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El futuro del pasado y la literatura latinoamericana en la cárcel del presente

por 7 junio 2010

Es posible imaginar el campo literario (sus tradiciones) como un plano cartesiano en el que la arista del tiempo interseca a la arista del espacio: infinitos tiempos, múltiples espacios, incontables cruces.

Un escritor busca sus referentes en ambas rectas, remontándose en la historia, hacia el pasado, colocándose a sí mismo en el presente o como una proyección al futuro; y abarca diversas geografías, distintos sitios de cultura. Inventa un universo ficcional que puede ser estático o traslaticio y puede concentrarse en un punto o estallar en muchas direcciones.

Los escritores del boom (y los inmediatamente anteriores y posteriores) solían concentrar sus obras dentro de los límites de un país, o estrecharlas a una sola provincia, una región, o acaso resumirlo todo en una villa imaginaria, un pueblo fantástico, una pequeña ciudad: Macondo, Santa María: América Latina y las historias nacionales de lo latinoamericano eran su obsesión.

Sin embargo, construían sus propias genealogías remontándose siglos, hasta hallar en los más remotos tiempos y espacios los más cercanos antepasados: Vargas Llosa a Martorell, a Tolstoi; García Márquez a Rabelais o a Cervantes; Bryce a Sterne; Sabato a Dostoievski; Borges a Snorri Sturluson, a De Quincey, a Melville; Fuentes a Henry James o a Horace Walpole.

Mi impresión es que esa amplitud cronológica ha quedado más o menos extraviada en las últimas dos generaciones de escritores latinoamericanos; que los de hoy privilegian más bien la ruptura de las barreras espaciales: escapan del país, de la ciudad propia y la región natal, pero no de la otra cárcel, la temporal, la cárcel del presente.

Seguramente mi generalización es un tanto arbitraria si uno se detiene a investigar casos particulares, pero no creo que lo sea la comparación general: hoy no es la norma entre escritores más o menos jóvenes que sus obras estén tan señalada por autores de otras épocas como ocurría con los casos que mencioné dos párrafos arriba.

Digámoslo de otra manera: es ciertamente arduo pensar en un libro latinoamericano reciente cuya lectura incite al lector a buscar un clásico: estos libros, quizás voluntariamente, no forman parte de un diálogo en el tiempo, al menos no de uno que encuentre en la tradición (y no en el simple relevo generacional) sus coordenadas.

Parte del aire de los tiempos es reemplazar la amplitud de rango que implica la admiración por los antiguos con una suerte de zambullimiento total en el presente: el resultado es que los más jóvenes, mis menores e incluso mis contemporáneos, parecen convencidos de que en la siguiente feria del libro, en el próximo catálogo de Houghton Mifflin o en este número de The New Yorker, aparecerán más libros dignos de su atención que en todos los siglos anteriores.

El problema es que es difícil construir un futuro interesante cuando uno empieza a funcionar como si solo existiera el presente: el impulso de lo anterior se extravía, uno se desorienta rebotando sobre el mismo sitio, el futuro deja de existir (sin pasado, no hay siquiera motivo para intuir la importancia del futuro), la idea de la tradición se esfuma.

Y no me refiero a ningún concepto decimonónico de tradición; me refiero a una de las constantes cruciales del trabajo literario: el consciente regreso creativo a la literatura del pasado en busca de los elelementos que harán la literatura del porvenir; el mecanismo que llevó a Faulkner hacia la Biblia, a Joyce hacia Homero, a Kafka hacia Cervantes; el mismo que llevó a Onetti hacia Faulkner, a Cabrera Infante hacia Joyce, a Piglia hacia Kafka, y, por tanto, a Onetti hacia la Biblia, a Cabrera Infante hacia Homero, a Piglia hacia Cervantes.

No hacen mal los escritores contemporáneos en vivir plenamente su propio tiempo ni en estar inteligentemente en contacto con lo que hacen sus colegas en el resto del mundo. Pero harían mejor si no olvidaran que el presente es siempre, de manera necesaria, infinitamente más pequeño que el pasado.

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