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Concertación: emociones de otro tiempo

por 26 mayo 2010

Concertación: emociones de otro tiempo
La Concertación, como tal, huele hoy a pasado, a estética añeja, a retórica nerudiana, a trenza oportunista de amiguetes, sobrinas y cuñados. Uno de sus déficits más graves es haber contribuido a hundir el prestigio de la política, o a dejar que así ocurriera.

Curiosamente, el drama concertacionista actual es un poco el que suele aquejar a los vencedores. Casi todo el programa pactado por los partidos de la Concertación se cumplió: derrota de la dictadura, modernización de los antiguos partidos progresistas, reinserción de Chile en el mundo civilizado, drástica reducción de la pobreza, incorporación de la gran mayoría del país al mercado global, etc. En 20 años de paz social los políticos concertacionistas entregan un Chile económicamente sólido, más cohesionado, con instituciones que operan. Y en parte importante la catástrofe electoral y el desconcierto actual pueden venir de allí. Su agenda se agotó, las metas están cumplidas. El barco no sólo está averiado por el uso, sino que carece además de ruta y de sentido. Lo que fue ya no es por acción de ellos mismos. Pero curiosamente no parecen haberse dado cuenta. Están leyendo mal la nueva realidad que es fruto de sus esfuerzos.

Hay quienes abogan un poco ciegamente por refundar o reinventar la Concertación. Parece una tarea nostálgica. ¿Qué razones habría para ello aparte de darle pega a los dirigentes? La confluencia de demócratas cristianos y socialistas, o más ampliamente considerado, de sectores cristianos de clase media con sectores laicos, fue un invento indispensable para salir de la pesadilla pinochetista. Pero hoy no hay a la vista pesadillas de ese tipo, y no se entiende por qué razón debieran seguir amarrados en la vida política unos compadres de bigote izquierdista  con otros afeitados y olorosos a iglesia. Que además, ya no se soportan.

La actual oposición está compuesta por dirigentes que se hicieron adictos a una retórica, a un estilo y a unas emociones que pertenecen a otro tiempo.

Estratégicamente, los concertacionistas hicieron el mal negocio de comprarle a la derecha la idea de una Concertación entendida como un partido político, como una tribu. Se dejaron unificar bajo un logotipo. Nunca debieron hacerlo. Más que cohabitar forzadamente en una misma casa, los concertacionistas pueden llegar a vivir en un condominio, o a formar parte de una misma red satelital, para poner algunas metáforas. Los genes del bigote socialista, del feminismo PPD, de los guatones o chascones o sacristanes DC, y del asado radical son diferentes, y deben mantenerse diferenciados porque de otro modo las clientelas se confunden y el sentido mismo de la acción política se evapora. Se trata de un conglomerado de tribus, de un sistema de nodos receptores, distribuidores y negociadores con lenguajes distintos, con culturas de muy diferente origen. Esas tribus pueden sentirse libres si actúan con autonomía, pero se sentirán sin duda tensas y atrapadas si se las considera una sola cosa, algo que deba moverse con una sola bandera. Entregaron así, a lo tonto, uno de sus sellos de identidad, el derecho a la diferencia, el amor por la diversidad. Ni practicaron ese amor ni ejercieron ese derecho.

Hoy todo está dado para que naufraguen los intentos de refundar o reinventar una coalición que carece de sentido claro. Cierto, los concertacionistas representan una sensibilidad que es menos derechista que la de la derecha, pero eso no es suficiente. Los partidos deben quizá refundarse ellos, reconquistar el contacto con sus bases, dejar de ser mirados como agencias de empleo huérfanas de programas y de transparencia. No es cosa fácil dada la condición grupuscular y hasta familiar que los caracteriza. La Concertación, como tal, huele hoy a pasado, a estética añeja, a retórica nerudiana, a trenza oportunista de amiguetes, sobrinas y cuñados. Uno de sus déficits más graves es haber contribuido a hundir el prestigio de la política, o a dejar que así ocurriera.

Prestigiar la política, creer en ella como articulación de la vida ciudadana, quizá, podría ser el leitmotiv de una nueva alianza diferenciada de la derecha, que siempre prefiere lo empresarial o lo dictatorial para dirigir a un país. Pero para ello hay que recorrer mucho camino. Primero, es indispensable dar el ejemplo. ¿No sería el momento de reinventar a los partidos políticos? Pero lo que uno ve no es estimulante. Siguen los mismos viejos y viejas con las mismas maquinarias y el mismo lenguaje en la misma actividad endogámica, una lata. Peor aún, les da vergüenza dedicarse a la política. Como que perdieron el orgullo, lo regalaron. Sería conveniente quizá, también, actualizar la lectura de la realidad, que en eso anduvo mucho mejor Marco que Frei: no todo se explica mediante el eje izquierda-derecha, hay nuevos elementos en juego. Por último, necesitan levantar una agenda de temas concretos y viables, un programa que a la gente le haga sentido, algo por lo cual luchar. Todo lo cual, lógicamente, debe tener un nombre, unas ideas fuerza.

No parece posible que los dirigentes concertacionistas, a la velocidad que se mueven, si es que se mueven aún, vayan a lograr llevar adelante todo aquello en cuatro años o en tres y medio. Y eso es lo que hace pensar en que la derecha seguirá en el poder, no por ser más fuerte, sino porque la actual oposición está compuesta por dirigentes que se hicieron adictos a una retórica, a un estilo y a unas emociones que pertenecen a otro tiempo.

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