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El agua en la piscina

por 10 junio 2010

Imposible saber de que se habla cuando se negocia en privado o más bien bajo secreto. No hay modo de saber que es exactamente lo que se concede, que se compensa, que es lo que se tranza a cambio de una bajada.

Hubo un tiempo en que los líderes políticos chilenos no tenían la aversión a la aventura y al riesgo que hoy exhiben a cada paso y casi frente a toda circunstancia. Para entonces, dirigentes de muy distinto talante a los actuales,  acostumbraban embarcarse en arriesgadas y adversas aventuras electorales e incluso hasta a exponerse a las más descabelladas e inconducentes empresas políticas, acicateados por los ideales, los principios y los más afiebrados entusiasmos.

Por regla general esos auténticos líderes, de entre los cuales Salvador Allende y su perseverancia incombustible constituye un exponente más que sobresaliente, saltaban sin tantos remilgos, cálculos ni exigencias disparatadas a cualquier ruedo al que se sintieran convocados, las más de las veces a sabiendas de que no tenían ni la más minima oportunidad de salir bien parados.

Pero el saber que con toda seguridad perderían la apuesta, nunca era motivo suficiente para restarse a una lucha que asumían inevitable de librar, lloviera o tronara, tanto dentro de sus propios partidos como en las distintas circunscripciones o distritos, o en todo el país si  acaso el desafío era de carácter presidencial. Y hay que recordar que casi  siempre estos hombre y mujeres de otra estirpe, encaraban la lucha electoral que le pusieran enfrente  desde la más extrema precariedad de medios materiales, pero casi siempre desbordantes de solidaridades humanas generosas y gratuitas,  recorriendo el país en cualquier medio disponible o hasta transitando Chile a pie de punta a cabo si aquello era necesario.

Imposible saber de que se habla cuando se negocia en privado o más bien bajo secreto. No hay modo de saber que es exactamente lo  que se concede, que se compensa, que es lo que se tranza a cambio de una bajada.

Se trataba de lo que entonces se entendía como acumular fuerzas, de dar un testimonio de consecuencia práctica con las ideas propias, de sembrar para el futuro, de instalar un programa y un discurso, de marcar una posición en contradicción y conflicto con alguna otra.  Incluso de hacer eso que hoy denominamos despectivamente como hacer un saludo a la bandera, pero que se  asumía como un deber político irrenunciable para dirigentes políticos que se tomaban su oficio, su vocación y su pasión muy en serio.

Dar las batallas que debieran de librarse, sin dar ni pedir cuartel, aunque la lucha estuviera irremediablemente perdida de antemano y sin hacerse demasiadas preguntas sobre las oportunidades  ciertas de vencer era la tónica imperante. Asumiendo sabiamente que al final de los finales, en la política  y la lucha social en general, no hay victorias sin derrotas, ni retrocesos imposibles de remontar.

Lamentablemente, de un tiempo a esta parte la actividad política nacional parece dominada por el pragmatismo y el cálculo metódico, de modo que hacer política con la calculadora en la mano buscando siempre eso que llaman la  sandía calada, parece ser la tónica imperante.

Son cada día menos los líderes políticos que se atreven a lanzarse a una aventura electoral sin estar muy seguros de tener suficiente agua en la piscina. Y en verdad abundan quienes no contentos con ese dato crucial, no darán ni un paso sin estar además en conocimiento cabal de la profundidad de la pileta, de la temperatura del agua, de su grado de transparencia y acaso hasta de la composición precisa de los químicos e impurezas presentes en el liquido elemento. Hay que pensar, por ejemplo, en lo que fueron la alternativas de la elección del último candidato de la Concertación y en las condiciones que pusieron para competir los que a la postre se restaron, las cuales como se sabe versaron principalmente sobre piscinas y cantidades de agua disponibles para la zambullida.

Es decir, aversión total y sistemática al riesgo, renuencia a la competencia verdadera y en general a encarar de frente y a cara descubierta la diferencia y el conflicto, los que son naturales e inherentes a toda cuestión humana. Incluidos ciertamente los asuntos políticos en general.

Por lo que se observa, parece que en las internas partidarias que se avecinan, especialmente en la Concertación, y no solo allí,   pese a todo lo que se afirma con cara de circunstancia en cuanto a la necesidad de renovación de rostros y de estilos, esta resultando nuevamente más deseable un mal arreglín entre cuatro paredes y entre los mismos de siempre, que una buena, sana, democrática y transparente disputa por los liderazgos partidarios.

