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Colombia, la rebelión de los alcaldes matemáticos

por 25 mayo 2010

Luego aparece el ex rector y filósofo de origen lituano, Antanas Mockus, que ganase la alcaldía con su revolucionario mensaje de que Bogotá podía mejorar su convivencia y seguridad a partir de la extensión de la ciudadanía.

Una escéptica abogada y académica de una prestigiosa universidad de Bogotá, independiente acérrima, se ha convertido en una activista del candidato presidencial Antanas Mockus con una pasión y sentido mesiánico que sorprende: “Colombia merece un Gobierno decente”, “basta de reducir la política a la seguridad”, “aunque digan que perderemos en el campo, tenemos verde esperanza en un país de ciudades”.

Ni en sus peores pesadillas, el actual Presidente Álvaro Uribe, pensó que su delfín, el ex ministro de defensa Juan Manuel Santos, conocido mundialmente al acompañar el rescate de Ingrid Betancourt, estaría empatado en las encuestas con Mockus, el excéntrico ex alcalde de Bogotá. Uribe quiso ir a la reelección, basado en su altísima popularidad del 70% tras ocho años de éxitos en su política de enfrentar la inseguridad y la guerrilla (medida en baja de secuestros, asesinatos, atentados y delitos). Álvaro Uribe, que coqueteó con la izquierda del Partido Liberal, tuvo un viraje en su vida cuando su padre fue asesinado por las FARC. El ex Gobernador de Antioquía de la poderosa región de Medellín, con el rigor de la cultura “paisa” ( y el sombrero blanco ad-hoc), se propuso ganar la presidencia, romper con medio siglo de alternancia en el poder de liberales y conservadores, emprendiendo una agresiva política anti guerrillera, que como es sabido, con el apoyo logístico norteamericano, no titubeó en granjearse el odio ecuatoriano al violar la soberanía del país andino para bombardear el campamento del Raúl Reyes, segundo hombre de las FARC.

Luego aparece el ex rector y filósofo de origen lituano, Antanas Mockus, que ganase la alcaldía con su revolucionario mensaje de que Bogotá podía mejorar su convivencia y seguridad a partir de la extensión de la ciudadanía.

El Presidente todo terreno, que sábados y domingos visitaba pueblos y recónditas regiones donde el Estado parecía un fantasma, tampoco dudó en crear un nuevo partido - “de la U”, por cierto-, reformar la Constitución para reelegirse, enfrentarse con dureza a su vecino Chávez, soportar la caída de algunos aliados salpicados y destituidos por sus vínculos con la narco-política y los paramilitares de extrema derecha.

Los enemigos de Uribe le acusan de actitudes antidemocráticas, como su intento de promover una nueva reelección que fue bloqueado por el Tribunal Constitucional, de parecer a Chávez en la megalomanía, de permitir escándalos como el asesinato de jóvenes perpetrado por segmentos militares, fustigar opositores y reducir la acción pública a sus aspectos represivos. Además, le restan méritos, recordando que el ex presidente Pastrana inició la limpieza de instituciones (el terrorismo de Estado fue real en Colombia), la separación de poderes, la modernización de un Ejército corrupto e ineficiente.

Los partidarios de Uribe y de su candidato Santos, recuerdan que Colombia estaba en una profunda crisis económica y social el año 2001, la economía en recesión, la inversión y el turismo destruidos, las FARC y otros grupos irregulares (otras fracciones armadas como en ELN y los grupos paramilitares) controlando un tercio del territorio nacional, la inseguridad descontrolada, los departamentos endeudados y la legitimidad democrática en caída libre. Ocho años después, el país exhibe una economía saneada, acuerdos sociales, respeto a la democracia (que se refleja en la destitución de parlamentarios del propio uribismo), mejora de las finanzas públicas, disminución de asesinato de periodistas y sindicalistas, auge del turismo y aumento de la confianza pública.

La antinomia oculta procesos más de fondo de desarrollo político e institucional que explican el por qué Mockus tiene una chance de ser presidente a pesar de tener al frente al símbolo de la mano dura, el poderoso ministro de defensa y miembro de las familias más influyentes de Colombia, como son los Santos, dueños históricos de los principales medios de comunicación. Hay que mirar el origen de la alianza de alcaldes y grupos sociales y políticos renovadores tras Mockus.

