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Arizona somos todos…

por 4 mayo 2010

Lo que debe estar claro, es que las migraciones son una realidad insoslayable, imposible de detener por la fuerza.

“We are all Arizona”, rezaban los carteles de las marchas realizadas por la comunidad hispana y quienes la apoyan en setenta ciudades de Estados Unidos contra una ley de Arizona persecutoria de los inmigrantes, que afecta tanto a los que están legalizados como a los que no, abriendo la puerta al acoso policial y a la delación vecinal. Legisladores de otros Estados, como Texas, ya se aprontan a presentar propuestas similares. La ley es sospechosa de inconstitucionalidad tanto por cuestiones de competencia federal, como por derechos civiles.

El presidente Obama prometió en su campaña hacerse cargo del tema sobre la base del respeto a los derechos humanos y los intereses de los norteamericanos. Difícil ecuación, considerando que hay once millones de inmigrantes ilegales, y que parte de la solución pasa necesariamente por su legalización.

Lo que debe estar claro, es que las migraciones son una realidad insoslayable, imposible de detener por la fuerza.

Estados Unidos tiene su origen en la emigración desde Inglaterra por razones religiosas, y la moderna sociedad norteamericana es un “salad bowl” que se fue formando con sucesivas oleadas de inmigrantes europeos, asiáticos e “hispanos”, en el que cada componente mantiene sus características, pero a la vez entre todos forman parte de una unidad.

Basta ver cómo desde hace un tiempo las series de TV incluyen en una proporcionalidad casi matemática a personajes de distintos orígenes y etnias, y como los altos cargos políticos y de la judicatura se van cubriendo con americanos de otros orígenes. ¿Cómo podría renegar de su historia y su esencia una sociedad formada de esta manera, y en la que el primer principio es el de la libertad y el asilo, recogido en el soneto de Emma Lazarus inscrito al pie de la célebre estatua que recibe a los viajeros en Nueva York? Sin embargo podría ocurrir, si el temor a perder el empleo, la inseguridad ciudadana o la amenaza terrorista siguen siendo crecientemente asociados a los inmigrantes, aunque las estadísticas demuestren que su incidencia en el total de delitos es menor, y que pese a que haya aumentado la inmigración ilegal, el índice de delitos ha decrecido.

En Europa pasa prácticamente lo mismo, ya casi el 10% de la población es inmigrante, y crece pese al espacio Schengen que unifica normas y procedimientos para el asilo, refugio e inmigración. La última normativa aprobada por la UE sobre inmigración es la más restrictiva que nunca hubo, y ha sido objeto de rechazo cerrado de las ONGs, de los intelectuales y académicos europeos, así como de muchos europarlamentarios. Francia e Italia patrullan militarmente el Mediterráneo en busca de inmigrantes, y otros países endurecen sus leyes. Pero tampoco puede Europa, cuna de los derechos humanos y del estado del bienestar, emisora histórica de emigrantes hasta mediados del siglo XX, negarse a sí misma mediante la represión y el fomento desde el poder al racismo y la xenofobia.

En Chile los inmigrantes alcanzan casi al 3% y no es raro que puedan llegar al 5% de la población en pocos años, dada la atracción que nuestro país ejerce en su entorno como lugar de oportunidades de empleo. Pese a que la cesantía llega al 9%, hay sectores como la agricultura, el servicio doméstico y otros servicios, o la construcción, en los que estacionalmente falta mano de obra al punto que organizaciones de empresarios han solicitado una política para recibir trabajadores de otros países. No se observan todavía graves conductas xenófobas o de racismo, pero algunos hechos aislados van saltando a los medios informativos. Chile no cuenta con una política explícita y una normativa adecuada sobre inmigración, que es urgente adoptar, ya que al no existir claridad, se comienzan a crear bolsones de ilegalidad con los consiguientes abusos, marginalidad, delincuencia común, como ocurrió en España.

Lo que debe estar claro, es que las migraciones son una realidad insoslayable, imposible de detener por la fuerza. Hoy, la movilidad que proporcionan los modernos medios de transporte, cuyos costos descienden progresivamente en los últimos veinte años, junto al incremento de los factores de atracción y de expulsión, hacen que millones de personas se desplacen por el mundo en busca de mejores condiciones de vida. Pero está claro que actualmente, más que las guerras o los factores políticos y religiosos, es la fuerte dualidad e inequidad del desarrollo a escala local y global el factor principal que explica las razones de la migración, en un mundo en el que, sólo por dar un dato, mil millones de personas deben vivir con un dólar diario.

Los centros desarrollados, tanto dentro de los propios países del tercer mundo como a nivel planetario, son visualizados como la tierra prometida y fuente de oportunidades. Pero los inmigrantes en dichos lugares son vistos por una parte de la población como una amenaza, especialmente en épocas de crisis económica, o, al mismo tiempo en algunos casos, como un atentado contra la propia cultura y valores sociales.

La evidencia recogida en estudios de los organismos internacionales, y de las Organizaciones No Gubernamentales, demuestran que las migraciones en los países de acogida son un factor de desarrollo, aportan varios puntos al PIB, a la diversidad cultural y al mejor entendimiento social. Y no sólo eso. Las migraciones se han constituido en una forma directa de cooperación y traspaso de recursos desde los centros desarrollados a la periferia de menor desarrollo, y para algunos países en una fuente principal de ingresos, debido a las remesas que son enviadas regularmente a las familias de los emigrados.

Por cierto, los mayores flujos de personas que se desplazan o radican en los centros desarrollados albergan también externalidades negativas. El narcotráfico, el terrorismo, la delincuencia común, se valen muchas veces de estos flujos para sus cometidos. La marginalidad en que caen algunos colectivos de inmigrantes ilegales o indocumentados generan también una resistencia a la integración y fomentan la adopción de conductas antisociales que sólo contribuyen a alimentar en su contra la xenofobia y el racismo.

Las leyes represivas no solucionan una realidad cuyas raíces profundas tienen que ver con el tipo de desarrollo que hemos construido a escala global. ¿Por donde enfrentarla entonces?

En primer lugar, separando claramente inmigración de criminalidad y desempleo, y en esto la tarea principal corresponde a las autoridades, los partidos políticos y el sistema educativo.

Del mismo modo, poner en el centro de la cuestión los derechos humanos, que son universales, incondicionales y obligatorios.

Asimismo, intensificar la cooperación internacional para el desarrollo mucho más intensivamente que los objetivos del Milenio.

Es preciso aplicar el principio de la corresponsabilidad en la gobernabilidad de las migraciones, para generar en los países de origen oportunidades permanentes de empleo, educación, salud, vivienda, recreación, en los que adquieran protagonismo los propios emigrantes y sus familias.

De la misma forma, en los países receptores hay que intensificar la educación de la opinión pública frente a esta realidad, y disponer de instrumentos eficaces para la inserción e integración social, respetuosos de la diversidad, centrados en los derechos humanos, que eviten la marginalidad de los inmigrantes y su ingreso en la economía sumergida.

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