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¡Gracias Lavín!

por 24 junio 2010

Sin darse cuenta, o quizás demasiado consciente de la escasa fuerza que muestran las organizaciones estudiantiles y de profesores, Lavín nos ha vuelto a dar la oportunidad de discutir sobre educación.

Nunca pensé que diría algo así, pero gracias Lavín. Cuando el gobierno de Bachelet impulsó la LGE dándole la espalda al movimiento estudiantil del 2006, todos pensamos que habría que esperar veinte años más para que la educación estuviera en el centro del debate público. Eso hace meritorio lo que ha hecho el Ministro Lavín, pues se ha encargado de mantener este tema en la primera línea del debate nacional. Aunque sus propuestas van en el sentido contrario a las soluciones que nuestro sistema requiere, no hay nada más sano para un país que discutir públicamente acerca de la educación que necesita.

Los Pingüinos del 2006 consiguieron instalar el debate educativo en el centro de la discusión nacional y a pesar de que los resultados de su movilización estuvieron muy por debajo de sus reivindicaciones, para todo el país quedó claro que el sistema educativo, tal como estaba diseñado desde la municipalización de los 80, estaba en crisis. A pesar de ese significativo logro, la clase política de los “consensos” dio por finalizado el debate educativo con un acuerdo unánime para mantener todo como estaba. La simbólica fotografía que muestra a los parlamentarios de la derecha y a los de la Concertación alzando sus manos con este acuerdo en La Moneda, no pudo ser más elocuente.

Por eso cuando veíamos organizaciones estudiantiles débiles y una clase política conjugada para invisibilizar este debate, pensamos que la educación chilena nuevamente había perdido una oportunidad para realizar las transformaciones profundas que requiere.

Sin darse cuenta, o quizás demasiado consciente de la escasa fuerza que muestran las organizaciones estudiantiles y de profesores, Lavín nos ha vuelto a dar la oportunidad de discutir sobre educación.

Pero parece que el Ministro Lavín nos está dando otra oportunidad. No puedo estar más en desacuerdo con sus iniciativas. Levantar 50 liceos de excelencia para aumentar la discriminación contra la educación pública y crear un mapa SIMCE estigmatizando a los establecimientos con menos recursos, son medidas que buscan terminar de matar a los pocos establecimientos públicos que quedan, traspasándolos a los empresarios de la educación. Ninguna de estas medidas soluciona una fracción de los problemas de nuestro sistema educativo.

Su propuesta para reformar nuestro sistema universitario va en la misma línea. Comparto la necesidad de convocar a una nueva institucionalidad, dado que la actual no se hace cargo del desarrollo inorgánico del aparato privado de educación superior, pero tengo sospechas fundadas sobre la forma final que tendrá esa nueva institucionalidad. El silencio sobre esto y el resto de sus propuestas nos dan las claves que necesitamos para saberlo.

Que todo el financiamiento que reciban los establecimientos de educación superior sea a través de fondos concursables y crear un sistema único de créditos y becas, desnuda la verdadera visión que este gobierno tiene de los fines que deben perseguir nuestras universidades: el lucro.

Efectivamente debemos reformar nuestro sistema de educación superior, pero no para cambiarlo por uno peor. La educación superior no puede quedar a merced de las leyes del mercado. Necesitamos un sistema que, a través de un rol activo del Estado, pueda hacerse cargo de generar una oferta educativa acorde a la cantidad de profesionales que cada área del conocimiento requiere. Para terminar con el espectáculo de una juventud desempleada y frustrada, para aportar al desarrollo y para investigar e innovar hacia el avance del conocimiento y el progreso técnico que exige el país.

Lavín busca finalizar la privatización de nuestro sistema educativo que, iniciada en dictadura y profundizada por los gobiernos de la Concertación, tiene a nuestro país entre los peores rankings mundiales en esta materia. No lo culpo, es fiel a su ideología, le doy las gracias.

La Concertación nunca abrió el debate educativo de esta forma. No permitió que se hablara de la institucionalidad de nuestra educación superior y no consideró la LOCE como un enclave de la dictadura. Es más, frustró las iniciativas de los docentes y acalló con violencia las demandas estudiantiles.

Sin darse cuenta, o quizás demasiado consciente de la escasa fuerza que muestran las organizaciones estudiantiles y de profesores, Lavín nos ha vuelto a dar la oportunidad de discutir sobre educación.

Es tiempo de que los docentes organizados, las organizaciones estudiantiles, y todos quienes estamos por una educación de calidad en nuestro país, impulsemos conjuntamente las propuestas educativas que nuestra sociedad requiere.

Por eso y aunque quizás no me entiendas, te digo, ¡gracias Lavín!

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