Imposible saber de que se habla cuando se negocia en privado o más bien bajo secreto. No hay modo de saber que es exactamente lo  que se concede, que se compensa, que es lo que se tranza a cambio de una bajada. Pero el resultado es evidente, dejar las cosas más o menos como están, es decir muy mal, reteniendo un poder burocrático y de pacotilla para beneficio de un grupo determinado que lo viene detentando desde tiempos inmemoriales bajo distintas apariencias y nombres de circunstancia. Evitando por cualquier medio o subterfugio  someter su propiedad transitoria al veredicto popular, que para el caso es el juicio de la militancia libre y soberanamente expresado en el voto.

Estos entendimientos copulares que suelen tener a un café cortado como cómplice y testigo de la operación de amarre, tienden a producir el extraño efecto de que existan autoridades partidarias electas mucho antes de que se produzcan las elecciones propiamente tales y que por lo mismo, a pesar de las explicaciones, aquello huela insoportablemente a tongo y a mascarada.

Sobre todo cuando tal impostura se fundamenta en la expresa voluntad de no producir fricciones o arriesgar divisiones y hasta de impedir, según se afirma alegremente,  que los contrincantes procedan a arrancarse los ojos unos a otros en medio de la contienda.  Como si los procesos electorales internos fueran una refriega protagonizada por una tropa de rufianes y las organizaciones políticas la propiedad privada y excluyente de los cabecillas de las mal llamadas sensibilidades internas. Las que no son más que grupos de poder que hace mucho tiempo no disputan en torno a posiciones políticas, como en el pasado, sino alrededor de cuotas de poder e influencia en el aparato público o al interior de los partidos.

Esas mismas entidades que los mismos de siempre zarandean a su capricho y ante la impotencia de la inmensa mayoría de los militantes, quienes no teniendo pito que tocar ni velas en estos auténticos entierros, terminan enterándose por la prensa de los hechos públicos y la trastienda de las organizaciones en las que militan voluntariamente y en las que son  sistemáticamente ninguneados o usados como masa de maniobra.

En el Partido Socialista se ha cocinado un menú semejante entre agrupamientos que desde hace años vienen haciéndonos creer que representan visiones  distintas y hasta antagónicas. Las principales corrientes internas, amén de de otros agrupamientos más precarios, cofradías que tal parece que desde hace tiempo renunciaron a tratar de sacarse los ojos mutuamente, se han empeñado en la conformación de un acuerdo electoral que, con la mítica piscina a la vista y calculadora en mano, parece presagiar una victoria del mencionado contubernio en las elecciones programadas para el 27 de junio.

De nuevo se prepara la escenificación de un proceso que parodia a unas elecciones democráticas pero en donde los militantes de a pie tendremos poco o nada que decir si acaso las calculadoras funcionan correctamente, si las máquinas internas mantienen su mítica capacidad de acarrear a las respectivas huestes y las piscinas tienen el agua que parecen contener.

Evidentemente, si este negocio llega a perpetrarse tal y como lo planifican los grandes electores, se materializará un nuevo desaguisado que vendrá a  sumarse  al completo absurdo que involucra que las mencionadas elecciones tengan lugar meses antes del Congreso en el cual el PS debiera definir su programa político para el próximo período. Es decir, se elegirá  una dirección que deberá implementar una política que será definida con posterioridad y no a la inversa, como manda la lógica más elemental.

Pero todas estas previsiones sobre calculadoras y piscinas podrían venirse estrepitosamente al suelo en bien de la democracia al interior de los partidos. La premisa esencial a partir de la que se sacan cuentas alegres es la que presupone que el poder de las máquinas internas, la capacidad de acción de los traficantes de votos y la influencia de los caudillos, especialmente los parlamentarios, se mantendrían intactas bajo las actuales circunstancias. Y que por lo mismo, siendo tales entidades los propietarios fácticos de los votos en disputa, el resultado estaría resuelto de antemano por el solo recurso de un acuerdo cupular entre los que verdaderamente deciden quién será el ungido.

Tiendo a pensar, o más bien deseo fervientemente, que esto no sea necesariamente así. Bajo una circunstancia en que los partidos de la Concertación enfrentarán sus procesos internos desde la oposición, previsiblemente el peso y la capacidad de acción y manipulación de los poderes fácticos tienen que haber decaído sensiblemente. De modo que sin la posibilidad de la prebenda o el castigo, la militancia que concurra a votar lo hará esta vez, y quizás como pocas veces antes, con una libertad e independencia de juicio que podría trastocar todos los planes de quienes imaginan que los resultados están ya decididos y que se puede celebrar el triunfo incluso antes de que se inscriban las listas en competencia.

No seria raro que los militantes, para variar, decidan esta vez por si mismos. Y que las posiciones políticas y la trayectoria de los candidatos sean el dato clave a tener en cuenta al momento de votar, y no otro tipo de cálculos o consideraciones subalternas. Piensen en todo  aquello los que concurran a votar, y por sobre todo no olviden de lo que es capaz un lápiz y un papel frente a poderes que parecen intocables y omnipotentes.

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