencia escolar huele mal

por 22 abril 2010

La violencia escolar huele mal
En Chile, estamos preocupados de lenguaje y matemáticas, porque aprender a pensar, bailar, jugar, aprender un deporte, a argumentar, a debatir, a ponerse en contacto con la naturaleza, a bailar o aprender a tocar un instrumento musical, son saberes -obvio- menos importantes, no cuentan en la PSU.

Es necesario advertir sobre algo sumamente serio que nos está pasando como país, a saber, la violencia escolar. Pero no se la considera como tal, lamentablemente y muy seguido, ni como violencia, ni menos como algo serio.

Como de costumbre, los primeros meses del año escolar, los medios de comunicación, nos muestran una más de las típicas historias de violencia que sufren miles de estudiantes en nuestros colegios. Aunque después sale de la agenda –hasta el próximo año- se les agradece sinceramente.

Hace rato que en los colegios las cosas no están bien. El embarazo adolescente, la obesidad, la drogadicción y el alcoholismo conviven con la violencia y con los saberes que la educación trata de instalar. El problema es que esos saberes han sido cooptados por una neurotización del currículum que sólo se concentra en rendir en comprensión lectora y razonamiento lógico, en vistas a  –peor aún- el éxito en una medición estandarizada (SIMCE, PSU, PISA, TIMSS). Una educación completamente instrumentalizada para fines socio-económicos, que la verdad y seriamente no hemos discutido como ciudadanos si los queremos o no para nuestra sociedad y nuestra educación.

No es novedad que la política pública optó –ya van años- por la criminalización de este fenómeno.

El problema –y no hay que ser genio para darse cuenta- es que la educación chilena entró hace rato en una dinámica de competición que la vuelve ciega a los problemas que también la educación podría ayudar a mejorar, por ejemplo, el aprender a crear una cultura de la paz, la integración y la convivencia democrática. En cambio, esta educación neurotizada se hace ciega a todo ese conjunto de saberes y habilidades que también siendo prácticos -pues tienen que ver con el saber vivir y convivir- son una completa pérdida de tiempo en esta mercantilización del conocimiento en la que está metido el sistema escolar chileno.

Y sin embargo, estamos al borde de ir de mal en peor.

Según la nueva Ley de Aseguramiento de la Calidad de la Educación, que por esta semana se discute con suma urgencia en el Congreso, un sostenedor de colegio o liceo no recibirá sanción alguna –la ley lo explicita en su artículo 4º- si no gestiona con un estándar de calidad la convivencia, el clima o el ambiente escolar. Sí que tendrá sanciones si le va mal en lenguaje y matemáticas, pero lo otro, es fácil interpretarlo, para la ley no es tan importante. No tendrá sanción y sólo se le orientará.

Por otra parte, según la Ley de Subvención Escolar Preferencial, los colegios para obtener recursos frescos, deben incluir en sus programas de mejoramiento educativo, la creación de un manual o reglamento de convivencia. ¿Cómo queriendo decir que con la creación de un manual se van a solucionar los problemas? Seguro que si las reglas son construidas de forma participativa, muchos de los problemas se podrían solucionar, pensarán los defensores de este normativismo legalista. La experiencia demuestra que ni un manual de convivencia ni esa declarada participación, solucionan los problemas.

Además, supimos a fines del año pasado, según una evaluación externa realizada a la Unidad Extraescolar del Ministerio de Educación, Unidad preocupada de producir un efecto positivo en el combate contra la violencia escolar, que lo realizado hasta ahora era completamente irrelevante y que lo mejor era cerrarla. Así de drástico.

Ante el oportunismo mediático, Joaquin Lavín, Ministro de Educación, anunció la vuelta al colegio de la PDI, amenazante, con rictus de tolerancia cero. Pero en verdad, no es novedad que la política pública optó –ya van años- por la criminalización de este fenómeno. Y en eso le llevan la delantera al Ministro. La alcaldesa de Huechuraba hace rato ya tiene pensado instalar detectores de metales a la entrada de los liceos. También, hace tiempo sabemos que hay programas con Carabineros encubiertos –como siendo un estudiante más- en los liceos de nuestro país (desde el 2007 en Quinta Normal, por ejemplo). Qué decir del programa “Pequeños detectives” impulsado por la PDI para que sean los mismos estudiantes, verdaderas brigadas, los que estén atentos y cumplan sus misiones de combatir el crimen, si no pregúntenle a la escuela Villa Las Nieves, al Instituto Sagrada Familia, o a la Escuela Hernando de Magallanes, todas de Punta Arenas, “exitosas” experiencias en esto. Joaquín Lavín es completamente extemporáneo, no porque esté fuera de este ADN criminológico, sino porque hace tiempo que lo “in” en la política pública para producir un efecto contra la violencia escolar es, en este país, reducirla a delito, crimen, y cuestión de seguridad ciudadana.

Debe informarse que los mismos que le hacen las encuestas de victimización a Paz Ciudadana, son los que las hacen para determinar la victimización escolar al Ministerio del Interior: hablamos de una licitación de 120 millones de pesos adjudicada a Adimark.

¿Qué han descubierto las investigaciones relevantes, en el mundo de las ciencias sociales y ciencias de la educación, que se aproximan científicamente al problema?

Philippe Vienne (2009) en Bélgica, demostró que la violencia escolar no debe ser criminalizada sino tratada desde un paradigma sociológico amplio que no reduzca el fenómeno a pura delincuencia. Ron Avi Astor en Israel y Rami Benbenishty en USA (2005) demostraron que el fenómeno se explica más por todas esas variables que circundan el contexto escolar que a aquellas denominadas intraescolares. Éric Debarbieux (2008) en Francia ha insistido desde hace tiempo que las intervenciones efectivas en violencia escolar no se deben reducir a factores individuales de riesgo sino a factores sociocomunitarios de protección. Y Walter Funk hace ya varios años en Alemania, ha demostrado mediante clusters que la violencia escolar está más asociada a procesos sociales que afectan el mundo escolar que a comportamientos de mala conducta individuales de los escolares.

En Chile, estamos preocupados de lenguaje y matemáticas, porque aprender a pensar, bailar, jugar, aprender un deporte, a argumentar, a debatir, a ponerse en contacto con la naturaleza, a bailar o aprender a tocar un instrumento musical, son saberes -obvio-  menos importantes, no cuentan en la PSU.

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