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Michelle Bachelet y Los Imperdonables

por 13 mayo 2010

Michelle Bachelet y Los Imperdonables
Es lamentable que use todo el poder de su popularidad y liderazgo, bien ganados en otras áreas por sus aciertos como gobernante, para emitir juicios exculpatorios para su gabinete de crisis y las Fuerzas Armadas, en un tema donde está abiertamente reprobada, independientemente de su liderazgo.

Parafraseando su respuesta a Soledad Alvear en el pasado, la ex Presidenta de la República decidió vender el sillón de don Otto antes que enfrentar críticamente la falla del manejo de crisis durante el terremoto del 27F, y referirse a las responsabilidades involucradas, incluida la suya.

Es lamentable que use todo el poder de su popularidad y liderazgo, bien ganados en otras áreas por sus aciertos como gobernante, para emitir juicios exculpatorios para su gabinete de crisis y las Fuerzas Armadas, en un tema donde está abiertamente reprobada, independientemente de su liderazgo.

Peor aún es que, en un  asunto de Estado como la política de seguridad interior, que corresponde a instituciones especializadas y con competencias de ley, endilgue responsabilidades a terceros como la Universidad de Chile.

La ex Presidenta de la República debiera entender y aceptar que, desde el punto de vista del interés nacional del Estado de Chile, lo principal son las responsabilidades en la falla de un sistema vital para la supervivencia sana del Estado. Porque solo a partir de ello se puede rectificar. No es, por lo tanto, la búsqueda de la culpa de tal o cual funcionario.

Lo mismo debieran entender todos los funcionarios  políticos, jefes policiales y militares, quienes por cargo o profesión tienen o han tenido legalmente la obligación de  manejar los temas de crisis. Hasta ahora, y de la manera como se ha dado la discusión, el sistema seguramente sigue paralizado en su forma estructural, y perfectamente puede volver a repetirse una catástrofe de similares características, mientras se banaliza toda la seguridad.

De otra manera no se produciría tanta barbaridad administrativa como la promiscuidad política militar que hoy existe en el Ministerio de Defensa, ni tanto gasto inútil, ni tanta mala decisión.

No tienen sentido, por lo tanto, las explicaciones del tipo “estuve al frente desde el primer momento” o “las Fuerzas Armadas han desplegado una ayuda abnegada frente al desastre”. Y ¿qué debieran haber hecho si no?

Lo que sí corresponde, es que donde los reglamentos internos y la cultura institucional indican como opera la responsabilidad, esta  se aplique. Principalmente para que las decisiones que haya que adoptar hacia el futuro no tengan la sombra de la exculpación personal. En el caso de la Armada al menos, significa que en virtud de la responsabilidad del mando, el relevo del Comandante en Jefe resulta inexcusable. Parece un hombre honesto y transparente, pero su institución falló, por la causa que sea, pero falló, y le toca asumir con honor su retiro. Eso es parte de la vida de un militar.

En el mundo político la regla debiera ser el autocontrol y el silencio, excepto en las esferas institucionales donde deban testificar.  El ex ministro del Interior Edmundo Pérez ha tenido al menos ese buen sentido pese a que su cartera debe más de una explicación.

No ha hecho lo mismo el de Defensa, Francisco Vidal, quien se ha paseado por cada set informativo justificando y justificándose del desastre. En medio de una confusión de roles, no se sabe si habla como asesor del Comandante en Jefe del Ejército o como ex Ministro. Su diálogo sobre los helicópteros con la Presidenta Bachelet es lapidario y lo retrata de cuerpo entero.

Situaciones como la de él tornan casi paranoico el escenario. Pues en el actual  ministerio de Defensa el ex Comandante en Jefe de la Armada, el Almirante Rodolfo Codina, es jefe de gabinete del ministro, otro ex Comandante en Jefe, en este caso del Ejército, Oscar Izurieta, es Subsecretario de Defensa, y el propio ministro viene de haber servido el mismo cargo durante los gobiernos de la Concertación.

