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Gobernabilidad mundial: ¿dónde está el piloto?

por 2 julio 2010

Si nos atenemos a lo ocurrido esta semana en Toronto, el mundo estaría regresando al Siglo XIX: estados nacionales desvinculados, bilateralismo, proteccionismo, y ese es el escenario que debemos tratar de cambiar.

“Paren el mundo, que me quiero bajar”, gritaba Mafalda hace unos años desde su viñeta. “¿Dónde está el piloto?”, preguntaba una película de los ochenta ante el caos de un vuelo lleno de problemas y sin conducción. Cualquier parecido con la realidad siglo XXI es absolutamente deliberado, y nada mejor para darse cuenta de ello, que las recientes tres cumbres que han reunido prácticamente al ochenta por ciento del producto, de la población, del comercio y de la conducción política del mundo.

Primero fue la Cumbre de Madrid el mes pasado entre Europa y América Latina, con sesenta países que representan mil millones de personas, de dos continentes que están, uno en el primer mundo, y el otro en la clase media planetaria. Luego, en Toronto hace unos días, la Cumbre del G-8, o sea, la crème de la crème de todo. Y finalmente la Cumbre del G-20, o sea, el grupo de los ocho más los emergentes invitados a la mesa, algunos de estos no se sabe muy bien por qué.

Vamos viendo: en la Cumbre de Madrid, según comentamos hace unas semanas en estas mismas páginas, se produjeron importantes avances en la continuidad de la relación euro-latinoamericana, promisorios acuerdos de asociación y nuevos impulsos en materia comercial y de cooperación. Bien por eso. Y en materia política, vimos tal vez por primera vez un consenso completo y voluntarioso sobre la necesidad de actuar unidos ante la crisis, y sobretodo de abordar en conjunto la gobernabilidad global en las áreas esenciales: flujos financieros, cambio climático, sustentabilidad del desarrollo, amenazas a la seguridad internacional y personal.

Si nos atenemos a lo ocurrido esta semana en Toronto, el mundo estaría regresando al Siglo XIX: estados nacionales desvinculados, bilateralismo, proteccionismo, y ese es el escenario que debemos tratar de cambiar.

No obstante, a poco andar, nos encontramos con que dicha voluntad no se ve plasmada en los hechos cuando es sometida a prueba. Algunos botones de muestra: pocos días después de la cita de Madrid, Zapatero, presidente de turno de la UE, desiste de viajar a Brasil al III Foro de la Alianza de las Civilizaciones  -por él mismo promovido-  tema clave para la gobernabilidad mundial. Razones internas relacionadas con la crisis económica explican la ausencia y se puede comprender, pero justamente las agendas nacionales urgentes postergan siempre las agendas globales, y ese será un boomerang que muy pronto regresará desde lo global. Otro botón: en el seno del G-20 no fue posible concordar entre los países de la UE y de América Latina sobre las medidas preventivas y paliativas ante la crisis financiera, volviendo entonces al expediente del sálvese quien pueda y las políticas nacionales.

Por su parte, la Cumbre del G-8 ha resultado del todo inútil, y todos los temas en definitiva regresan a las mesas nacionales o bilaterales. Según apunta Antonio Caño en El País, una ONG canadiense contabiliza 3 mil acuerdos del G-8 desde su creación hace 35 años, que no han tenido seguimiento ni verificación. Es lo que reclamaba Sarkozy en Madrid en la Cumbre UE-ALC, pero sin eco por lo visto. Y en cuanto al G-20, el principal motivo para reunirse, el de la gobernabilidad financiera, ha quedado descafeinado, no se resolvió el dilema (falso por lo demás) entre ajuste o crecimiento y el tratamiento de la reforma del sistema y del FMI es postergado a la próxima cita. Lo peor es que se siguen dejando a cada país las medidas, como si la economía de hoy se hubiera desglobalizado, cuando la crisis del 2008, la propia realidad de la UE y las recientes medidas de China no estuvieran gritando lo contrario.

Nuevamente la retórica supera a la voluntad política, y la acción actual, potencial y prospectiva deja mucho que desear comparada con la urgencia manifiesta de un liderazgo global que nos muestre una meta definida para esta nueva era de la humanidad, más allá de la coyuntura, un camino viable, un derrotero claro y una institucionalidad común que conduzca el proceso. Uno puede entender el desconcierto ante crisis que se han venido encima casi sin aviso, como la asiática, la de las hipotecas o la del euro. Pero de eso se trata la política, de saber enfrentar las crisis, anticiparlas y gobernarlas, para eso son elegidos los líderes, y para eso hay un cierto voto de confianza global en aquellos más connotados de las potencias centrales.

O sea, aquellos que están en el G-8 y el G-20.

De las tres crisis mencionadas, América Latina las ha sufrido, pero no las ha causado, y ha sabido manejarlas cada vez mejor. ¿Será posible que por segunda vez nuestra región salvará la globalización? (La primera, ya sabemos, fue gracias a la colonización y explotación europea de nuestras riquezas, que financiaron al viejo continente –y por tanto a la globalización occidental de entonces- por varios siglos) No es aventurado decirlo, porque junto a un responsable manejo fiscal, políticas sociales razonables y  -pese a todo, estabilidad democrática como nunca antes- Latinoamérica cuenta además con los recursos naturales que el mundo necesita cada vez más y un territorio capaz de albergar y alimentar potencialmente a cuatro veces la población actual. Sólo nos falta un proyecto de integración moderno y competitivo, y para allá vamos, o deberíamos ir. Si nos atenemos a lo ocurrido esta semana en Toronto, el mundo estaría regresando al Siglo XIX: estados nacionales desvinculados, bilateralismo, proteccionismo, y ese es el escenario que debemos tratar de cambiar, desde nuestras ahora no tan modestas posibilidades. Por el momento, la única gobernabilidad mundial existente, efectiva y sin apelación, pertenece a la FIFA.

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