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La incredulidad de Tohá

por 7 mayo 2010

La incredulidad de Tohá
El modelo elitista ha producido una “generación quemada”, esa que fue instrumentalizada a fines de los ochenta, que hizo posible la transición y que luego fue excluida del acceso al poder. Ese fue el grueso de la votación de Marco Enríquez en primera vuelta.

¡No creo que hayan sido trabajadores! Fue lo primero que atinó a decir Carolina Tohá en el acto de la CUT, luego de la lluvia de monedas, escupitajos y palos que recibió ese día, todo ello aderezado con un rosario de improperios de grueso calibre. Los demás concertacionistas que tuvieron el mal tino de asomar la nariz por ahí, también recibieron lo suyo. Incluyendo al Senador Juan Pablo Letelier y un poco conocido diputado que recibió una sonora y humillante patada en el trasero.

En la incredulidad de la mujer de hielo estriba el problema. La Concertación no atisba el por qué de la derrota. Para algunos fue una cuestión del candidato y piensan que con Bachelet van a volver triunfantes el 2014. Otros –como Tironi- que fue una suerte de “voluntad de perder” instalada en el comando lo que les condujo a la derrota. La irrupción de Marco Enríquez y el contenido de su discurso son interpretados como signo de despecho, como revanchismo, y nada más. Aquéllos que se han sumado a las críticas del díscolo, cualquiera sea el tono empleado, son mirados con recelo y a veces con abierto encono por los históricos de la Concertación. Esto explica la noche de los cuchillos largos que ha sucedido a la elección presidencial.

Desde conservadores como Portales hasta liberales como Santa María, la clase política chilena ha desconfiado de las masas y se ha esmerado más en dirigirlas que en escucharlas.

Los partidos políticos han recibido expresamente de la Constitución la carga de contribuir a la formación de la voluntad política de la ciudadanía. La voluntad popular –como apunta Claus Offe- no sólo se expresa a través de ellos sino que, de hecho, se forja por ellos. En Chile, poco más poco menos, ha imperado un modelo de democracia elitista. Desde conservadores como Portales hasta liberales como Santa María, la clase política chilena ha desconfiado de las masas y se ha esmerado más en dirigirlas que en escucharlas. No tengo espacio aquí para analizarlo, pero esto es válido incluso para el gobierno de la Unidad Popular.

La instrumentalización de los ciudadanos es una práctica que cruza todo el espectro político. Como técnica, es aprendida rápidamente por todo nuevo recluta de las coaliciones y sus partidos. Por eso, no es de extrañar que políticos jóvenes se comporten como viejos y que, por ello, las malas prácticas como ésta no sean patrimonio de una generación en detrimento de otra. Yo sospecho, a despecho de lo que crea la Tohá, que sí se trataba de trabajadores cansados de ser usados por otros. Esos que haciendo gárgaras con los derechos laborales, han secuestrado la agenda del movimiento sindical y la han reemplazado por la suya propia.

Que estos dirigentes se hayan ido a meter a un lugar donde ya no los quieren, revela la gravedad del asunto: nunca se les pasó por la cabeza que tendrían semejante recibimiento. Como decían muchos trabajadores con amargura: “Ahora se aparecen por aquí, después que no hicieron nada por la clase trabajadora en todos estos años”.

El modelo elitista ha producido una “generación quemada”, esa que fue instrumentalizada a fines de los ochenta, que hizo posible la transición y que luego fue excluida del acceso al poder. Ese fue el grueso de la votación de Marco Enríquez en primera vuelta. Las políticas anquilosadas de la Concertación allanaron el camino para que llegaran a La Moneda los que secuestran la agenda de los trabajadores diluyéndola en una discusión de técnicos que, sin pasar por el tamiz de la democracia, imponen la agenda de los intereses privados a los que sirven. De allí los insultos, los escupitajos y las monedas.

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