Es esa extrema promiscuidad política y burocrática la que pone dudas a las correcciones y resta espacio a un debate ponderado, serio y técnico sobre ellas, dejando todo en el nivel de lo personal y las imágenes que se debe defender.

Si existen problemas de vuelo nocturno de helicópteros es porque estos carecen del instrumental necesario para que ello ocurra. Es un problema de planificación y recursos, policiales y militares. Es el país el que no tiene naves aéreas con capacidad de vuelo nocturno y visores adecuados para inspección territorial.

Si carecemos de un sistema de comunicación estratégica de emergencia es porque no lo hemos planificado adecuadamente. Si, como dice el ministro de Defensa de la época, funcionó el del Ejército pero este es solo entre unidades militares y eso significa que las tareas de enlace con la autoridad civil no existen, lo que corresponde a una deficiencia de planificación y control del ministerio y de la institución respectiva.

Si las ramas no se podían comunicar entre ellas es porque sus equipos carecen de la debida compatibilidad y complementariedad operativa, y la planificación conjunta no existe. Lo que existe como concepto de lo conjunto en nuestras Fuerzas Armadas son normas de operación conjunta, es decir asistencia entre unidades de diferentes ramas en determinadas circunstancias, tal como lo reconoce el último Libro de la Defensa Nacional.

Más aún, la conceptualización de lo que es catástrofe no existe, como lo demostró la caída de todos los sistemas durante al menos 48 horas, y el famoso video de la ONEMI. Ello pese a que somos un país  sísmico, de gran fragilidad y complejidad territorial, y donde en décadas pasadas los militares vivieron haciendo simulaciones sobre la llamada HV3, es decir un conflicto armado simultáneo con nuestros tres vecinos.

Todas las explicaciones que las autoridades de la época y los responsables militares y de la seguridad han dado sobre  las fallas de comunicación y logística, han apuntado a radicar la responsabilidad en hechos puntuales o niveles bajos de la administración. Tal o cual intendente, tal o cual jefe de servicio o comandante de unidad. Nunca una evaluación holística serena que parta de la conclusión obvia: hay una falla en la planificación y previsión en el sistema de manejo de crisis y catástrofes. Y ello involucra toda la seguridad y toda la defensa.

Pensar que lo ocurrido se debe a que las competencias legales estaban cambiando, y que las Fuerzas Armadas molestas habrían dejado caer los sistemas no merece siquiera un comentario. Tampoco lo merecen las opiniones que dicen que las Fuerzas Armadas han sido crecientemente marginadas por criterios ideológicos o doctrinarios de las decisiones de Estado y se carece de mando político.

Sólo la ignorancia en los asuntos de Estado o, por el contrario, la manipulación e instrumentalización de sus políticas más importantes puede alimentar tales posiciones.

Lo ocurrido es simple. La magnitud del hecho dejó fuera de combate al primer instante toda la planificación de crisis vigente. Desde las instituciones y medios hasta los manuales. Demostrando que la seguridad y la defensa han sido manejadas de manera inexperta e ineficiente, tanto por parte de los civiles como por los encargados de la planificación técnica de la seguridad. Ese es el núcleo de los imperdonables.

Es absurdo pensar que está en juego el liderazgo de Michelle Bachelet si ella asume que primero como ministra de Defensa y luego como Presidenta de la República se equivocó medio a medio en las políticas de Seguridad y Defensa y se dejó llevar por los prejuicios de la familia militar.

También es absurdo pensar que al país le hace mal que se vayan los Comandantes en Jefe y nuevos mandos militares encabecen la modernización que debe hacerse en el sector. Se trata de instituciones permanente del Poder Nacional, cumplen una función irremplazable y deben funcionar de la menar más eficiente. Ese es el objetivo.

Más absurdo todavía es pensar que reconocer la incompetencia política de los civiles en materia militar y de seguridad es mala cosa. Hay que hacerlo pues de otra manera no se produciría tanta barbaridad administrativa como la promiscuidad política militar que hoy existe en el Ministerio de Defensa, ni tanto gasto inútil, ni tanta mala decisión.

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