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La culpa la tiene Tironi, ¿no?

por 13 mayo 2010

La culpa la tiene Tironi, ¿no?
Aunque las preferencias del electorado tienden a la estabilidad, el futuro inmediato no parece promisorio. Para enfrentarlo, dicha coalición requerirá de una radical transformación de las prácticas internas de sus partidos, promover un nuevo espíritu coalicional seguramente basado en una agenda programática renovada y preparar dos campañas que prometen menores recursos y mayor competencia de la derecha.

Coincido con la tesis central de Eugenio Tironi: la derrota de la Concertación tiene una explicación coyuntural y otra institucional. La primera referida a los “errores” forzados y no forzados de la campaña. Gran parte de su reciente libro narra las decisiones que rodearon al comando en términos de lo que se pretendía y los obstáculos que se encontraron en el camino.

La segunda explicación alude al proceso político interno que vivió la coalición. Su interpretación  pone énfasis en las prácticas de clientelismo político desarrolladas desde mediados de 1990 y que involucró el desarrollo de redes de apoyo para conseguir votos a cambio de favores. Dicha práctica permeó a los parlamentarios, quienes capturaron los partidos políticos.

Estas maquinarias electorales fueron excluyendo progresivamente a las elites profesionales, artísticas e intelectuales. Paralelamente, se produjo un distanciamiento entre los partidos y el núcleo estratégico del gobierno. Los partidos dedicados a capturar votos, y las autoridades gubernamentales respondiendo a demandas técnicas y de política pública.

Desde ese núcleo estratégico precisamente se favoreció el status quo, esto es, se decidió no intervenir en las lógicas internas que estaban erosionando a los partidos.

No cabe duda que los factores mencionados son los fundamentales. Existen, sin embargo, dos interpretaciones que son problemáticas en la explicación de Tironi.  La primera se asocia con esta supuesta tecnocratización del Ejecutivo. Los hechos demuestran que aquello sucedió sólo en algunos sectores del Estado pero en el núcleo estratégico de los gobiernos concertacionistas siempre predominó una visión política.

El problema no fue que la cúspide de la coalición se haya tecnocratizado. El asunto más bien se refiere al tipo de relación que se estableció entre el grupo central del Ejecutivo y los partidos que lo apoyaban. Y parece ser que desde ese núcleo estratégico precisamente se favoreció el status quo, esto es, se decidió no intervenir en las lógicas internas que estaban erosionando a los partidos. Ni Frei, ni Lagos, ni Bachelet quisieron abrir aquella caja de Pandora.

La segunda aseveración problemática dice relación con las motivaciones para votar. Explica Tironi: “Los electores al final votan por personas, no por colectivos ni representantes ni símbolos ni programas. Así lo dicen todos los expertos en campañas políticas”.  Los malos atributos de Frei habrían llevado a la ciudadanía a optar por otro candidato.

Parece ser que, al menos para el caso de Chile, aquellos expertos en campañas están equivocados. Lo que demuestra la historia electoral es una más que notable persistencia de las preferencias electorales de la población. Puesto de otro modo, pese a todos los malos atributos del candidato concertacionista, un altísimo porcentaje se inclinó a votar por la Concertación. La cantidad de votos en disputa desde 1999 a la fecha no supera los 300 mil, es decir, menos del 4% de los electores.

Efectivamente Chile cambió. Sin embargo, uno de los elementos que no ha cambiado (al menos drásticamente) es la intención de voto. Por ello, la inferencia que hace el autor no se condice con los resultados electorales. Dice Tironi: “El resultado de las elecciones 2009-2010 desató una rebelión  de las bases concertacionistas hacia los dirigentes de los partidos”.  En realidad, la transferencia de menos de un 4% de votos de una coalición a otra muestra que tal “rebelión” no existió.

Lo anterior podría tener una consecuencia política muy negativa: las elites concertacionistas podrían argumentar que dada la estabilidad en las preferencias electorales, no habría que hacer mucho. No obstante, dos circunstancias afectarán la futura competencia electoral. La primera dice relación con la probable decisión de permitir la voluntariedad del voto en Chile. Aquello implicará una probable reducción en la cantidad de electores y el hecho que serán los estratos sociales más altos los que concurrirán a votar.

Lo segundo es que la ventaja comparativa que gozó la Concertación de contar con el aparato del Estado se diluyó. El escenario político para las elecciones municipales y presidenciales futuras es radicalmente distinto: la Alianza tendrá acceso a los recursos del Estado y del sector privado para organizar campañas como nunca antes en Chile hemos observado.

Por lo tanto, aunque las preferencias del electorado tienden a la estabilidad, el futuro inmediato no parece promisorio. Para enfrentarlo, dicha coalición requerirá de una radical transformación de las prácticas internas de sus partidos, promover un nuevo espíritu coalicional seguramente basado en una agenda programática renovada y preparar dos campañas que prometen menores recursos y mayor competencia de la derecha.

En su libro, Tironi invita a una discusión sustantiva sobre las causas de la derrota. Culparlo de los males que aquejan a la coalición no parece una estrategia muy adecuada. Tampoco lo es evitar una discusión de lo sucedido. Seguramente al comprender esas causas estaremos contribuyendo a dar pistas sobre el futuro del sistema político chileno y, más particularmente, sobre el destino de esta coalición.

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