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Piñerismo lavinista

por 12 julio 2010

Piñerismo lavinista
Si aceptamos que el legado político es mucho más que los puentes ó carreteras y que el éxito de un Presidente no depende de cuánta popularidad se lleva para su casa (o fundación), la recomendación para el primer mandatario debiera ser una sola: “lavinizarse” a fondo.

Aunque la espiral de críticas al manejo de la imagen presidencial alcanzó dimensiones de “crisis”  la semana recién pasada, la verdad es que esa es una carrera que recién comienza. Y aún cuando siempre está la posibilidad –sobre todo en política- que la impaciencia y la premura le ganen a la mesura y a la ponderación; en la toma de posiciones de los actores políticos a este respecto no se juega aún ninguna carta estratégica mayor.

Y la razón de esto es muy simple, el éxito o fracaso del gobierno de Sebastián Piñera depende mucho más de si se constituye en un paréntesis para su sector –acostumbrado a ejercer el poder desde fuera del Gobierno- ó si es capaz de abrirle las puertas a una nueva administración de su mismo signo. De ahí que la necesidad –comunicacional y política- no estriba en convertir a toda costa en “animita” al primer mandatario, sino en correr el cerco simbólico que separa a la derecha de la adhesión espontánea, orgullosa o al menos abierta de la ciudadanía. Porque tal como la mayoría deplora que la televisión carezca de espacios culturales, mientras el rating de Fiebre de baile no cede; es difícil encontrar en la calle a alguien que diga que vota por la derecha, aunque con los votos de más de alguno es que están hoy en La Moneda.

Si el éxito de un Presidente no depende de cuánta popularidad se lleva para su casa, la recomendación para Piñera debiera ser una sola: “lavinizarse”.

Si aceptamos que el legado político es mucho más que los puentes ó carreteras y que el éxito de un Presidente no depende de cuánta popularidad se lleva para su casa (o fundación), la recomendación para el primer mandatario debiera ser una sola: “lavinizarse” a fondo. No me refiero con ello a que debe emular las técnicas de campaña que tanto rédito le dieron al otrora candidato (y que tan poco creíbles resultan cuando las interpreta el Presidente), sino a la evidente necesidad de blindar, respaldar y hacer todo lo que esté a su alcance para permitir el éxito de Lavín en tanto Ministro de Educación.

En efecto, Piñera debería ser (si es que ya no lo es)  más “lavinista” que nunca ya que, más que de una medición o parodia, el éxito o fracaso de su gobierno dependerá cada día más de lo que pase en Educación y Salud, dos áreas en las que la Concertación tiene flancos evidentes, que están directa y cotidianamente relacionadas con la ciudadanía y en las cuales la percepción de ésta da para pensar que todo lo que se haga es para mejor. Además, sumando otras carteras como vivienda, por ejemplo, Salud y Educación son sectores donde es muy posible (y viable) construir una agenda de políticas públicas diferenciadoramente de derecha: orientada a la libre elección de los usuarios, los subsidios al portador, la incorporación de privados y la competencia.

Da la sensación de que algo de esto ya lo han percibido algunos líderes de la oposición, la que ha anticipado su rechazo y obstaculización a reformas en ambas carteras, ha articulado las demandas de funcionarios -y ex funcionarios- de éstas y ha alertado de la “agenda privatizadora” del gobierno en estas materias. Así, no será extraño que las próximas semanas estén marcadas por el retorno de los discursos sobre el rol del Estado en Salud y Educación.

Porque el pragmatismo no es privativo de los nuevos inquilinos de palacio, la oposición ya demostró que no tendrá complejos derivados de sus propias conductas anteriores a la hora de hacer su pega. No se acomplejó, por ejemplo, al rechazar hace unos días el mal llamado Royalty minero, no obstante que el tributo replica la fórmula usada por el propio Presidente Lagos, quién, cuando las condiciones políticas para la aplicación de un Royalty eran inmejorables, cambió la figura por un impuesto específico que protegía la certeza jurídica de las mineras privadas respecto de las concesiones mineras.

Por lo mismo, cabe esperar una soltura similar de la Concertación para devenir en “estatista” en educación, aún cuando en su último gobierno,  mientras la educación estuvo en el centro del debate y las condiciones políticas llegaron –por la fuerza- a alinearse a favor de una gran reforma, optó por tirar la pelota al córner evitando poner en riesgo el negocio de los privados que operan en ella.

Así las cosas, lo que no logró el analfabetismo funcional; la brecha socioeconómica educacional; la revolución pingüina; ni los escandalosos resultados en las mediciones comparadas, posiblemente si lo hará la coyuntura de un presidenciable sentado en el ministerio del ramo: que la educación se convierta, finalmente, en la madre de todas las batallas.

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