Sábado, 3 de diciembre de 2016Actualizado a las 12:34

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Piñera y el cíclope

 Piñera y el cíclope
Una sociedad no puede mirar, informar y analizar los fenómenos desde un solo ojo, el masculino, por mucho que sea el gran ojo presidencial, colocado en mitad de la frente como si fuera un cíclope.

La invitación que el Presidente Piñera extendió a un grupo de analistas políticos de la plaza, hace ya algunos días, se convirtió en un hecho noticioso. Seguramente, ello se debió a la publicidad que La Moneda le otorgó a un tipo de reunión que los mandatarios anteriores han realizado regularmente, sólo que sin mayor aspaviento. Por otra parte, su difusión se vio también amplificada por las elucubraciones acerca de las razones que habrían tenido quienes no asistieron.

Sin embargo, a nadie pareció llamarle la atención la conformación exclusivamente masculina de tan selecto grupo. ¿Es que no hay mujeres que aporten al análisis político en los medios, bien como columnistas, bien como conductoras de espacios de opinión? Claro que las hay, pero Piñera no las ve. Pero más grave resulta que incurra en tal miopía la ministra vocera de gobierno, una mujer. Sucede que la esencia machista puede disimularse tras un discurso políticamente correcto pero, al primer descuido, se termina por mostrar la hilacha. Cierto es que poco se esperaba de este gobierno en términos de sensibilidad de género. Sin embargo, el constante afán de Piñera por demostrar que se está a la altura de los tiempos, dejando atrás a la derecha tradicional, despertó algunas expectativas en cuanto a que se esforzaría por  mostrar el avance de las mujeres en distintos ámbitos.

La mirada massmediática no supera los más básicos estereotipos femeninos: sensibilidad-emoción-debilidad.

Piñera perdió una buena oportunidad para expresar su preocupación por la igualdad de género en el ámbito de las comunicaciones, un territorio que ya nadie dudaría en calificar como clave en función de la calidad de la democracia. En este sentido, Chile ostenta un penoso récord  en la región, al ser el país con mayor concentración en la propiedad de medios de América Latina. No es casual que los medios masivos, pese a su amor casi adictivo por los rankings internacionales, omitan precisamente éste, que da cuenta con datos duros de la falta de diversidad y pluralismo. Si a esto le sumamos la hegemonía por sexo de aquellos que contribuyen a moldear la opinión pública, obtenemos como resultado un paisaje informativo y comunicacional pobre y sesgado.

Así las cosas, cabe reflexionar sobre el criterio que prevaleció al conformar el grupo de notables del análisis político que se reunieron con el Presidente. Probablemente, se optó por un cocktail de competencia profesional, trayectoria y reconocimiento público, aunque  estos tres ingredientes no suelan ponderarse de igual modo. Aún en estos tiempos de aspiración meritocrática, tenderíamos a suponer que la excelencia periodística no prevalece sobre la fama a la hora de la foto con el primer mandatario. De esta sencilla forma, se van fortaleciendo los circuitos aceitados por décadas de información monocorde, a la vez que el “resto del mundo” queda atrapado en un círculo vicioso: no son invitadas porque no son tan notables, y no son tan notables porque no suelen figurar en aquellos ámbitos reservados a los bendecidos por la fama. Piñera, el Presidente moderno, tan proclive a fomentar la imagen de mujer profesional, debería cuando menos aportar a romper este círculo, nunca mejor calificado como “vicioso”.

Cuando Michelle Bachelet, durante su mandato, acusó a los medios de comunicación de “femicidio político”, su queja encerraba algo más que victimización. Hablaba de la incomprensión que los profesionales de la prensa, así como los analistas políticos, mostraban hacia su desempeño político. Al principio, la cobertura sobre su gestión iba miel sobre hojuelas. No en vano, era más fuerte el carácter de novedad que contenía la llegada de una mujer a la presidencia en un país tan conservador. En los primeros momentos de gestión, los medios tendieron a atribuir la caída en los niveles de adhesión a la figura presidencial a una supuesta falta de autoridad. En este sentido, la mirada massmediática no supera los más básicos estereotipos femeninos: sensibilidad-emoción-debilidad. De modo similar, cuando la popularidad de Bachelet comenzó su carrera ascendente, ésta se adjudicó, no sin cierto desdén, a fenómenos exógenos a la política como el cariño, cuasiesotéricos como un cierto encantamiento o bien la capacidad para rememorar, en el imaginario cultural de los chilenos, a la Virgen María. Como fuera, la mirada comunicacional masculina falló en detectar, bien por sesgo, bien por ceguera, qué era aquello que los chilenos veían y siguen viendo en la ex Presidenta.

Así como es importante que para la política estén presentes, a la hora de tomar decisiones, tanto mujeres como hombres, por una cuestión de justicia democrática y por la diversidad de miradas y experiencias que cada cual aporte,  una sociedad no puede mirar, informar y analizar los fenómenos desde un solo ojo, el masculino, por mucho que sea el gran ojo presidencial, colocado en mitad de la frente como si fuera un cíclope. Piñera está recién partiendo y todavía está a tiempo de corregirlo.

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