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Piñera y la trampa de la popularidad

por 1 julio 2010

Piñera y la trampa de la popularidad
La oposición debería temerle más a los liderazgos poco carismáticos pero cuyos logros son política y electoralmente endosables, que a la popularidad arrolladora de los líderes a los que todo se les perdona pero que deben llevarse consigo su adhesión para la casa. Mal que mal, de éstos últimos es de los que han cosechado las experiencias más amargas.

Con extraña alegría ha recibido la oposición la nueva entrega de la medición de Adimark en la que el Presidente Sebastián Piñera mantiene congelados sus indicadores de popularidad mientras se incrementa –por sobre él incluso- el respaldo a su Gobierno.

Es cierto que a primera vista la pérdida de popularidad del mandatario podría verse como una debilidad digna de celebración para sus oponentes, sin embargo, si éstos se tomaran un poco de tiempo para analizar más en profundidad el fenómeno, me temo que la fiesta se apagaría pronto y serían las alarmas las que deberían encenderse.

Para nadie es un misterio que Piñera es un Presidente que está en todo. Negocia con los parlamentarios, maneja helicópteros, sostiene reuniones bilaterales con sus colaboradores y ministros, elige los autos y los mecanismos para adquirirlos y probablemente hasta el color de las cortinas pase por su visto bueno. Y esta agotadora presencia es parte de su personalidad y difícilmente responde a un diseño político o comunicacional. De hecho, si de ello se tratara, más bien debería recomendársele salir de la primera línea, permitir la generación de “fusibles” entre él y el sistema político en general y evitar tomar riesgos 24/7.

El gobierno de Piñera podría convertirse en el que despenalice definitivamente a su sector y le permita –no obstante su criticado personalismo- enfrentar con posibilidades claras una opción de continuidad electoral.

Sin ir más lejos, las críticas de toda índole hacia el Presidente –tanto las de la oposición como las de los propios partidos que lo respaldan- se han sustentado precisamente en esa omnipresencia arrolladora y en el escozor que causa ésta entre quiénes –por gusto u obligación- deben lidiar cotidianamente con el mandatario. La contracara de esta característica es que a nadie le cabe duda quién comanda el buque, ya sea en Palacio o en terreno.

Existen diversas formas de ejercer el liderazgo y cada una de ellas tiene sus pro y sus contra. La que utiliza Piñera, por lo pronto, parece además estar mal calibrada ya que no matiza las fortalezas y las debilidades de él como personaje antes de exponerlo profusamente ante la opinión pública. El Presidente, comunicacionalmente hablando, abusa de la exposición de una característica –la vitalidad- aunque lo que se tenga que comunicar sea una política de ayuda a menores desvalidos. Y cuando trata de ponerse a tono con escenarios donde lo que se demanda es cercanía, transparencia y empatía, su cuerpo simplemente comunica otra cosa. Es decir, es poco creíble.

Adicionalmente, el relativo desapego de Piñera para con los protocolos propios de la dignidad del cargo o la “liturgia del poder”, como reza Carlos Peña, implica también una horizontalidad que se presta para que, en medio de la desacralización de la investidura, reciba críticas directas sin aviso ni filtro de ninguna especie.

Pero nada de esto es motivo para que la oposición celebre ya que el que se estanca es el Presidente, único miembro del gobierno que no está facultado para reconcursar en las próximas elecciones; mientras que su equipo y su administración crecen en efectividad, conocimiento y empatía. Así, contrariamente a lo que se creía en un comienzo, el gobierno de Piñera podría convertirse en el que despenalice definitivamente a su sector y le permita –no obstante su criticado personalismo- enfrentar con posibilidades claras una opción de continuidad electoral.

Me parece que la oposición debería temerle más a los liderazgos poco carismáticos pero cuyos logros son política y electoralmente endosables, que a la popularidad arrolladora de los líderes a los que todo se les perdona pero que deben llevarse consigo su adhesión para la casa. Mal que mal, de éstos últimos es de los que han cosechado las experiencias más amargas.

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