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De la nivelación de competencia al desarrollo de habilidades

por 15 junio 2010

El contexto universitario es un contexto complejo, en el que existen ciertos tipos de textos a los que nunca antes los alumnos habían estado expuestos y que, en rigor, no tendrían por qué.

¿Qué es lo que se supone debe “traer” consigo en términos de competencias un estudiante universitario de primer año? Esta pregunta ha sido materia fundamental de la discusión en torno a las reformas curriculares que varias de nuestras universidades están haciendo respecto de las llamadas “competencias básicas”. Al respecto hace unos pocos días pudimos leer en El Mostrador una columna de Jonás Chnaiderman, en la que realizaba un análisis muy acertado sobre el equilibro que deben buscar los planteles entre la disminución del fracaso estudiantil y la calidad de la formación ofrecida. Este punto hoy parece fundamental, dado el particular momento histórico que vive nuestra educación y, en particular, en el nivel superior.

Sin embargo, al momento de definir las competencias llamadas “básicas”, surgen bastantes interrogantes sobre qué concepto de la cognición y del aprendizaje se encuentra detrás de ellas. El señor Chnaiderman señala en su columna como una de estas competencias fundamentales, “que deberían haber sido aprendidas en la educación media”, la lectura comprensiva de textos. Sin embargo creo que este es un tema que merece una profunda revisión.

Existen dos factores que deben ser considerados en esta discusión a nivel nacional. El primero es el hecho de que ni la competencia lectora ni la escritura son competencias libres de dominio. Es decir, saber expresar conocimiento en un artículo académico o escribir una novela son habilidades de orden completamente diferentes. Quien es bueno en una de estas actividades no necesariamente ha de serlo en la otra (y de hecho, puede ser muy malo). El ejemplo es grosero, pero sirve para mostrar cuán diferentes son las habilidades según qué sea lo que se escribe y con qué propósito se lo hace. En el caso de la lectura es exactamente lo mismo.

El contexto universitario es un contexto complejo, en el que existen ciertos tipos de textos a los que nunca antes los alumnos habían estado expuestos y que, en rigor, no tendrían por qué.

El contexto universitario es un contexto complejo, en el que existen ciertos tipos de textos (artículos científicos, reportes de investigación, ensayos) a los que nunca antes los alumnos habían estado expuestos y que, en rigor, no tendrían por qué. Entrar a la universidad supone el ingreso a una cultura escrita completamente nueva. Por lo demás, los objetivos de lectura también son completamente diferentes. No es lo mismo leer esta columna que leer la literatura científica para construir conocimiento a partir del existente. Probablemente esta sea una de las metas más elevadas que se puedan pensar para la lectura. Por lo tanto, cabe preguntarse, ¿es lícito esperar que una competencia básica, propia de la educación escolar, se haga cargo de semejante tarea?

El segundo factor es de orden social. La educación superior chilena, tanto por la apertura y diversificación del mercado, como por el aumento significativo de becas y créditos está viviendo un momento de universalización, como jamás antes lo había vivido. Esto implica que existen muchos alumnos que por primera vez en la historia de sus familias ingresan a una universidad. Independientemente de la calidad de sus formaciones –que sabemos es en muchísimos casos insuficiente- hay una diferencia de capital cultural que ha puesto a las instituciones y a sus profesores en un escenario de diversidad completamente nuevo. Es un escenario estimulante y de apertura democrática, cuyo desafío no podemos soslayar. En este contexto, existe una segunda razón de peso para preguntarse si se puede zanjar la discusión esperando que al estudiante le baste su formación escolar para hacerse cargo del tema, o si por el contrario, se deben tomar acciones concretas institucionalmente fundamentadas para mejorar la calidad del aprendizaje, y por ende, de nuestros profesionales.

En efecto, en el caso de la lectura y escritura sí existe la posibilidad de desarrollar habilidades, vinculándolas al desarrollo de las materias particulares de manera transversal, y aprovechando el enorme efecto de potenciar el aprendizaje de la disciplina, sea científica, económica, social o humanística. Nos hemos acostumbrado a que por décadas el profesor universitario abandone al estudiante a su suerte en la lectura de la bibliografía y en la escritura de sus trabajos. La bibliografía y el trabajo de escritura son la mayoría de las veces asignados el primer día del semestre y controlados el último, sin haber asistido a un proceso de construcción del conocimiento de la disciplina mediante la lectura. No existen guías claras que permitan entrar a los textos, ni sesiones de discusión, ni entregas graduales, ni evaluación procesual o informativa.

Hoy, sin embargo, todo indica que el tanto el contexto como la necesidad de una formación de calidad exigen volver a pensar la pedagogía universitaria. Gran parte de la discusión de acerca de la mejora de la educación superior pasa por crear la consciencia de la necesidad de una docencia centrada en el alumno y cuyo eje no sean sus carencias sino que su potencial de aprendizaje. Los cursos remediales y de nivelación han demostrado en la práctica ser un rotundo fracaso, porque no invitan al estudiante a desarrollar sus habilidades al servicio de su disciplina y, al contrario, lo estancan en actividades descontextualizadas de su disciplina que insisten majaderamente en lo que no sabe hacer. En suma, este es un tema muy poco abordado y que sin duda debería considerarse con mayor seriedad a la hora de cualquier reforma curricular en educación superior.

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