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"Ni yo te condeno; vete, y no peques más" (Juan 8: 3-11)

por 3 mayo 2010

Esperamos que resuene fuerte en los oídos y en la conciencia de los responsables religiosos del Vaticano y en los guardianes de la doctrina y la religión: "no peques más".

La grave situación por la que atraviesa la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, es altamente mediática pero no es en absoluto nueva. Ya en los inicios del siglo XVI, Martín Lutero, puso de relieve siglos de corrupción interna de una parte importante de la curia romana, en temas tan graves como los que hoy nuevamente salen a la luz. Nadie se puede alegrar por lo que ocurre y, probablemente, pocos tengan la suficiente autoridad moral para emitir juicios valóricos contra la Iglesia. Pero permítanme dos reflexiones generales:

Primero, lo que en la Iglesia Católica viene ocurriendo es el resultado de largos siglos de no querer ver o no querer entender la Escritura Bíblica, regla de fe para los cristianos. El apóstol Pablo sentenció en la Biblia, que todos los sacerdotes conocen y leen: "Digo pues a los solteros y a las viudas, que bueno les fuera quedarse como yo; pero si no tienen don de  continencia, cásense, pues mejor es casarse que estarse quemando" (1a Corintios 7:8,9).

Esperamos que resuene fuerte en los oídos y en la conciencia de los responsables religiosos del Vaticano y en los guardianes de la doctrina y la religión: "no peques más"

Querer ministrar la palabra y el pueblo de Dios es un don y una vocación noble que todos podemos reconocer. Pero obligar al celibato a quien quiere dedicar su vida al ministerio es un atentado a la libertad humana y una contradicción con la Palabra de Dios. Pablo, el gran teólogo cristiano, fue célibe. Pedro, padre de la Iglesia Católica, reconocido como el primer Papa, fue casado. Escogieron según la libertad que Dios les otorgó, libertad que desde siglos el Vaticano niega a sus pastores, muchos de los cuales ejercen vida en pareja a sabiendas de la Iglesia y de los feligreses que prefieren cerrar los ojos. Es que Dios nos regaló un cuerpo que no podemos mutilar con mandatos eclesiásticos anti-bíblicos so-pretexto de servir a Dios. En algún momento y de alguna manera ese cuerpo necesitará manifestarse. Y lo hará a través de los vericuetos que el sistema religioso impuesto otorgue, aún cuando fuese atentando contra la santidad de Dios.

Mi segunda reflexión es una invitación. Invitación a observar lo que ocurre en la Iglesia Católica Romana, entendiendo que es producto de decisiones religiosas e institucionales, es decir, humanas, y no un producto del genuino evangelio enseñado por Jesús. En otras palabras, no culpemos a Jesús o al cristianismo por lo que hombres o mujeres hacen en nombre de ese cristianismo. Ni el evangelio de Jesús, ni la Biblia, ni Dios, ni la fe están en cuestión frente a las posibles atrocidades cometidas por seres humanos, atrocidades condenadas por el propio evangelio. Del mismo modo, no echemos en el mismo saco a todos aquellos sacerdotes católicos, a todos aquellos pastores evangélicos, a todos aquellos sacerdotes ortodoxos, ni a todos aquellos ministros de fe de diversas expresiones del cristianismo, a causa de lo realizado por algunos (por muchos o pocos que puedan ser).

Hoy muchos quieren apedrear a la Iglesia Católica y a los sacerdotes acusados de atrocidades. Del mismo modo que aquellos que quisieron apedrear a una mujer sorprendida en adulterio, en tiempos de Jesús. Pero ninguno lanzó piedra cuando Jesús pidió que lo hicieran solo quienes no tenían pecado. Pero volviéndose a la mujer el Maestro le dijo: "Ni yo te condeno; vete, y no peques más" (Juan 8: 3-11). Nosotros tampoco condenemos ni juzguemos a estos sacerdotes ni a la Iglesia Católica. Pero también, esperamos que resuene fuerte en los oídos y en la conciencia de los responsables religiosos del Vaticano y en los guardianes de la doctrina y la religión: "no peques más", por amor a las víctimas que hoy sufren, por respeto a Dios y a la sociedad, y para que ya no hayan más víctimas que lamentar ni en el presente ni en el futuro!

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