Durante la década de los años noventas, se sucedieron en Bogotá gestiones municipales exitosas basadas en la reforma fiscal para recaudar recursos con equidad que realizó el alcalde Jaime Castro, que permitió una política urbana y de transporte innovadora con el alcalde Peñaloza, artífice del “Transmilenio”. Luego aparece el ex rector y filósofo de origen lituano, Antanas Mockus, que ganase la alcaldía con su revolucionario mensaje de que Bogotá podía mejorar su convivencia y seguridad a partir de la extensión de la ciudadanía, a pesar de la violencia imperante y la falta de confianza en Colombia (narcos, asesinato de candidatos presidencial, auge de las FRAC y de los paramilitares). Mockus en un plan heterodoxo, restringe horarios para disminuir agresiones producto del alcohol, hace campañas de ocupación de lugares públicos (como las ya universales “toma” de avenidas para trotar y caminar los domingos), comienza a recuperar el casco histórico, plazas y participación, días sin usar vehículos y mimos que buscan hacer reír a conductores en las calles atochadas. Es la nueva política de hacerse parte de la ciudad con corresponsabilidad. Bajan los indicadores de inseguridad en Bogotá, se resiste la crisis, se genera un espacio de tolerancia, que se corona con el triunfo en la alcaldía del sindicalista Luis Garzón del izquierdista Polo Democrático. En paralelo, Medellín tiene una historia similar desde su grave crisis con los carteles y la delincuencia común, para en el año 2000 elegir al joven académico de matemáticas, centrista e innovador, Sergio Fajardo, quien gana premios internacionales por profundizar las políticas de renovación urbana, cultura y cohesión social desde la Alcaldía.

En el ocaso de la era uribista, sectores que incluso fueron proclives al presidente, como la Alianza Social Indígena y el propio Fajardo, que levanta su candidatura presidencial, se distancian de las tendencias crecientes al personalismo y a la unilateralidad del discurso oficial. Fajardo marca en las encuestas, pero no crece. Por su parte, los tres ex alcaldes de Bogotá (Peñaloza, Mockus y Garzón) se unen, hacen una primaria con participación popular entre ellos, se alían al pequeño Partido Verde, y designan a Mockus candidato, quien luego ofrece a Fajardo la vicepresidencia. Con un discurso de firmeza tranquila frente a la guerrilla, pero de fuerte demanda de inversión social y cultural para enfrentar los nuevos retos de Colombia, la dupla de ex alcaldes y matemáticos, se dispara en las encuestas, dejando muy atrás a los partidos tradicionales (Noemí Sanín del Conservador y Rafael Pardo del Liberal) y al candidato Gustavo Petro del izquierdista Polo Democrático.

Todas las encuestas dan a Santos y Mockus pasando a la segunda vuelta y disputándose en forma estrecha el balotage. El voto de Mockus expresa las nuevas tendencias ciudadanas y progresistas, que rompen esquemas, y que se han expresado desde Chile con Marco Enríquez-Ominami a Inglaterra con la emergencia de los liberales-demócratas: electorado de las ciudades, muchos jóvenes, con mayor educación, ajenos al mundo conservador, pero distanciados del discurso monocorde de la izquierda tradicional, buscan nuevos caminos políticos.

Los analistas no se ponen de acuerdo, pero tienden a coincidir que no obstante Mockus gane la primera vuelta, le será difícil contra Santos en el ballotage debido a la falta de aparatos políticos en las provincias lejanas, sector agrícola y ciudades pequeñas. Además, Juan Manuel Santos hizo un gesto a la izquierda al sumar como vicepresidente al ex Gobernador del Valle (Cali) Angelino Garzón, proveniente de la izquierda sindical. Sin embargo, en una danza de señas aparentemente contradictorias en tiempos de pérdida de centralidad partidaria, la candidata conservadora, la ex diplomática Noemí Sanín, expresa animosidad hacia Santos y valoración de Mockus, no obstante la participación de su partido en el Gobierno de Uribe.

Por su parte, Antanas, en su estilo “iluminista” de académico y político sin historial partidario, se distancia públicamente del candidato liberal y de Petro, abanderado del Polo Democrático, quien marcha tercero en las encuestas con un diez por ciento. Liberales e izquierdistas aparecen como los votantes que requerirá Mockus para gobernar, pero el candidato y su entorno, en una difícil ecuación, marcan distancia de dichos sectores para no asustar electorado centrista y anti-partidos.

Más allá de las matemáticas electorales, la dupla de alcaldes renovadores confía en la progresiva construcción de ciudadanía crítica que se ha consolidado en Colombia en las dos últimas décadas, como señal de una nueva mayoría en el país que ha mejorado indicadores en procesos visibles (Uribe y su “seguridad democrática”) e invisibles para la opinión internacional (los municipios y su construcción de “ciudadanía activa”). La incógnita “x” pronto la resolverá Colombia entre continuismo o innovación.

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