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La fe dentro de la Iglesia

por 5 mayo 2010

Más allá de si una cuestión de disciplina eclesiástica es un don divino, lo central es la verdad, la verdad de la vida que se vive, aunque llenos de pecado, iluminada por la fe.

¿Puede existir una Iglesia cristiana sin fe?  Sin duda alguna la respuesta es no, pues una de las notas del cristianismo es la creencia en la Revelación  que el Señor Jesús hace de Dios en la historia para cada uno de nosotros.  Distinto es el budismo que es una fe sin dioses y también las creencias que declaran que Dios es una energía planetaria, cósmica o natural, Dios es una especie de panteísmo, pero en el cristianismo Dios es una persona.  ¿Por qué hacerse esta pregunta? Sencillamente porque los casos de pedofilia muestran algo más que el puro crimen contra los niños, hablan de clérigos que hace mucho tiempo habían dejado de creer, que les importaba absolutamente nada la Revelación, la doctrina y las leyes de la Iglesia y persistían en ser funcionarios de ésta.

En muchas profesiones y oficios se está dispuesto a cruzar algunos límites cuando estos perdieron sentido o valor.  Traicionar el celibato en algunos sacerdotes no es sólo haber dejado de verlo como un bien, sino todo lo contrario, se trataría de una limitación absurda; cuando se piensa así se derribó un  límite y el celibato se acaba, igualmente con los niños.  Es decir, si estos no se aprecian a la luz de las enseñanzas bíblicas –si la Biblia no vale, ni tampoco la doctrina ni el Código de Derecho Canónico- entonces se podrá abusar de ellos y dañarles la vida para siempre.  En cristiano, ello es haber perdido la fe, la gracia de la fe.

Más allá de si una cuestión de disciplina eclesiástica es un don divino, lo central es la verdad, la verdad de la vida que se vive, aunque llenos de pecado, iluminada por la fe.

Permítaseme un recuerdo. Durante muchos años tuve fuertes vínculos con la Iglesia, fui catequista de novios, ministro de la eucaristía, presidí paraliturgias, sacramentales, funerales, leí la epístola en la misa mayor de mi parroquia, pertenecí al consejo parroquial y al zonal, y puedo hacer crecer la lista mucho más.  Traigo a colación lo anterior porque, se puede decir, conozco la Iglesia puertas adentro.  En esos menesteres conocí a varios obispos y con algunos hice amistad (con las distancias que pueden darse entre un laico y un clérigo) a lo largo de mi compromiso con la Iglesia.

También fui amigo de bastantes sacerdotes, muchos de los cuales conocí cuando era niño y ellos tenían un breve tiempo de ordenación, otros que conocí eran contemporáneos míos.  De entre estos últimos recuerdo especialmente a uno de una parroquia de la cual fui feligrés, entablamos lazos de confianza, nos visitábamos recíprocamente y conversábamos de la vida; con un vicario de éste nunca pude tratar con más cercanía, pensaba que por su condición de profesor de teología era más estirado y yo era un simple laico. Iba a la casa parroquial a veces y nunca vi nada extraño; todos los sacerdotes que allí vivían o se quedaban a alojar tenían una vida moralmente íntegra.

Estando en el comedor parroquial hablando de cuestiones más profundas –estaba recién de moda la posmodernidad y había escrito un articulo sobre ese tópico– le escuchaba con atención y caí en la cuenta que mi sacerdote amigo estaba muy al margen de cualquier clase de cristianismo, le pregunté en confianza y se cortó.  Diría que se asombró de haber sido descubierto y atribuyó mi pregunta a mi poca formación teológica, ya recompuesto, me miró con condescendencia. Le dije que su opinión sobre los laicos era bastante mala, que no era un erudito ni mucho menos en temas teológicos, pero que de argumentación lógica sabía.

Fue extraño, mi confesor, quien administraba el perdón en nombre de Dios, a quien ayudaba en las misas, el que se inclinaba con unción sobre las Sagradas Formas, celebraba con precisión y eficiencia un rito, para él, vacío.  Me planteó que estaba a la búsqueda de una clase superior de fe, de convicciones más profundas; posteriormente declaró estar confundido, arguyó que su origen social, con pocos libros y con padres más buenos que intelectuales, no le habían permitido cerrar cuestiones abstractas y profundas.  No le insistí pues había elaborado un dispositivo que le protegía de su desnudez, estaba despojado completamente de la fe y quizás desde cuando.  Pero era mi amigo.  Su colega teólogo profesional estaba en las mismas, los demás consagrados era un mezcla de niños que vivían la condición seminarística o sacerdotal como una carrera; recuerdo a uno radiantemente dichosos por el status que le confería el sacerdocio era un ascenso social para él.

Aún así, para mí era una amistad que valoraba, pues era un amigo inteligente, sensible, al día en muchos temas y con una buena biblioteca.  Hacia el fin de nuestra amistad tuve claro que la New Age lo había seducido completamente.

Cuando mi matrimonio terminó esperaba su palabra reconfortadora, su amistad tan viril, ese corazón bien dispuesto que puede apreciarle con tanta gente que se le acercaba.  Nunca le volví a ver, solamente una vez me llamó al trabajo para preguntarme si el quiebre que había experimentado era por mi culpa y si lo había meditado.  Evidentemente no había sido mi amigo pues no conoció mi corazón.  Le respondí que había cambiado de confesor ya que no estuvo disponible y le colgué.  No supe más de él, no ha sido promovido al episcopado, no es monseñor ni sé si sigue siendo sacerdote, la parroquia en que lo conocí ahora la administra una congregación.  Bueno, me abandonaron todos mis amigos clérigos, pues los separados nos volvemos apestados, quedamos en una especie de limbo social y ya más nadie se preocupa por nuestra salvación.

Aunque sea una afirmación temeraria –de esa que se decía que era un pecado, pues no se debe dudar de la fe ajena– creo que el tema es que los sacerdotes que cometen abominaciones no tienen fe, pienso en ese cura que tenía un relación de amancebamiento con una mujer que era su cómplice en la seducción de muchachitas jóvenes pobres gastando el dinero del culto en moteles.  Es obvio que no le importaba nada administrar los sacramentos, bautizar bebés o dar primera comunión a almas tiernas.  No era más que un ganapán, se ganaba el pan burlándose de nuestras creencias (y era convincente el miserable).

No tengo nada con quienes pierden la fe o no la tienen, más la deshonestidad es reprobable, la mentira permanente para conservar la “peguita” que les ha dado prestigio y alguna clase de poder con los pobres y simples.  Pienso en Maciel como ejemplo,  que no dejó pecado de la carne sin cometer.

Hace pocos días los obispos pedían perdón por los pecados de los pederastas y defendían el celibato como un don de Dios.  Más allá de si una cuestión de disciplina eclesiástica es un don divino, lo central es la verdad, la verdad de la vida que se vive, aunque llenos de pecado, iluminada por la fe.  Lo que hemos vivido es producto de eso, y del gran espíritu corporativo de los sacerdotes ministeriales.

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