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Con hambre de triunfos

por 23 junio 2010

Con hambre de triunfos
Se ha creado un círculo virtuoso en el que se unieron un adiestrador de lujo, con conceptos claros y una innegable capacidad de liderazgo, con un conjunto de muchachos bien dotados para el balompié, que entendieron que la primera valla a superar era “creérsela”.

Un fantasma recorre Chile. Es el fantasma del exitismo. Por primera vez, en toda nuestra historia deportiva, los chilenos nos estamos permitiendo soñar con los triunfos más altos -¿por qué no campeones del mundo…?- en vez de pensar en metas minimalistas como pasar a la segunda ronda del Mundial, y conformarnos con eso.

¿A qué se debe esta suerte de alucinación colectiva que nos embarga? ¿Será algo que viene con el agua lo que nos tiene en ese estado de intemperancia que se parece bastante a una borrachera? No tengo una respuesta muy elaborada, pero sí especulo con algunas hipótesis que expondré ante el respetable.

Para empezar, creo que es absolutamente cierto que el pasaje de Marcelo Bielsa como entrenador de la Selección Nacional ha marcado un cambio de mentalidad del que ya se ha hablado hasta el hartazgo.  De modo que no descubro en ningún caso a América en el mapa al destacarlo como un factor relevante.

Y existe la sensación de que, por primera vez en mucho tiempo, hay un conjunto de hombres donde los errores lógicos y humanos de cada uno de ellos, pueden ser ocultados o mitigados por las virtudes de otros.

Estábamos acostumbrados a practicar la “táctica del murciélago” (colgarnos todos del arco y confiar en la mala puntería del contrario…), cuando vino un rosarino irreverente a enseñarnos que podíamos jugar de igual a igual con cualquiera y en cualquier parte.

Que la condición de local era importante, pero no definitiva. Y que si al fin y al cabo estábamos inmerso en un juego donde ganar o perder son las dos posibilidades más sobresalientes, más valía morir con las banderas al tope que “ratoneando” y pidiendo la hora, señor árbitro…

La apuesta de Bielsa, cabe acotar, no fue una apuesta a ciegas sino, como casi todo en él, una maniobra calculada en la que pesa más la visión de largo plazo del estratego que a la táctica escuela del salir del paso, a lo “Locutín” Santibáñez, en la que habíamos sido formados.

Bielsa sabía, porque como buen planificador es un hombre bien informado, que Chile contaba con materia prima interesante para hacer cosas de gran nivel, en la esfera futbolística. Sabía, por ejemplo, que la “Rojita” había cumplido una gran performance en el Mundial Juvenil Sub 20 de Canadá 2007, donde llegó a la final y perdió el cetro frente a Argentina, no porque tuviera  un peor fútbol sino porque no supo dominar los nervios en las instancias decisivas.

Sabía que en ese torneo habían brillado figuras promisorias como Alexis Sánchez, Arturo Vidal, Gary Medel y Carlos Carmona, entre otros, los que venían a ser algo así como joyas sin pulir que hoy constituyen la base de la Selección adulta que está compitiendo en Sudáfrica.

Reconocer la crucial intervención de Marcelo Bielsa en un proceso que le cambió la cara al fútbol chileno y lo situó como protagonista primero en las clasificatorias sudamericanas y ahora en el Mundial, es un tema que, por cierto, desafía al chauvinista primitivo que todos llevamos dentro. Y que, desde luego, probablemente no quisiera ningún tipo de injerencia externa en este “upgrade” notable que empieza a ser reconocido por moros y cristianos.

Son los mismos a los que seguramente no les hace ninguna gracia que un tal José de San Martín haya tenido bastante que ver con la Independencia de Chile, o que haya sido un zapatazo magistral de Walter Montillo –argentino también él- el que le dio el triunfo a la Universidad de Chile en su reciente y brillante triunfo ante Flamengo, en un Maracaná que quedó con la boca abierta ante su destreza y audacia ganadora.

Se ha creado, entonces, según mi modesto leal saber y entender, un círculo virtuoso en el que se unieron un adiestrador de lujo, con conceptos claros y una innegable capacidad de liderazgo, con un conjunto de muchachos bien dotados para el balompié, que entendieron que la primera valla a superar era “creérsela”.

Sentir que ellos eran tan buenos o mejor que cualquiera, y que en la cancha siempre juegan once contra once y que los partidos no se acaban –y con ello las posibilidades de dar vuelta un resultado- hasta que el referee no da el pitazo final.

Ésa es, sin mayores vueltas, la razón de que hasta ahora nos haya ido tan bien en el Mundial y que aspiremos a seguir avanzando, aunque sigamos siendo reos de la condena fatal de la falta de finiquito que hace que terminemos sufriendo y midiendo, calculadora en mano, la diferencia de goles, el maldito “gol average”.

Por eso es que todo Chile está fantaseando con la idea de que esta oncena prodigiosa será capaz de llevarnos, por qué no, a una final, de la mano de un Míster Pipa de hablar cancino y reconcentrado, que no hace ninguna concesión a la farándula, y que ha sabido sacarle partido a Sam, al Torito, al capitán Pirulete o a ese enrulado Palmatoria, mitad haitiano y mitad mapuche, que es capaz de vulnerar un arco que hasta entonces parecía infranqueable, y con ello darle alegría a un pueblo sediento de victorias. Tal vez porque ha conocido demasiadas derrotas.

El sueño de Barrabases, la revista de monitos de nuestra infancia, hecho realidad gracias, entre otras cosas, a un técnico con cara de pocos amigos que es capaz de gritarle a Estrada, un jugador más bien rudimentario, “¿quién carajo te creés?”, cuando quiere salir jugando desde su área, y luego es capaz también  de pedirle humildemente disculpas por su exabrupto público.

Por último, pero no menos importante, creo, además, que el sismo del 27 de febrero pasado, ha contribuido a forjar una épica de la victoria que no es menor.  Estos once jóvenes leones, de origen humilde en su mayor parte, se emocionaron hasta las lágrimas al ver llegar a Nelspruit la bandera del terremoto, aquel pabellón rasgado que se convirtió en el emblema de un pueblo golpeado por la naturaleza, pero decidido a resistir y salir adelante.

Y eso generó un compromiso, un deseo de que esta justa, el Mundial de Sudáfrica, se transformara en la oportunidad de la revancha. Por tal motivo es que, al margen de patrioterismos trasnochados, que suelen convertirse en más penosos aún de lo que son al verse reproducidos a diario por la caja de resonancia de la televisión y los medios, me atrevo a sostener que, detrás de todo esto, hay un legítimo y válido hambre de triunfos.

Y existe, asimismo, la sensación de que, por primera vez en mucho tiempo, hay un equipo, un conjunto de hombres donde los errores lógicos y humanos de cada uno de ellos, pueden ser ocultados o mitigados por las virtudes de otros.

Y que si hay un Alexis que se demora haciendo una innecesaria y circense bicicleta, siempre habrá un Mark González dispuesto a meterla adentro. O un Matías Fernández, que sacrifica su brillo propio por el bien del colectivo. O un “Huaso” Isla, que se viste de delantero para dar el pase oportuno.  Y para que todo Chile pueda decir que por fin hay un equipo en la cancha que nos entusiasma a todos  y nos hace vibrar al unísono, pensando que sólo aquel que tiene grandes sueños alcanza los mayores objetivos.

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