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Paralíticos & Co: Sobre un artículo de Gonzalo Garcés

por 1 junio 2010

Iván Thays me alcanza un enlace al artículo La parálisis de la crítica, publicado en la Revista Ñ de El Clarín de Buenos Aires por el escritor argentino Gonzalo Garcés. Es un durísimo comentario sobre el status quo de la crítica literaria en lengua española, al que vale la pena hacerle una que otra apostilla.

Garcés establece una suerte de ránking personal en las prácticas críticas de la prensa internacional: en el ápice superior la crítica anglosajona y en el inferior la francesa; no muy lejos del fondo de la tabla, la crítica en español. Y ya en ella, la española por debajo de la hispanoamericana.

Esta clasificación vertical no la ejecuta Garcés sin antes darle vueltas: ofrece como ejemplos de frecuente solvencia las reseñas de publicaciones como The New York Times Review of Books (yo no estoy tan uniformemente convencido de su calidad) o The New Yorker; parodia la retórica hueca del reseñismo francés; y, finalmente, distingue entre la caduca servilidad de muchos reseñadores españoles, incapaces de confrontar los circuitos empresariales del mundo editorial, por un lado, y la formulaica seudo-intelectualidad de otros tantos reseñadores argentinos, a quienes, cabe suponer, menciona como seña de lo que pasa en el resto de América Latina.

Aunque casi la totalidad de su artículo se refiere a la crítica ejercida de manera inmediata en la prensa, la encargada de dar la primera recepción a la nueva literatura en revistas y diarios, Garcés le dedica también un par de líneas a la crítica académica francesa, a la que desestima como una práctica más o menos alienante, o quizá enteramente alienante, más sumergida en la jerga del postestructuralismo que entregada a la intención de dilucidar una u otra obra literaria.

Allí tengo que objetar algo, aunque no fuera sino para defender mi propia práctica como crítico dentro de la academia americana (y además uno graduado en Cornell, a la vez cabecera de playa y último reducto del afrancesamiento crítico en los Estados Unidos): me parece injusto sancionar así, de un rápido plumazo, en una sola línea, el trabajo de una tradición crítica que, desde Barthes hasta Foucault, desde Derrida hasta Kristeva, y desde De Man hasta sus actuales practicantes, ha hecho mucho no sólo por establecer nuevas formas de comprensión para la literatura contemporánea, sino que en muchos casos ha influido creativa y activamente sobre ésta (lo que es, finalmente, la quintaescencia del diálogo entre críticos y creadores).

Dicho esto, las observaciones de Garcés, en su aspecto más general, siguen en pie: la crítica no académica, la de primera línea, la que lee los libros antes que cualquier otra, tiene un compromiso que, en el mundo hispano, al menos, ha dejado de cumplirse mayoritariamente: el deber del primer diálogo y de la problematización inicial; el deber de trazar las coordenadas para la lectura inaugural de la literatura nueva.

Cumplir con ese deber no es de ninguna manera simple: el crítico de prensa escribe para el lector de a pie pero lo hace en diálogo con el autor, con el texto y con otros críticos. Ese no es un equilibrio fácil de alcanzar: es como construir un puente que no conduza de un punto a otro sino desde varios puntos hacia varios otros y que sirva para tránsitos de diversas modalidades y distintas magnitudes.

Por supuesto, la dificultad no es excusa para el desacierto. Pero el desacierto no es la simple consecuencia de una epidemia de superficialidad y estultez que haya tomado por asalto las redacciones de prensa de todo el mundo hispano.

Garcés está particularmente inspirado cuando compara al mal reseñador con el encargado del servicio de protección al consumidor. Esa es probablemente una de las claves reales: el hecho de que la obra literaria haya pasado de ser producto artístico y mercancía a ser preeminentemente mercancía, ha convertido al crítico literario en parte del engranaje comercial, con la única posición más o menos análoga a la que alguna vez tuvo, cuando gozaba de sus prerrotativas originales: hoy sólo debe decir si el lector está recibiendo lo que espera por sus veinte dólares, en el sentido más estricto y limitado.

Pero todo esto no es una conjura editorial hecha a las espaldas de los escritores: una infinidad de autores son aliados, voluntarios o no, de esa mediocridad. Lo son cada vez que se quejan de un crítico no por la superficialidad de sus comentarios sino tan solo por juzgar negativamente lo que piensan que debió juzgarse de modo positivo.

Lo son, otra vez, cada vez que etiquetan a los críticos en general como "escritores fruntrados" o "autores sin talento", como si novelista y crítico no fueran dos oficios distintos sino un escalón superior y uno inferior en una escala de aspiraciones personales: la absoluta y global desautorización de los críticos, como conjunto, es el fin de la conversación, es la declaración de la total unilateralidad. Un crítico, después de todo, no es sino un lector con entrenamiento adicional: ¿qué escritor quiere degradar al lector a priori, declararse en eterno monólogo de aquí en adelante?

Y también lo son (aunque no quieran reconocerlo y casi nunca hablen de ello en público) cuando aceptan que los críticos decisivos de su obra sean el agente, el gran grupo editorial, la empresa distribuidora, los premios comerciales y el éxito de ventas.

(Esa suerte de capitalismo liberal mecánico y absurdo, que es en sí mismo la negación del riesgo artístico, es el primer mal del que deberían sacudirse los escritores que se tomen en serio: el mercado regula el éxito de las empresas y diseña formas de satisfacer al comprador, o hacerle crear que lo ha satisfecho, pero no determina el éxito del mejor arte, sólo el del arte más popular).

Hace muy bien Garcés (y esa es el real mérito de su artículo) en pedir de los críticos no más sintonía superficial con la obra de los escritores contemporáneos, sino más rigor, más disciplina, más inteligencia, mejor brújula y más penetración. Y sobre todo hace bien cuando exige que la crítica sea debate, que se juegue por algo, que suba la apuesta, que no mida los libros con la plantilla trivial de lo esperable sino con el metro más etéreo y más difícil de lo deseable e incluso de lo ideal.

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