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¿Es la evaluación docente el escondite de una catástrofe?

por 10 mayo 2010

Recientemente se han dado los resultados de la prueba Inicia, tomada en 2009 a más de 3.200 egresados de los programas de pedagogía de Educación Básica y Parvularia de 39 universidades de todo el país.

Ese rotundo 53 % de profesores en formación que no lograron responder “correctamente” el examen, está lejos de representar la dimensión total del problema.

Efectivamente, si dirigimos la mirada a los aspectos evaluados por el test, nos encontraremos con una herramienta que aspira a medir conocimientos y competencias de orden fundamental “Conocimientos en el ámbito disciplinario donde el futuro docente se desempeñará; Conocimientos pedagógicos generales y de didáctica de la disciplina; Competencias pedagógicas fundamentales (asociadas a tareas elementales de la docencia como: planificación de la enseñanza, evaluación de estudiantes, análisis y reflexión pedagógica, manejo de un grupo curso, enseñanza de contenidos curriculares, etc.).”[1] Asimismo, apunta a tantear las habilidades escritas y en el manejo de TIC aplicadas a la educación.

Sin embargo, el programa Inicia cuenta con etapas y, en esta oportunidad, solo se han evaluado conocimientos disciplinarios (lo que ha dado noticia en el área de matemáticas por estos días), manejo del escrito, manejo de TIC y ciertos aspectos de carácter pedagógico.

Dicho de otro modo, hasta ahora no se ha testeado de un modo integral todos los aspectos que competen el quehacer de un profesor.

Si tomamos solo una de las numerosas teorías que abordan las facetas del trabajo docente, Paquay[2] nos habla de seis paradigmas, entendidos como maneras de ver y de pensar el oficio de profesor, donde el desafío es de ser a la vez:

- un Maestro instruido; que maneja saberes (disciplinarios y interdisciplinarios, didácticos y epistemológicos, pedagógicos, sicológicos y filosóficos),

-       - un Técnico; que ha adquirido sistemáticamente y analíticamente los saber-hacer técnicos, relativos a la diversidad de tareas y funciones profesionales,

-          -  un Practicante artesano; que ha adquirido en el terreno esquemas de acción contextualizados, al modo del saber-acción que gracias a la experiencia y al aprendizaje significativo han sido “trabajados” e incorporados,

-           - un Practicante reflexivo; que ha construido un “saber de la experiencia” sistemático y comunicable, más o menos teorizado,

-       - un Actor social; que se compromete en proyectos colectivos y es consciente de las encrucijadas antropológicas y sociales de las prácticas cotidianas,

-         -   una Persona; que está en relación sensible con las cuestiones de las identidades profesionales y, además, implicado en una dinámica de desarrollo de sí mismo.

Bajo este análisis multidimensional del trabajo docente, podemos ver que lo que hoy por hoy ha dado noticia solo representa el primer aspecto de un largo proceso de formación integral.

¿Qué habrá tras el ruido de estos recientes resultados? ¿Será tan solo el viento que predice la tormenta?

Sin ánimo de ser alarmista y teniendo en cuenta un esquema más completo del complejo proceso de educar profesores, tal vez sea un ejercicio sano incorporar dos elementos que no se deben ser dejados de lado.

Primeramente, no debemos olvidar que se trata de jóvenes en proceso de formación docente que han seguido un programa de estudio elaborado por especialistas en el área, en el seno de una institución de educación superior. Esto nos llama a preguntarnos por el modo de confección de los programas de formación docente, de sus prioridades y del grado de responsabilidad que les compete a las universidades, que es tanto o más importante que aquel del Mineduc.

Del mismo modo, esto debiese ser un llamado a continuar con la reflexión con respecto a las herramientas de evaluación propuesta por Inicia y, por sobre todo, con respecto al perfil de profesor que se quiere: ¿se considera desde ya en lo medido los aspectos fundamentales y constitutivos del docente chileno que necesitamos?

No vaya a ser que nos perdamos una vez más entre los números, los resultados, las estadísticas y los controles internacionales de medición de conocimientos, en desmedro de una educación integral y de calidad. Esperemos que este “fracaso” momentáneo sea una oportunidad para mirar un poco más allá y aspirar a mejorar e innovar, para no convertirnos, como ya es nuestra costumbre, en el alumno que copia en el fondo de la sala de clases.

[1] Texto tomado del sitio web del programa inicia www.programainicia.cl

[2] Paquay, L. (1998) Six paradigmes relatifs au métier d’enseignant, in Paquay, L. (Ed.), Former des enseignants professionnels. Bruxelles, De Boeck, Bruxelles (1era ed. 1996), p. 154-163.

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