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En respuesta a Gonzalo Rojas

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¡Viva la Universidad de Chile!

por 7 julio 2010

¡Viva la Universidad de Chile!
En un debate de ida y vuelta sobre las universidades públicas y privadas, así como de su financiamiento, Juan Guillermo Tejeda replica al columnista de El Mercurio Gonzalo Rojas: “Pareciera que el Estado debe transformarse, según estos republicanos “neo algo”, en una alcancía a la que se concursa, y que para ganar los concursos hay que ser capaces de fundar universidades (o algo parecido) con buenos baños, gente rubia y de ojos azules, profesores mal contratados, mucha publicidad y algún turbio enredo inmobiliario en el trasfondo”.

De la mano de algunas universidades privadas aparecen en Chile, sorpresivamente, unos nuevos republicanos. Postulan ellos que el espacio público les pertenece, y en virtud de ello solicitan un trozo de la torta fiscal. Su ecuación se parece un poco a la dicha infinita: soy un privado para que nadie me diga lo que tengo que hacer, y al mismo tiempo soy público para que me financien. Invocan ellos la res pública, la cosa de todos, a la que por su vocación de servicio estarían contribuyendo, eso sí, sin contralorías ni regulaciones ni transparencias ni estatuto administrativo, al margen de esa penosa caspa fiscal que cubre a los organismos estatales como polvo radioactivo.

El republicanismo, sin embargo, es un talante, una actitud que se asienta en valores profundos. No estamos hablando aquí del republicanismo norteamericano a la George W. Bush, sino de uno de los pilares en que se fundan el espíritu ilustrado y la modernidad, y al cual debemos quizá lo mejor de nuestra historia nacional. Para los republicanos son valores intransables la libertad de expresión, la democracia, el respeto a los derechos humanos, la tolerancia, fundados todos ellos en la certidumbre de que el pilar fundamental de la sociedad no es la familia, ni la empresa, ni el dinero, ni la pirámide militar, ni las iglesias, sino simplemente el individuo, la persona humana. Somos poca cosa, pero somos mucho cada uno de nosotros. Nacemos provistos de derechos inalienables, y eso nos define. Nos gusta ser diferentes, nos aceptamos como individuos libres. Nuestras controversias, que siempre existirán, deben dirimirse a través de la conversación ilustrada, de la opinión, del debate, del voto.

Lo que nuestros nuevos republicanos nos plantean es que los públicos deben competir y los privados deben recibir financiamiento público en las mismas condiciones que las universidades estatales.

Y uno ve en Chile, con un poco de vergüenza ajena, esta reconversión súbita a lo republicano de quienes no pueden mostrar un currículum limpiamente democrático, ni un excesivo amor por la libertad de expresión o por la igualdad de oportunidades. Desde los barrios altos descienden, con una mano en la billetera y la otra en algún crucifijo o insignia militar, hacia las tierras bajas, allí donde están los fondos fiscales. Son insaciables.

Pareciera que el Estado debe transformarse, según estos republicanos “neo algo”, en una alcancía a la que se concursa, y que para ganar los concursos hay que ser capaces de fundar universidades (o algo parecido) con buenos baños, gente rubia y de ojos azules, profesores mal contratados, mucha publicidad y algún turbio enredo inmobiliario en el trasfondo.

Pues bien, existe en Chile algo que se llama la Universidad de Chile, que no se compra ni se vende, un espacio republicano hasta los tuétanos, cuya historia se confunde con la del país. En sus jardines no siempre bien cuidados los apellidos y el color de los ojos valen bien poco. Lo que importa es la persona más allá de su condición socioeconómica: las ideas, el plante individual, la aventura vital, los talentos, el encanto personal, las afinidades, los proyectos. En sus aulas a veces dolidas existe aún la libertad de expresión, y en ellas el autoritarismo no convence a nadie. Los estudiantes no están obligados a parecerse estúpidamente a este o a aquel modelo, sino que tienen a la mano los recursos para construirse libremente como personas, cada cual según su propia naturaleza. Los profesores no son controlados por una miss ni por un obispo o un gerente para saber cuando abrir o cerrar la boca.

La Universidad de Chile no se compra ni se vende, es un espacio republicano hasta los tuétanos. En sus jardines no siempre bien cuidados los apellidos y el color de ojos valen bien poco.

Todo eso es lo que hace grande a una universidad. Todo eso es lo que nos hace llevar la camiseta cosida al alma a los que somos de la Universidad de Chile. El maltrato estúpido con el que el país ha castigado a nuestra universidad y a las demás que son públicas de verdad, genuinamente públicas, públicas en las buenas y en las malas, nos pesa, y hace que entre nosotros los kilos pesen cuatro kilos, y que debamos trabajar en medio de una nube tóxica de dificultades burocráticas y financieras. Pero seguimos haciéndolo. Y si destruyeran finalmente a la Casa de Bello, volveríamos a fundarla.

Las universidades privadas son parte importante de una sociedad, sobre todo si se trata de instituciones serias, que trabajan con claridad y con eficiencia. Y merecen, lógicamente, apoyo del estado en cuanto constituyan un aporte al bien común. Pero eso no las hace públicas. Y menos aún procede aplicar a estas instituciones un mismo sistema de financiamiento que el que corresponde a las universidades públicas.

Las universidades públicas han nacido al alero del Estado porque el Estado existe precisamente para defender lo público. Es evidente que en ciertas ocasiones el Estado puede darle la espalda a lo público, como ocurre durante una dictadura, o cuando los servicios fiscales pasan a ser controlados aquí y allá por redes de amigos o grupúsculos cuya vocación no es el servicio sino el poder, el tráfico de influencias y de favores. Existe además, por cierto, una zona gris de instituciones o sectores donde no está bien claro si se trata de instituciones públicas o privadas. Todo ello, sin embargo, no justifica el travestismo público privado o privado público. Porque lo que nuestros nuevos republicanos nos plantean es, contra toda sensatez, que los públicos deben competir y los privados deben recibir financiamiento público en las mismas condiciones que las universidades estatales.

Lo cierto es que lo público nace no para competir, sino para colaborar. Los chilenos deben saber que si quieren contar con espacios dedicados a la dignidad del conocimiento, a la transversalidad del saber, a la equidad, a la igualdad de oportunidades, a la libertad de cátedra y al servicio público, eso obliga a financiar a sus universidades estatales, como se hace en todos los países desarrollados, por cierto con los modernos controles que garanticen que el dinero se gaste bien.

Para quienes nos hemos educado en los valores de la libertad, de la tolerancia y de la universidad pública esta no es simplemente una lucha por los recursos -que también lo eso- sino sobre todo una lucha por la dignidad del ser humano, por nuestra identidad, por lo que constituye nuestra razón de ser. ¡Vivan las universidades públicas! ¡Viva la Universidad de Chile! ¡Viva Chile!

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